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Las guerras de Corinto

¿Por qué “en Cauca está la llave de la guerra y de la paz de Colombia”?.

Alfredo Molano Bravo / Especial para El Espectador
14 de noviembre de 2009 - 09:00 p. m.

Hay tres regiones en el país que saltan como conejos en una sabana cada vez que se habla de conflicto armado: el cañón de Garrapatas, situado entre el Valle del Cauca y Chocó; el Cañón de las Hermosas, en el Tolima, y el triángulo entre las poblaciones caucanas de Jambaló, Toribío y Corinto. Todas han conocido la crueldad de la Violencia de los 50, la que se alarga desde mediados de los 60 hasta hoy, y la actividad de las mafias del narcotráfico.

En Garrapatas trató de dar pelea Ciro Trujillo, después de ser derrotado en Riochiquito, Cauca; más tarde andaregueó por ahí Iván Marino Ospina con poca suerte, y no hace mucho se escondía en sus breñas Don Diego. Las Hermosas, que comunica el Valle con Tolima y Huila, fue bastión de las guerrillas liberales, centro de operaciones de Isauro Yosa, uno de los fundadores de las Farc, y después una de la zonas mejor cultivadas por amapoleros y cocaleros. Pero la historia de Corinto, Toribío y Jambaló sobrepasa por su importancia geoestratégica y política a las dos anteriores. Un botón de muestra: Toribío ha sido ocupada por la guerrilla trece veces en los últimos 20 años; Corinto ha sido objeto de una docena de hostigamientos en el año que corre y tomada siete veces por los insurgentes.

La guerra, o como se llame

¿Cuál es la razón de este empecinamiento de las guerrillas en esta región del Cauca? Busqué en Cali a Germán Rojas, ex constituyente del 91, conocido como Raulito, comandante de M-19 en Las Hermosas y Cauca, para hacerle la pregunta. Lo traté en un intento de negociación del gobierno de Samper con el grupo guerrillero Bateman Cayón. Es un hombre pequeño, de ojos traviesos y de un lenguaje fácil y rotundo. “Simple —me respondió—, es un camino que comunica el Valle con Tolima, el Valle con Cauca, y, para redondear, Cauca y el Valle con Huila y Caquetá. Un corredor, como le dicen ahora. Su nombre no fue un nombre escogido al azar, como el canal de Corinto, que comunica el mar Egeo y el Jónico, nuestro Corinto une el Magdalena con el Cauca”. Bueno —le reviré—, pero eso pasa con cualquier punto de la Cordillera Central.

“Por su puesto —respondió—, lo que pasa es que no en todas partes existe una sociedad tan golpeada y tan fuerte como la de las montañas del Cauca. Es una población hija del macizo colombiano. Tiene su fuerza geológica. Es que esa pelea no es de ayer. Desde Quintín Lame, que creó un frente que enlazó la resistencia de los Coyaimas y los Pijaos con la de los Paeces, hoy Nasas, la lucha no ha cesado. Más aún, le agrego, lo que el general liberal Avelino Rosas —que combatió con los Mambises de Maceo— trajo de Cuba: las tácticas de la guerra de guerrillas. Por tanto, si suma lo primero con lo segundo, tiene el resultado que salta a la vista”.

Raulito recorrió toda la cordillera como comandante del Eme desde el Nevado del Ruiz hasta el del Huila, un espinazo que ha servido de refugio a todos los enfrentamientos que por la tierra o por la política han tenido lugar en los valles altos del Magdalena y del Cauca. “La lucha de los indígenas caucanos y los tolimenses por su territorio y las de los obreros de la caña en el Valle y del arroz en Tolima repercuten y en buena medida se guarecen en la Central”, agrega el ex comandante. El M-19 lo supo y las Farc lo saben: “En Cauca está la llave de la guerra y de la paz de Colombia”, sentenció, mientras me recordaba que “la masacre de Guachicono y el Nilo, que les costó la vida a 18 indígenas en el año 86, no es independiente de lo que pasa hoy, así los Nasas hayan marcado claras y explícitas distancias y rompimientos con las guerrillas…” y deja unos puntos suspensivos como dándome tiempo de reflexionar.

