Opinión| 15 Ago 2009 - 3:48 am

Héctor Abad Faciolince

Hombres casados y mujeres generales

Por: Héctor Abad Faciolince
COMO YO NUNCA ME CASÉ Y COMO nunca quise tampoco prestar servicio militar, me resulta muy difícil entender a esos hombres que buscan desesperadamente legalizar el matrimonio homosexual, y a esas mujeres que luchan con denuedo para que las personas de su sexo puedan acceder a la carrera militar.

Los gays presentan como un triunfo que la unión entre personas del mismo sexo sea llamada también matrimonio (y con eso enfurecen a los reaccionarios), y también las feministas presentan como un triunfo que las de su sexo puedan entrar a la milicia y llegar a ser generales (con lo cual los reaccionarios se ponen también histéricos).

El pecado anterior se llama, en la tradición de la izquierda, “maximalismo”, y en buen castellano se define con un dicho popular: “lo mejor es enemigo de lo bueno”. Maximalismo es, por ejemplo, perseguir al pie de la letra ese viejo ideal que en la Revolución Francesa se llamó “Igualdad”: que absolutamente todas las personas ganen el mismo sueldo, vivan en el mismo número de metros cuadrados, trabajen las mismas horas y tengan el mismo número de hijos. Esas aspiraciones maximalistas a la igualdad son un supuesto bien que se persigue, pero que siempre ha conducido al desastre.

Se dice: no hagas a otro lo que quieras que te hagan a ti, porque no todos tienen el mismo gusto. Y es verdad. Sé que muy pocos quieren vivir bajo los puentes, pero sé también que hay quienes se sienten bien en espacios pequeños y cerrados y otros en espacios abiertos y muy amplios. Uniformar a todos los ciudadanos, como Mussolini (de camisa negra), o Chávez (de camisa roja), o Mao (de overol caqui), es una aberración y una monotonía condenada al fracaso. Los seres humanos seremos gregarios, pero no tanto como las hormigas.

Vuelvo al tema inicial. ¿Para qué los gays tienen que enfurecer a la godarria exigiendo que se legalice el matrimonio homosexual? Es la godarria la que piensa que el matrimonio (la relación estable para toda la vida, hasta que la muerte nos separe, el sacramento que concede las gracias de Dios para poder soportarlo) es una bendición. Quienes han optado por una relación que de por sí es minoritaria, y por lo tanto extraña, original, especial, ¿por qué quieren parecerse a las familias tradicionales y rutinarias?

Me dirán que es por aquello de la pensión, las herencias y el patrimonio. Pero para eso basta una declaración de unión libre, o que haya una ley de derechos patrimoniales de las parejas del mismo sexo. Con eso que se consiga, y ya se ha conseguido, es suficiente y no se escandaliza a los curas ni se exaspera a los godos. Y si mucho les gustan las ceremonias, pues invéntense una, con curas vestidos de sotana rosada y bendiciones impartidas con la zurda en un templo pagano, o cristiano, qué importa.

En cuanto a las mujeres felices de marchar en uniforme, de pilotear black hawks, llevar bolillo en la cintura y clavarse banderitas y estrellitas sobre los hombros… no sé qué pensar. Claro que tienen derecho. Pero las feministas llevan siglos diciendo que los violentos somos nosotros los machos, que ellas no aman las armas, que matan mucho menos (y en general usando armas sin huellas y sin sangre, como el veneno), ¿por qué ahora resultan tan encariñadas con pistolas y cañones? No veo en esto un gran triunfo de género. Está bien que no las discriminen para ser gerentes, ministras, presidentas, cocineras o pilotos de avión, ¿pero por qué tantas ganas de mandar un batallón? A duras penas entiendo que un tipo quiera ser teniente, ¿pero una mujer? Me decepcionan. Eso no sirve sino para alborotar a los reaccionarios; y los reaccionarios alborotados nos van a devolver a las cavernas. Ya verán.

  • Héctor Abad Faciolince

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