Opinión| 21 Oct 2008 - 8:58 pm
Los activos tóxicos de la política
Por: Fernando Carrillo Flórez
Sin embargo, poco se ha dicho sobre el papel jugado por diversas patologías que le impidieron al sistema político anticiparse al problema, vale decir, los activos tóxicos que tiene la política en sus libros de contabilidad. Porque buena parte de la impotencia mostrada por el liderazgo político global y local para prever y manejar este cataclismo ha tenido que ver con el predominio de lo económico sobre lo político y la subordinación de la política al capital financiero y a una economía de casino. Sobraba el dinero y escaseaban las políticas. En suma, la claudicación de lo público frente a las supuestas soluciones mágicas amparadas por la desregulación y el desmonte del Estado.
Que el liderazgo político llegue tarde y sin libreto a la mesa de las soluciones, sólo corrobora el saldo rojo existente en la columna de las ideas nuevas para ser convertidas en nuevas políticas. Porque no parece patrimonio exclusivo de los colombianos que la política y la sociedad se estén quedando sin ideas. La consecuencia más inmediata de esa ausencia es la pobreza y la falta de calidad del debate político que presenciamos en la actualidad. Fuera de eslóganes vacuos, discursos radicales y viejas fórmulas, no se escuchan aún las grandes ideas para salir de la crisis. La aparente revancha del Sr. Keynes muestra precisamente la falta de visionarios de su talla.
Tal vez no es esta la época de Mitterrand, González, Kohl o la señora Thatcher, como lo manifestaba hace unos días un dirigente europeo. Es cierto también que en tiempos de crisis, las ideologías son un bien suntuario. Pero más allá de ello, asistimos a la “vedettizacion” del liderazgo político hoy marcado por nuevas formas de sultanismo y cesarismo, empacadas en un pragmatismo dispuesto a saltar los controles creados por la democracia, para apostar a un ejercicio del poder más concentrado, unipersonal, mediático e irresponsable. La gravedad del asunto consiste en las repercusiones que sobre la democracia vaya a tener esta mala hora económica, porque si la batalla en el campo del sistema económico no se va ganando, no podemos darnos el lujo de permitir que la onda expansiva de la crisis financiera se lleve de paso la democracia como sistema político.
En pocas palabras, el tema no es más o menos Estado sino mejor Estado democrático de Derecho. Esto es clave resaltarlo porque si pasamos de la fórmula de Reagan, según la cual, el Estado era parte del problema y no de la solución, en este momento, todos a una, reclaman que la única solución va por los terrenos del sector público. Así como en los 80 las privatizaciones fueron al rescate del socialismo, ahora las nacionalizaciones van al rescate del capitalismo.
Y lo grave para el caso de América Latina es que la reforma del Estado se quedó a mitad de camino y la rehabilitación del sector público en plena crisis va a ser aún más difícil, habida cuenta de los desafíos sociales que la rodean. Hoy se reclaman otras formas de gobernar, considerando que el Estado sigue siendo rehén del clientelismo, el caudillismo y la falta de profesionalización. Tampoco debe olvidarse que así como ha quedado en cuidados intensivos la fórmula del neoliberalismo económico ensamblada en el neoconservadurismo político, el regreso del Estado en la economía no puede venir de la mano de la receta fallida del populismo que lo autoriza para hacer lo que le da la gana, mientras destruye instituciones, desconoce la separación de poderes, acumula déficit y deuda pública.
La hora presente sería clave para demostrar que en el debate sobre la refundación del multilateralismo, como antídoto a la crisis financiera y a la ingobernabilidad de la globalización, Colombia tiene algo que decir como actor global emergente. Si la obsesión por los temas provinciales quedara atrás, quizá podríamos trabajar conjuntamente asuntos de la Agenda de Estado de Colombia, para reconstruir el debate público de cara a las elecciones de 2010. Sería el punto de partida para comenzar a exportar un producto que en otras épocas constituyó una de nuestras grandes fortalezas: nuestras propias ideas sobre la posición de este país frente a desafíos globales cada vez más complejos.
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Fernando Carrillo Flórez
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