Y retaca: “Si el Gobierno hubiera sido inteligente, se habría impuesto en los casos de las hacienda La Emperatriz  y de López Adentro, al devolverles las tierras a los indígenas. Pero para eso habría que enfrentarse con los Chaux, los Mosquera, con los unos y con los otros. Y esos pocos son los verdaderos electores de Cauca. Mientras esa cuña no se le quite al carro, no podrá salir del atasco”.

La coca, o lo que sea

Coca, es decir, matas de coca, siempre ha habido en Cauca. Es un cultivo doméstico ancestral. Tanto así que los grandes terratenientes de Cauca pagaban a sus peones con hojas de coca y cobraban a sus terrajeros con la misma moneda. Pero la cocaína era desconocida hasta cuando comenzó a ser usada para mezclarse con los guarapos y la pasta que la mafia traía de Perú.

La coca caucana era baja en alcaloides, pero aumentaba el peso de la importada y la mezcla ganó fama en Nueva York y Los Ángeles. Corinto fue también un gran productor de marihuana y cuando en la Sierra Nevada su cultivo entraba en crisis por la competencia de la que se cultivaba en EE.UU., la Punto Rojo, una variedad autóctona de la región, no pudo ser derrotada por la alta dosis de Tetrahidrocannabinol que la ha hecho la preferida en las calles de San Francisco. Se han cultivado y se cultivan otras variedades con éxito: La Cominera y la Mangobiche, célebres en Ámsterdam y en Cali. Hace unos años en las partes altas se alcanzó a explotar con un relativo éxito la amapola, pero fue derrotada por la heroína que se produce en Afganistán a la sombra de la invasión norteamericana.

¿Qué relación guarda el hecho de ser una región de persistencia guerrillera con los no menos persistentes cultivos ilegales?, le pregunto al viejo comandante: “La misma que existe entre la represión de una y otra cosa. La marihuana y la guerrilla nacen en la misma parte, en la miseria del pueblo, pero las dos son alimentadas por la represión violenta contra ellas. Un pueblo que ha sido condenado al hambre quitándole la tierra y un pueblo al que se le ha negado la protesta contra la arbitrariedad, tiene que terminar, por las leyes de la gravitación política, aliado de hecho o de derecho con la violencia. Lo mismo sucede con los narcos y los políticos, terminan de socios porque se necesitan mutuamente”.

Por Corinto han pasado todos los grupos armados que en Colombia han sido: el sexto frente de las Farc, que dirige el último “histórico” de las Farc, Miguel Pascuas —más indígena que mestizo— y que fue fundado por Marulanda cuando el Ejército lo derrotó en Marquetalia y años más tarde comandado por el Mono Jojoy; el criminal grupo de Ricardo Franco, al que se recuerda por la masacre de sus propios compañeros en Tacueyó, y el nombrado grupo Bateman Cayón, que fue expulsado de la región a bala por las Farc. No obstante, los paramilitares, pese a sus conocidas alianzas y recurrentes intentos, no han podido penetrar la zona.

Quizá, como dice Raulito, “Corinto está llamado a convertirse en una especie de trofeo que defienden las Farc con cinco amagues de toma este año, y que también pretende el Ejército, enviando 2.500 hombres tras de Miguel Pascuas”. Lo que cae fuera de duda es que se está cultivando una variedad tan poderosa de marihuana, la criptonita, que tiene el 18% de sustancia trabadora, mientras su rival más cercano sólo alcanza al 2%.

Me queda una pregunta, comandante: ¿Por qué son tan famosas las gallinas de Corinto? “Porque aprendieron a nadar para tirar con los patos”, me responde sin cambiar su aire trascendental. Al despedirse saca de un armario dos de sus matatiempos: un fusil hecho en madera de balso y una flauta grabada en altorrelieve sobre un tubo de PVC.

Por Alfredo Molano Bravo / Especial para El Espectador

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