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Con el corazón en la mano

El conjunto cardenal, fiel a su historia, derrotó agónicamente 5-4 al Deportivo Pasto en la definición por penaltis.

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Fabián Mauricio Rozo C.
18 de noviembre de 2009 - 11:45 p. m.
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Abuelito, ¿qué es una vuelta olímpica?, le preguntó el pequeño al hombre cuyas canas le hacían juego a su buzo rojo para no desentonar en el ambiente, quien a su vez prefirió que fuera el otro integrante de la generación el encargado de responder: “Dile a papá mejor que te diga cómo se da”.

En realidad sobraba la explicación, porque el niño la vio con sus propios ojos cuando los jugadores de Independiente Santa Fe recorrían el borde del campo con la Copa Colombia en lo más alto.

Entonces abuelo, padre y nieto fueron un solo abrazo, como lo fue El Campín en general, porque el miércoles en la noche a los cinco mil de siempre se sumaron los oportunistas, los incrédulos, los hinchas de radio, en fin, todos. Hinchada había, faltaba equipo y finalmente ambos confluyeron en el mismo lugar para dejar desbordar una alegría contenida durante dos décadas.

Y el simple abrebocas advertía reencuentro con el honor, porque la vieja gloria homenajeada era Ramiro Viáfara, el ‘Bimbo’ campeón del 75 y actual seleccionador nacional prejuvenil. Él sabía lo que era ser campeón y de eso impregnó a los dirigidos por Germán Basílico González, quienes volvieron a demostrar que sí pueden salir campeones en el fútbol colombiano, por ahora de la Copa Colombia.

La hinchada respondía al llamado con un estadio vestido de rojo y blanco, como no se veía desde la final de la Conmebol en el 96, mas no el equipo, porque la presión lo hizo presa de los nervios y la imprecisión, al punto que a Pasto le bastaba con replegarse y salir rápido por los costados para generar las mejores opciones del primer tiempo.

Avisó Jimmy Asprilla en un mano a mano, luego Hugo Centurión; mientras que los locales sólo la tuvieron con Julio Gutiérrez, quien con el despilfarro debajo del arco advertiría que no sería su noche, porque el visitante aprovechaba otro yerro de Sergio Otálvaro, desconocido por completo, para adelantarse en el marcador por medio de James Castro, y la reacción del chileno fue estrellarse con el central Jesús Peñuela, quien le mostró amarilla por alegar y luego, ante el airado reclamo, lo mandó al vestuario.

Peor no pudo terminar el primer tiempo para los albirrojos y otra vez el técnico Basílico González se veía obligado a jugársela toda en busca de la remontada, tradicional en El Campín durante varios pasajes del segundo semestre y en la final de la Copa Colombia no podía ser la excepción, porque con un hombre menos, y luego con dos por la expulsión de Villarraga, los leones nunca bajaron los brazos. Así llegaron los dos goles de Ómar Pérez, el último de penal y sobre la hora.

Entonces el sufrimiento, ingrediente indispensable en cualquier receta cardenal, se situaba a 11 metros, porque desde el punto blanco se definía al sucesor de Equidad Seguros. Y el drama se acentuó más en los lanzamientos, pues los arqueros Julián Mesa y Agustín Julio se jugaban un duelo aparte de atajadas, hasta que Andrés González la metió y Altamirano la dejó en las manos del meta cartagenero para el 5-4 que estremeció al Nemesio.

Entonces fue el turno para que las gargantas, resecas durante dos décadas, volvieran a tener fuerza para gritar campeón y corresponder a una fiesta que esta vez sí fue completa y de la que muchos fueron responsables, porque si la gloria se congració con Julio, el Uno tiene tanto derecho como Camilo Vargas, Francisco Delgado, Daniel Bocanegra, Jairo Suárez, José Adolfo Valencia o Daniel Néculman, quienes iniciaron el camino y empujaron la nave, o mejor, el Expreso, hacia el júbilo contenido.

Ellos le pusieron fin a una maldición y con la medalla dorada en el pecho le devolvieron el orgullo a una hinchada que se reconquista con títulos y el de anoche es la cuota inicial para buscar desde el domingo la doble corona. Hay que aprovechar el impulso.

Por Fabián Mauricio Rozo C.

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