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Cuando Jaime Córdoba anotó el tercer gol de América, a los 90 minutos del juego de este domingo ante Medellín, Diego Édison Umaña tuvo la certeza de que por fin era un técnico campeón. Abrazó a cada uno de sus asistentes, aplaudió a la tribuna y se arrodilló. Se persignó y le dio gracias a Dios por la victoria.
Su América, muy diferente a los otros 12 que hasta este domingo habían logrado títulos, se coronaba campeón con absoluta justicia y él, con un grupo de jugadores jóvenes y hasta inexpertos, demostró que con humildad, disciplina y trabajo se consiguen metas que parecen inalcanzables.
Claro, mientras esperaba el pitazo final del árbitro Óscar Julián Ruiz, para comenzar oficialmente la celebración, recordó fugazmente las imágenes de su primer título profesional como jugador del Deportivo Cali, en 1974. También pensó en sus subtítulos con el cuadro azucarero, entre ellos uno de la Copa Libertadores.
Entendió que su camino como entrenador, aunque exitoso, le había deparado duras pruebas como la derrota con América en la final de la Libertadores de 1996 ante River Plate y hasta la de hace apenas cinco meses contra Chicó. En 1995, también había sido segundo, aunque en esa época no se jugaba la final. Aunque también la satisfacción de haber ganado la Copa Colombia, en 1989, cuando dirigía al Santa Fe.
Y cuando el juego terminó, él se quitó un peso de encima. Pero en vez de cobrarles a quienes no creyeron en él y descalificaron su trabajo, se dedicó a darles gracias a los que sí lo apoyaron. Su papá, su mamá, su esposa y sus hijos. Muchos amigos y la hinchada del América, que no dejó de corear su apellido durante toda la noche y de pedirle, casi rogarle, que se quede, que se olvide de los conflictos que ha tenido con directivos (por temas económicos y por el manejo del club) y que prolongue su contrato.
Con lágrimas en los ojos, Umaña, ese mediocampista de correr pausado y exquisito manejo, tan diferente al vertiginoso y dinámico equipo que dirige, acompañó a sus muchachos a dar la vuelta olímpica, subió a la tarima a recibir su medalla y atendió con paciencia a todos los medios de comunicación.
Luego se fue al camerino y volvió a llorar de felicidad, siguió haciéndolo toda la noche. Su América, no abundancia de los 80 y 90, sino el del hambre y la dificultad durante 2008, es campeón y él un técnico que logró el título que buscaba desde 1986, cuando decidió colgar los guayos y sentarse en el banquillo.
“Campeón”, alcanzó a gritar hasta con rabia, porque era una palabra que tenía atragantada desde hace mucho tiempo, aunque logró cosas importantes en su paso por Once Caldas, Millonarios, Centauros, Quindío y el Barcelona de Ecuador, no había podido celebrar un título del torneo local.