Opinión| 31 Oct 2008 - 8:24 pm
Nuestra cultura de violencia
Por: Juan Carlos Botero
No es una broma. Resulta que los chicos, como una travesura que suponen inofensiva, durante la noche emprenden batallas campales de espuma, y trazan dibujos en los vidrios de los autos y escriben frases de amor en las aceras. Hasta ahí no hay problema. Lo malo es cuando la gente, mucha de ella de la tercera edad, sale de la casa de sus familiares, luego de celebrar la recolección de dulces y de gozar con sus nietos disfrazados de princesas, piratas o superhéroes, y resbala en la espuma, fracturando un hueso que, a esa edad, siempre es grave. Sin embargo, lo relevante es el debate. Porque en un lugar así, en donde se discute en serio si la espuma de afeitar es peligrosa, cometer un acto realmente violento sobresale en toda su claridad.
Mario Vargas Llosa ha dicho que la violencia en una sociedad comienza cuando alguien se pasa un semáforo en rojo. Y no sólo por el peligro que el acto implica, sino por la falta de respeto que refleja hacia los demás. Y ahí está el problema, pues la gente olvida que la violencia es, como ya lo dije, un concepto relativo. En ese condado de la Florida, en donde se analiza si la espuma de afeitar representa un peligro para la comunidad, que alguien se pase un semáforo en rojo no es un chiste.
El drama de Colombia, en cambio, no es que un puñado de individuos cometan actos violentos. El drama es que la violencia ha sido tan frecuente en nuestro medio, ocurriendo en niveles tan elevados y constantes, que se ha creado una cultura de la violencia. Y en ese momento pasa lo mismo que sucede con el machismo. No es que los hombres en América Latina sean machistas. Lo grave es que la cultura es machista, y por ello contagia a todas las personas: a los hombres y a las mujeres, a los niños y a las niñas, y la población se vuelve, entonces, no sólo víctima del machismo, sino también su reproductor.
Igual pasa con la violencia. En Colombia hemos permitido que exista una cultura de la violencia, y ésta se ha infiltrado en la conducta diaria de la población. Se nota en la forma como la gente conduce su auto, o resuelve sus disputas domésticas, o castiga a sus hijos. Desde hace demasiado tiempo padecemos en carne propia, o vemos en los medios, tal avalancha de violencia, que sin saberlo nos hemos convertido no sólo en víctimas de la misma, sino también en sus reproductores.
En efecto, en un país en donde llamamos a los mendigos desechables; en donde asesinan a cuatro candidatos presidenciales en una sola elección; o eliminan a bala un partido político completo (como la UP); o la guerrilla, los narcos y los paramilitares cometen atrocidades que no se veían desde el Medioevo; y, para rematar, hay mínimas consecuencias (pocas condenas, mucha impunidad y escasa justicia), ¿qué tan grave es pasarse un semáforo en rojo? Parece un juego de niños. Un juego que refleja falta de respeto por el otro y, peor aún, por la vida del otro. En un contexto semejante, la vida misma pierde su valor. Y en ese momento todos somos perdedores.
-
Juan Carlos Botero
Opiniones
Este es un espacio para la construcción de ideas y la generación de opinión.
Este espacio busca crear un foro constructivo de convivencia y reflexión, no un escenario de ataques al pensamiento contrario.
Para opinar en esta nota usted debe ser un usuario registrado. Regístrese o ingrese aquí











