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La legitimidad de la victoria de Karzai en los comicios electorales, después de que el opositor Abdulá Abdulá se retiró de la contienda aduciendo fraude masivo, está en entredicho. En la primera vuelta no participó más del 40% de la población y las cifras oficiales, que todos esperaban, nunca fueron publicadas.
La encargada de realizar los comicios, la Comisión Electoral Independiente (CEI), anunció —por boca de Azizulá Ludin, funcionario nombrado por el propio Karzai— la suspensión definitiva de la segunda vuelta, que habría de llevarse a cabo el próximo 7 de noviembre. Proclamado presidente de Afganistán, tímidamente los principales líderes occidentales le reconocieron su victoria a Karzai.
Ya hay quienes afirman que este es otro caso como el de Sadam Husein, en el que el apoyo norteamericano a un líder político obra como un bumerán del que no se sabe su trayectoria. Los más escépticos critican con razón el que se implante, casi que por la fuerza, una democracia formal prácticamente ajena al día a día de pobreza y guerra en que viven los afganos.
Y aun así se emiten comunicados diplomáticos, ocho años después del aparente proceso de democratización, que invitan a la celebración y auguran momentos de prosperidad. El comunicado difundido por la embajada norteamericana en Kabul llega al extremo de felicitar al ex contendor Abdulá “y los otros candidatos por sus esfuerzos para fortalecer el futuro democrático de Afganistán”.
Todo lo cual no pasaría de ser una clásica formalidad escrita en el más aséptico de los lenguajes diplomáticos, de no ser porque los refuerzos de tropas solicitadas, como quiera que el último arribo de 40.000 hombres armados no surtió ningún efecto positivo, requieren de la presunta estabilidad institucional que otorga un presidente electo y dispuesto a cooperar.
En efecto, se decide por estos días el envío de otros 40.000 efectivos y ya empieza a gestarse una tensa situación en la que los atentados terroristas de los talibanes no cesan y prácticamente se multiplican conforme se intensifica la ofensiva militar estadounidense. Cabe recordar al respecto que Matthew P. Hoh, el máximo oficial civil en la provincia de Zabul, renunció a su cargo hace poco y cuestionó abiertamente las directivas que se están impartiendo en Afganistán. “Mi renuncia —puede leerse en la carta publicada por The Washington Post— no está basada en cómo estamos haciendo esta guerra, sino en por qué y con qué propósito”.
El miércoles de la semana pasada, un coche bomba en un bazar de Peshawar cobró la vida de más de 100 personas e hirió a otras 200. El ataque terrorista más sangriento de los últimos dos años. Junto a este, que ocurrió el mismo día en que la secretaria de Estado Hillary Clinton inició su visita oficial a Afganistán, otros ataques terroristas se han ensañado con la vida de los civiles. Seis empleados de la ONU que cuidaban del proceso electoral y se alojaban en una casa de huéspedes, fueron igualmente ultimados. Octubre será recordado como un mes trágico. E igual ocurre en Pakistán.
Ahora que el presidente Karzai fue reelecto, no parece que la decisión que se tomará en adelante sea otra que incrementar el número de las tropas a la espera de una estabilización que puede tardar mucho en llegar. Y que quizá no llegue. La poca legitimidad del nuevo mandatario difícilmente les permitirá a los Estados Unidos y sus aliados conseguir el apoyo de la población.