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El hombre detrás de la desarticulación de DMG
Seguirle la pista a David Murcia Guzmán era casi imposible. “Nunca hubo una denuncia ni se usó el sistema financiero colombiano para realizar transacciones”, explica el mayor Jorge Eduardo Esguerra, del área de inteligencia de la Dijín y coordinador del grupo de investigación que desmanteló la empresa captadora de dinero más grande que haya tenido Colombia.
La primera alerta que obligó a la conformación de un equipo interdisciplinario de investigación fue el pago de intereses de más del 50%, “y eso sólo podía venir de un acto ilícito”, comenta.
Así que desde junio de 2007, Fiscalía, Dijín, Superfinanciera y otros entes del Estado echaron mano de varias estrategias: agentes infiltrados, seguimiento, consecución de información financiera, interceptación de llamadas y rastreo de movimientos en efectivo y compra de propiedades en el país y en el exterior.
Finalmente lograron reunir suficientes pruebas para que se diera captura a David Murcia, hoy en día pedido en extradición por el Distrito Sur de Nueva York.
El resultado fue contundente: detrás de una empresa tan posicionada existía el delito por lavado de activos. En la actualidad, de acuerdo con el mayor Esguerra, el 95% de la cúpula de la captadora de dinero ha sido capturado.
Jorge Eduardo Esguerra tiene 38 años y lleva 19 trabajando en la Policía Nacional.
Un héroe disfrazado de delincuente
De un momento a otro, Javier Alberto Chaparro dejó de ser el rufián confiable que durante varios meses había estado trabajando supuestamente para una de las distribuidoras de droga más grandes de Bucaramanga, para convertirse en un policía que estaba a punto de acorralar al jefe de la organización en su propia casa y sin la protección de sus escoltas.
El día en el que Chaparro reveló su identidad real para proceder a la captura de alias El Costeño, éste apagó la luz de la habitación donde se suponía que intercambiaría mercancía. Lo único que se vio a continuación fueron los relámpagos de gatillos halados al azar entre los dos policías infiltrados, el líder y uno de sus hombres. Una bala le rompió el hueso del antebrazo derecho a Chaparro y otra le perforó la cadera, un testículo y una nalga. El patrullero Juan Carlos Rueda, su compañero de misión, fue letalmente herido en cuatro órganos vitales.
Javier Chaparro, a ciegas y con la mano con la que no escribía, tomó su arma y le disparó a El Costeño en el brazo derecho y cerca de las costillas, dejándolo inmóvil. El otro hombre estaba desarmado. El policía los convenció de que era él quien tenía el control y de que no estaba siquiera herido, para poder detenerlos hasta que los refuerzos llegaran.
Para acceder a la cúpula de aquella organización de tráfico de estupefacientes, durante dos años y medio Javier tuvo que hacerse pasar por un habitante de la calle que consumía drogas y que estaba dispuesto a hacer cualquier cosa en contra de la ley. “Me dejé la barba y las uñas largas. Dormí en la calle. Ante los distribuidores tenía que ‘probar finura’ y hacer lo que me pidieran. Eso sí, nunca hubiera matado a nadie. También me presionaban para que probara ‘perico’. Aspiraba maizena para hacerles trampa”, recuerda Chaparro, de 23 años.