Opinión| 13 Ene 2009 - 8:24 pm

Andrés Hoyos

Optimismum tremens

Por: Andrés Hoyos
PUES YO TAMPOCO TENGO NI LA MEnor idea de qué nos traerá este 2009 impar, múltiplo de siete, pero me agarra bastante perplejo.

Escarbo en el caótico archivo mental que suele quedar tras los descansos de fin de año y no encuentro mucha materia para el optimismo. Se supone que una crisis como la que en este momento padece el mundo viene preñada de posibilidades insospechadas para desviarnos del camino hacia el abismo. Por ejemplo, qué bonito sería que los mandamases globales decidieran de una buena vez que, dados los problemas y retos vigentes, algo como la guerra frontal contra las drogas es, si no la estupidez que algunos pensamos que es, al menos un frente que conviene abandonar. Sin embargo, nadie habla de eso, a pesar de que una de las grandes consecuencias positivas de la crisis de 1929 fue el fin de la prohibición del alcohol en Estados Unidos.

Más cerca de esta averiada capital de altiplano en la que vivo, bonito sería que nuestros jefecitos dieran vacaciones a las ideas obsesivas y fracasadas que adornan el camposanto de nuestros ruidosos acontecimientos recientes como aviones estrellados contra la cordillera. Pero de eso, de repensar las cosas más con la cabeza que con la pasión y el deseo, tampoco se habla. Antes al contrario, los jefecitos, empezando por el del Ubérrimo, cavan cada vez más hondo en la propia trinchera, de modo que si hay algo seguro es que en 2009 habrá crispación a la lata.

Urgido de un trago barato que alimente mi viejo optimismum tremens, miro hacia el Medio Oriente y me entra una ráfaga de alivio. ¡Qué maravilla vivir lo más lejos posible de allí! Por un pinche pedazo de tierra, que es “santa” sólo porque lo dice un libro escrito hace más de tres mil años, unos aviones “inteligentes” hacen saltar por los aires escuelas llenas de niños nacidos nada más ayer, en medio de las cuales se camuflan —es cierto— combatientes desesperados.

La irredención de los palestinos me recuerda un diálogo de la película Becket (1964) en el que el rey Enrique II, encarnado por Peter O’Toole, le dice a Thomas Becket, el arzobispo de Canberbury, lo siguiente:

–Soy el más fuerte, ¿o no?

Becket, encarnado por Richard Burton, le responde:

–Lo eres hoy, pero uno nunca debe llevar al enemigo hasta la desesperación; porque eso lo fortalece. La suavidad es mejor política; mina la virilidad. Una buena fuerza de ocupación nunca debe aplastar. Debe corromper.

Enrique de Plantagenet, por si acaso, fue el mismo monarca inglés que se apropió de Irlanda, otra irredención que ha durado ochocientos años. Como buen monarca absoluto, éste no aceptaba consejos de ningún intelectual y famosamente les preguntó a sus caballeros más adelante si no había alguno que lo librara de Becket, “ese cura fastidioso”. Cuatro lambones procedieron a matar al arzobispo en la catedral. A poco andar Thomas Becket fue canonizado por el papa Alejandro III y desde entonces es fuente de mil historias.

Sobra decir que Becket no tiene discípulos en el Israel del presente, por lo que me atrevo a pronosticar que 2009 no será el año en que los dioses enloquecidos del Medio Oriente se pongan de acuerdo y se allane el camino hacia la paz. El problema es viejo: a los dioses les gusta mucho la guerra, incluso más que a los humanos que los inventaron.

Así que lo de aquí será feo, pero no es tan feo. ¿Absurdo consuelo?

andréshoyos@elmalpensante.com

  • Andrés Hoyos

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