Opinión| 29 Oct 2008 - 9:11 pm
Del diálogo con el otro
Por: Rodolfo Arango
Desde tiempos de los españoles (¡que perduran hasta hoy!) a los indígenas es común identificarlos con salvajes que ameritan ser reducidos a la condición de civilidad. Mucho se discutió en el seno de la tradición católica si los aborígenes tenían alma, especialmente cuando eran vistos como bestias de carga para conveniencia de los encomenderos. Fray Bartolomé de las Casas fue una honrosa excepción en la defensa de los derechos humanos de los nativos. Pero hoy los temores y prejuicios se mantienen: las iniciativas populares, las marchas y las movilizaciones sociales, son atribuidas a “ingenuos” o “sagaces” indígenas, con enormes recursos financieros y torvas motivaciones. Resulta más fácil, por cierto, negar y distorsionar la realidad de otra cultura para desestimarla, que esforzarse en comprenderla.
Una manera de dominar a otra persona (individual o colectiva) es presentarla erróneamente de forma intencional. El control psicológico sobre otro es la mejor manera de interferir su libertad. Basta asociarlo con lo odiado o temido para anularlo frente a la opinión general. Los que se dicen y se autoproclaman amantes de la libertad para todos, se descubren en la práctica como enemigos de la misma. Resulta por cierto sospechoso el cuadro surrealista que nos plantean cuando nos presentan la minga indígena como una operación estratégica de adinerados terratenientes disfrazados de necesitados, o de subversivos o revoltosos soterrados cuya intención final es destruir la democracia mayoritaria mediante la imposición de una dictadura violenta de minorías recalcitrantes.
Algo le sucede al país en la comunicación, así como con el reconocimiento recíproco de los diversos grupos étnicos y culturales, en especial, cuando el diálogo se ve interferido por mensajes que asocian a una de las partes con criminales. No puede haber verdadero diálogo intercultural si la actitud de unos y otros es desconocerse mutuamente. El reconocimiento como parte del proceso político exige de las personas cierta buena fe y cierto deseo de comunicarse, lo cual se ve siempre impedido por insinuaciones (el movimiento está infiltrado), por afirmaciones sesgadas (los indígenas son grandes terratenientes) o por tesis insostenibles (nuestra democracia es mayoritaria, no constitucional y deliberativa).
Una precondición del diálogo político es prescindir de juicios contra la persona del interlocutor. No la descalificación subjetiva, sino la justa desapasionada ponderación de la calidad de las razones que apoyan una y otra causa, es lo que identifica una deliberación democrática libre de coacciones. Debemos aprender de la discusión política razonable. En esta rige una importante advertencia: no cometer el error de descalificar al interlocutor. ¡Concéntrate en la materia, no en la persona: sé fáctico! Ni la ingenuidad ante posibles manipulaciones, ni el paternalismo como la peor forma de dominación, deben impedir un diálogo franco y abierto entre el representante político de los colombianos y algunos de los grupos que integran la población del país, diálogo en el cual no sólo se ofrezcan mutuamente disculpas por la ignorancia del otro, sino por la manera arrogante de relacionarse con él.
-
Rodolfo Arango
Opiniones
Este es un espacio para la construcción de ideas y la generación de opinión.
Este espacio busca crear un foro constructivo de convivencia y reflexión, no un escenario de ataques al pensamiento contrario.
Para opinar en esta nota usted debe ser un usuario registrado. Regístrese o ingrese aquí












