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Hace ya algunos años el ex presidente López Michelsen dijo que un conflicto armado entre Colombia y Venezuela duraría unos pocos días, pero sus consecuencias permanecerían por muchas generaciones. Tenía toda la razón. Paradójicamente, la vecindad condujo por un largo período a que nuestros dos países vivieran casi de espaldas. Sin embargo, desde finales de los ochenta, y luego del incidente de la corbeta Caldas en 1987, se impuso la lógica de la integración mediante la creación de mecanismos bilaterales de diálogo y verificación. En los mismos, se privilegió el entendimiento por encima de la confrontación. Los resultados fueron tangibles, pues en poco tiempo hubo un incremento sustancial del intercambio comercial, se desarrollaron acuerdos de cooperación y se propiciaron encuentros binacionales periódicos, en todos los niveles, para tratar los inevitables incidentes que permean una frontera común de más de 2.200 kilómetros.
Infortunadamente, dicha lógica quedó en una especie de limbo ante el congelamiento impuesto por Chávez a las comisiones destinadas a analizar y resolver dichos problemas. De otro lado, la diplomacia tradicional, que pasa por el entendimiento cotidiano que llevan a cabo embajadores y cancilleres, ha quedado supeditada al manejo directo de los dos presidentes. Es en este complejo ambiente, sin mayores canales de acercamiento, donde una pequeña chispa puede generar un incidente de impredecibles consecuencias luego de la “gasolina verbal” vertida desde Caracas, así Chávez se empeñe ahora en negarlo.
La guerrilla, el paramilitarismo, las mafias del narcotráfico, del secuestro o de la gasolina, que pululan en la frontera común y que operan con gran margen de maniobra por la falta de acciones coordinadas entre los dos países, pueden prender la mecha que sirva como detonante en unas relaciones ya de por sí cargadas de desconfianza y acusaciones mutuas. De hecho, se le atribuye a la delincuencia común el asesinato de dos guardias nacionales, lo que ayudó a agravar la tensión fronteriza en días recientes. En río revuelto, ganancia de pescadores, reza el adagio popular.
En este contexto, es de resaltar la prudencia con la cual han actuado una vez más las autoridades colombianas, al no caer en el juego de las provocaciones ni en el escalamiento verbal del conflicto, a través de la llamada diplomacia del micrófono a la que es tan dado el mandatario venezolano.
Lo importante en la relación con Venezuela es la construcción y fortalecimiento bilateral de un presente y futuro comunes. Sin retórica y poniendo en su lugar las desconfianzas mutuas. De allí que la próxima cumbre amazónica en Manaos, con la mediación de Lula, sea el escenario ideal para retomar el diálogo sobre la base de la creación y puesta en práctica de mecanismos de cooperación y de generación de confianza mutua. La OEA se ha ofrecido para acompañar cualquier tipo de acuerdo al que se llegue. A ver si pasamos de una vez la página de las declaraciones irresponsables y entramos a aclimatar los vientos de paz que tanta falta les hacen a dos países con problemas internos suficientemente complejos.