Opinión| 7 Oct 2008 - 8:49 pm

Fernando Carrillo Flórez

¿Dónde está el piloto?

Por: Fernando Carrillo Flórez
LA MAYOR AUSENCIA VISTA HASTA el momento en el manejo de la crisis financiera global ha sido la lánguida respuesta política a esta primera gran prueba de la globalización.

Se han oído muchas voces al tiempo para diagnosticar el problema, pero la falta de una estrategia política global frente a la crisis derivada de un liderazgo político indiscutible, no saca la cabeza por ninguna parte. Se trata de voces inaudibles que ante el pánico se silencian por un “sálvese quien pueda” como resultado de una crisis de confianza que será muy difícil de restablecer.

La arquitectura financiera de la globalización mostró que carecía de los cimientos políticos apropiados para resistir el cimbronazo del sistema. El superávit de capital financiero que se ha dilapidado por cuenta de la irresponsabilidad y los excesos de Wall Street, sumado a la falta de controles públicos adecuados, es directamente proporcional al déficit de capital político de quienes están en la cabina de mando tratando de enderezar la nave. No es gratuito por ello que la cuenta de cobro se pase a quienes detentan el poder y que por ejemplo la victoria de Obama se cocine gracias a las vacilaciones de una administración que fue marcada por dos septiembres negros en el centro de Nueva York: el de 2001 y el de 2008.

Del otro lado del Atlántico, la reunión en París del G-4 (Francia, Alemania, Italia y Reino Unido), el sábado 4 de octubre, mostró tal ausencia de liderazgo europeo para contrarrestar lo sucedido en la semana anterior en Estados Unidos, que la reacción de los mercados del viejo continente durante el reciente lunes negro sólo registró la orfandad de quienes esperan que alguien esté al frente de la nave en plena turbulencia. Los gritos de los pasajeros sólo han generado soluciones paliativas a cargo de las azafatas de la nave y los mensajes de quienes tienen el timón del problema no han podido ser más débiles, improvisados o ambiguos. Paradójicamente se sostenía que los únicos seriamente afectados en la colisión serían los pasajeros de la clase ejecutiva, quienes, como viajeros frecuentes del sistema, estaban acostumbrados a que en una catástrofe, los de clase económica pagaban primero los platos rotos.

El presidente del Banco Mundial ha sostenido que el G-7 no funciona y que hay que sumar las economías emergentes a ese grupo para completar el cuadro de actores relevantes. El director del FMI ha dicho que se requiere una respuesta multilateral fundada en un sistema más simple pero más eficaz. Y si se trata de demostrar que la “gobernabilidad de la globalización” no existe o se ha quedado corta, habrá que barajar de nuevo las reglas de juego, los actores y los espacios globales de diálogo político para reinventar el sistema. Pero sobre todo habrá que construir un discurso político basado en un sistema de valores distinto del presente, que le sirva de sustento a un modelo económico que encuentre nuevos paradigmas enmarcados en la buena política y en acciones de un Estado de derecho legitimado democráticamente. Lejos pues de los populismos autocráticos tan frecuentes en el vecindario.

Por lo anterior, el recurso de sacar al Estado como solución mágica debajo de la manga es sólo el comienzo de una respuesta incompleta e insuficiente. Los Estados han sido corroídos por la mala política y las malas políticas; han perdido una capacidad institucional de control que no va ser recuperada sólo por extenderle la partida de defunción al capitalismo del laissez-faire. La emoción de proclamar la segunda muerte de Milton Friedman puede ser tan apresurada como anunciar prematuramente la resurrección de Marx. Porque si hay algo por rehabilitar es la capacidad institucional de un Estado que tenga vocación global para enfrentar problemas comunes mediante decisiones colectivas eficaces.

Al aterrizar en nuestra realidad local, es claro que los blindajes sirven sólo hasta determinado punto cuando la tormenta arrecia. De cara a la crisis, ignorar que vamos todos en la misma nave resulta tan ingenuo como creer que el impacto va a afectar sólo a algunos. Porque en últimas los costos sociales y políticos de una crisis como la presente se terminan pagando. Y esa cuenta es mucho más onerosa para el sistema político que los billones de dólares que puedan haberse esfumado de los bolsillos de quienes llevaron la nave a la deriva.

  • Fernando Carrillo Flórez

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