Opinión| 3 Ago 2008 - 9:42 pm
Otro remedio temporal
Por: Paul Krugman
Sin embargo, espero que nadie piense que el Congreso ya hizo todo lo que necesita hacer, o siquiera una gran parte.
Esta ley es la más reciente de una serie de remedios temporales para el sistema financiero —intentos por mantener unida la cosa con cuerdas elásticas y cinta adhesiva protectora— que han logrado, al menos por el momento, aplazar el colapso total. De hecho, esos arreglos no han hecho nada para resolver las fallas subyacentes del sistema. De hecho, montan el escenario para desastres futuros aun mayores, a menos que lo que siga sean reformas fundamentales.
Antes de llegar a eso, dejemos clara una cosa: incluso si esta ley logra sus objetivos evitando una severa contracción del crédito y ayudando a algunos propietarios de vivienda a eludir las ejecuciones hipotecarias, no cambiará el hecho de que se trata de la doble burbuja de esta década, en los precios de la vivienda y los préstamos flexibles, que ha sido un desastre para millones de estadounidenses.
Después de todo, la nueva ley, en el mejor de los casos, hará una mella modesta en el índice de ejecuciones hipotecarias. Y no hará absolutamente nada por quienes están en riesgo de perder sus casas, pero están viendo que desaparece gran parte, si no es todo, su valor neto, un golpe particularmente amargo para los estadounidenses que se acercan al retiro o que pensaron que ya lo estaban, hasta que descubrieron que no se podían dar el lujo de dejar de trabajar.
Es demasiado tarde para evitar ese dolor. Sin embargo, podemos tratar de asegurarnos de que no enfrentemos más crisis, y de mayor proporción, en el futuro.
El fondo de la crisis actual es la forma en que los bancos tradicionales —bancos con depósitos asegurados por la federación, que están limitados en los riesgos que se les permite tomar y la cantidad de apalancamiento que pueden manejar— fueron hechos a un lado por jugadores financieros no regulados. Gente como Alan Greenspan nos aseguró que eso no era problema: el mercado haría cumplir la toma de riesgos disciplinada y, de cualquier forma, los fondos de los contribuyentes no estaban en peligro.
Y, entonces, golpeó la realidad.
Lejos de ser disciplinados en la toma de riesgos, los prestamistas enloquecieron. Se hicieron a un lado las inquietudes en cuanto a la capacidad de los prestatarios para pagar; lo mismo sucedió con los cuestionamientos sobre si tenía sentido el aumento drástico en los precios de las casas.
Los prestamistas ignoraron los signos de advertencia porque eran parte de un sistema que se levantó en torno al principio de cara, yo gano; cruz, alguien más pierde. A quienes crearon las hipotecas no les preocupó la solvencia de los prestatarios porque vendieron rápidamente los préstamos que habían hecho, por lo general, a inversionistas que no tenían ni idea de lo que estaban comprando. Por todo el sector financiero, los ejecutivos recibieron bonos enormes cuando parecían estar teniendo enormes ganancias, pero no tuvieron que regresar el dinero cuando esas ganancias se convirtieron en pérdidas aún mayores.
¿Y qué hay con aquello de que el dinero de los contribuyentes no estaba en peligro? No importa. En el último año, la Reserva Federal y el Departamento del Tesoro de Estados Unidos han metido cientos de miles de millones de dólares de los contribuyentes en peligro para sostener instituciones financieras consideradas demasiado grandes o demasiado estratégicas para quebrar. (No los culpo, creo que no tenían alternativa.)
Entre tanto, esos bancos tradicionales y regulados tuvieron un papel menor en el frenesí de los préstamos, excepto por el grado en el que tenían subsidiarias no reguladas, “que no aparecen en los estados financieros”. El caso de IndyMac —que quebró porque se especializaba en préstamos Alt-A de riesgo mientras los reguladores se hacían de la vista gorda— es la excepción que confirma la regla.
La moraleja de esta historia parece clara: es lo que Barney Frank, el presidente del Comité de Servicios Financieros de la Cámara de Representantes, ha estado diciendo desde hace algún tiempo: se necesita extender la regulación financiera para cubrir un rango más amplio de instituciones. Básicamente, el marco financiero creado en los 1930, que conllevó generaciones de estabilidad relativa, necesita actualizarse para las condiciones del siglo XXI.
Los esfuerzos desesperados del rescate en el último año hacen que sea mucho más urgente la expansión de la regulación. Si el gobierno va a estar detrás de las instituciones financieras, sería mejor que ellas estuviesen mejor reguladas, porque de otra forma el juego de cara, yo gano, cruz, tú pierdes, se jugará más frenéticamente que nunca antes, a expensas de los contribuyentes.
Claro que los partidarios de la expansión de la regulación, sin importar lo convincente de sus argumentos, tendrán que contender contra la oposición del sector financiero, muy bien financiado. Y, como lo señaló Upton Sinclair, es difícil hacer que un hombre entienda algo cuando su salario o, podríamos agregar, su cofre de guerra para la campaña depende de que no lo entienda.
Sin embargo, esperemos que la sola magnitud de esta crisis financiera haya concentrado suficientes mentes para hacer posible la reforma. De otra manera, la crisis siguiente será muchísimo más grande.
Columnista de The New York Times, profesor de Stanford University. c. 2008 - The New York Times News Service.
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Paul Krugman
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