Opinión| 21 Nov 2008 - 10:20 pm

Diana Castro Benetti

Itinerario

Vericuetos

Por: Diana Castro Benetti
Cualquier laberinto es un camino de rectas y torcidos en orden y desorden. Recorrer un laberinto abre dudas y presiente lo inesperado. Símbolo de incomprensiones de ideas, de sueños, de búsquedas e insatisfacciones, todo laberinto tiene su historia grabada en las tablillas de Egipto y el Palacio de Cnosos.

Algunos han dejado de ser cuadrados para volverse redondos y se han olvidado de ser misteriosos e inaccesibles para ser sagrados y translúcidos. Desde antes de las ficciones literarias, encierran minotauros y desenrollan hilos para trastearse a las iglesias y hacerse piedra. Algunos verdes, otros efímeros, hay laberintos que tienen falsas salidas, otros que no las tienen y hay otros que, buscando su centro, se han vuelto circunspectos. Los hay, también, que viven felices en las faldas de Iguaque.

Y se dice que andar la vida es como recorrer un laberinto, un juego iniciático de la atención y la conciencia donde atravesar la puerta del camino central es tan crucial como sentir la flor de los seis pétalos y emprender el camino de salida. Andar y desandar, dar giros y enfilarse hacia el frente, hacen de los vericuetos y obstáculos de cualquier recorrido, la apasionante aventura del arte de ser y la práctica de hacer. Símbolo del camino hacia lo sagrado, símbolo de la búsqueda interior, símbolo para las travesías cotidianas, un laberinto nos empuja cuando menos lo esperamos y nos echa hacia atrás cuando creemos estar cerca de la meta. Más que exigir un resultado, requiere un para qué en los afanes y de las dosis ligeras de perspicacia y gozo durante el andar.

Cualquier itinerario puede ser un laberinto, con mitos y leyendas, visiones parciales y perspectivas cambiantes. Es una ruta definida que revela que cuando más cerca más lejos o que hay que retroceder para volver a empezar, porque los laberintos abren los viernes como el de Chartres para decir que lo profano y lo sagrado son lo mismo. Pero lo más fascinante del laberinto no es su centro o su minotauro velado y atemorizante, sino las maneras de recorrerlo porque, estando dentro, no queda más remedio que caminar con atención y sin expectativa para enamorarse de un Teseo si se es una Ariadna.

otro.itinerario@gmail.com

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