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Michel Patisserie

Hace 33 años Michel montó su pastelería en el local de la calle 83 con 13. Cero lujo y mala presentación, pero Michel se convirtió en le ‘Chef Patissiere’ de Bogotá. Allí se conseguía, y aún, excelente pastelería francesa. Contamos con una amplísima oferta de 42 pasteles de dulce y siete de sal, con precios entre $2.700 y $5.500.

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D. BUENAVIDA
03 de enero de 2009 - 10:00 p. m.
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Encontramos los eclaires, las lenguas de gato, los borrachos, las tartas de nueces, tortas, almendrinas y croissants, en fin, la lista es larga. Además, Michel era buen profesor de pastelería y fuimos muchos quienes tomamos buenos cursos en medio de la clientela que compraba “para llevar” o para “comer en el sitio” con té o café, en dos o tres mesas apretadas en el pequeño sitio. Afortunadamente esto no ha desaparecido y aún podemos ir a la 83 con 15 o a la 69A con 5ª a disfrutar de estas delicias.

Alguien tuvo la idea de comprarle a Michel su arte y su bien merecida fama. Pero no se contentó con la pastelería. Decidieron montar en la Zona G, junto con la pastelería, un restaurante sin muchas pretensiones. Como una especie de brasserie francesa con platos sencillos.

Haciendo honor a las glorias bien ganadas fuimos al nuevo restaurante. Esta es la carta: cinco entradas, ocho sopas, seis ensaladas, platos ligeros como vol-au-vents y quiches con precios entre $12.900 a $19.000, siete platos de carne, todos lomitos con precios alrededor de los $20.000. Aves, pescados, crepes, lista de sándwichs, tortas y pasteles.

Empezamos con una sopa de lentejas y unas berenjenas italianas apanadas con tomate y queso. Las berenjenas alcanzaban a pasar sin pena ni gloria. La sopa de lenteja era un caldito claro y soso con unas lentejas en el fondo. Las expectativas se desinflaron y lo que vino fue peor.

Seguimos con Steak a la mostaza y con Vol-au- vent de frutos del mar. El lomito mal cortado, de regular sabor y con una salsa que era una mala y espesa mezcla de harina y mostaza. El vol-au-vent era imperativo, pues Michel sí sabe hacer el anillo de hojaldre. Pero el hojaldre no esponjó. Esta especie de pan tieso no tenía nada que ver con el plato tradicional y, además, el guiso de mariscos era un total fiasco. Comprobamos que el pastelero no estaba en la cocina.

Nos tratamos de desquitar con el postre. Pedimos Almendrina, que estaba deliciosa, a la altura del viejo pastelero y Torta de manzana. Ésta, aunque buena, no alcanzó las alturas previstas.

 La moraleja es que no se monta un restaurante basado en la vieja tradición de buen pastelero que tiene Michel. Hay que cocinar. No comimos bien en la nueva aventura, pero, por fortuna, todavía se come buena pastelería.

secomebienaqui@gmail.com

Por D. BUENAVIDA

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