Especiales| 24 Mayo 2008 - 5:03 am

Este 29 de mayo lanza su libro “7 años secuestrado por las Farc”, editado por el sello Aguilar

Las marchas de Luis Eladio

Por: EL ESPECTADOR
Darío Arizmendi reconstruyó el cautiverio del ex congresista. El Espectador anticipa uno de los capítulos más conmovedores.
Libro de marchas

“Muchos miembros de la guerrilla, tanto hombres como mujeres, son indígenas y, por lo tanto, grandes conocedores de la zona. Por eso eran los guías en las marchas.

Ellos iban abriendo ‘la pica’, es decir, la trocha. Casi nunca caminábamos por trochas abiertas, sino que ellos iban abriéndolas selva adentro a punta de machete o de guadaña, pero con mucho cuidado para no dejar trillo. Sólo dejaban unas mínimas marcas de guía que hacían con un machete, una raya en un árbol.

Entonces íbamos caminando por la selva y era terrible porque no había un camino como tal, sino que caminábamos sobre palos o bejucos, esquivando toda clase de obstáculos como espinas o ramas, y al final de las marchas terminábamos hechos un desastre, con la piel totalmente rayada y sangrando. Y no quedaba el trillo de cien o doscientas personas, porque los aguaceros de la selva lo borran.

Justo en esas marchas caían aguaceros torrenciales y teníamos que caminar bajo el agua. Los indígenas de todas maneras se ayudaban con la tecnología, para saber en qué coordenadas estábamos, pero el gps no da los accidentes geográficos como las subidas interminables, que llamábamos cansaperros, durísimas hasta para el más fuerte.

Caminábamos en terreno plano, dele y dele, después vuelva a subir y baje, pase un río, pase un caño, a veces caminando sobre un palito que hacía las veces de puente y manteniendo el equilibrio para no irse abajo encadenado con otro secuestrado. Teníamos que ponernos de acuerdo con el compañero con el que estábamos encadenados para caminar por el mismo lado, y si sentíamos que nos íbamos a caer, teníamos que botarnos del mismo lado para no ahorcarnos con las cadenas que llevábamos al cuello.

En las marchas había personas que no iban vestidas de guerrilleros sino de civil, podían ser milicianos, iban caminando paralelamente a nosotros, como un cerco humano, a lado y lado, con la misión de cuidar que no fuera a haber un ataque, que no hubiera población civil que nos pudiera ver o que cualquiera de nosotros intentara volarse.

Marchábamos en tres filas indias: en la central íbamos todos nosotros, en un orden específico para toda la marcha y no podíamos cambiar de lugar: así la marcha fuera de treinta días, si uno arrancaba de tercero llegaba de tercero, y los guardias iban uno adelante y otro atrás.

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