Opinión| 22 Oct 2008 - 8:42 pm
Escarbando
Por: María Teresa Herrán
Los atarvanes propician círculos viciosos y escaladas de violencia porque, con todo y lo populares, no logran superar la frustración de quienes los contrarían.
Los resultados de sus pataletas son el polo opuesto de lo que se proponen. Los hay en todas partes y más en épocas de intolerancia.
Son atarvanes los que se mezclan en las marchas de las comunidades indígenas y atacan a la policía, cercenándole las manos por el solo hecho de estar con el uniforme.
Es atarvana la Fuerza Pública si ve en toda marcha un estímulo para responder con la fuerza.
En el Olimpo, los atarvanes resultan todavía más contraproducentes. Propician actitudes belicosas y primarias. Los hay de dos estilos: explosivo y sinuoso.
Un atarván explosivo no dudaría en insultar a quien se le atraviese, descalificar a un magistrado sin respeto alguno por su investidura, tratar a los extranjeros y a las ONG de “apologistas del delito”, sin detenerse a pensar qué le conviene más a una “patria” democrática.
Un atarván explosivo no se “deja” de los demás. Se siente aplastando al universo y no aguanta ver cómo cubren los medios internacionales sus argumentos macartistas o el incumplimiento de sus promesas.
A los atarvanes, explosivos o no, les encanta rodearse de mansos. Y una vez que se emberracan pueden aferrarse, por la pica, a su destructiva terquedad.
Mansos de este gobierno son un Valencia Cossio, el regañado, o un Diego Palacios, que repite enterita la tesis de la conspiración. Atarvancito, no tan explosivo como su modelo, el ministro de Agricultura, que les puede a los dos, porque el atarván mayor se siente bien proyectado.
El atarván suele ser de un dominante explosivo, pero, según dicen, de corazón grande. Ojalá hoy se le note más lo último que lo primero.
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María Teresa Herrán
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