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Más prudencia y menos protagonismo

DIEZ HORAS MÁS TARDE DE LO previsto, el helicóptero brasileño que transportaba a los tres policías y el soldado liberados por las Farc llegó felizmente a Villavicencio el pasado domingo.

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El Espectador
02 de febrero de 2009 - 09:53 p. m.
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Cuando todo hacía pensar en una operación completamente exitosa, liderada por la senadora liberal Piedad Córdoba, el movimiento Colombianos por la Paz y los buenos oficios de la Cruz Roja, nos enteramos de que una lluvia de imprudencias y desatinos, oficiales y de parte de algunos de quienes conforman la misión humanitaria, por poco da al traste con la libertad de los plagiados y puso a tambalear la liberación del ex gobernador Alan Jara, aplazada para el día de hoy.

El primero en hacer caso omiso de la delicada situación y en querer tomar ventaja de los hechos fue el propio Ministerio de Defensa, que de manera torpe y desafiante puso a sobrevolar aeronaves en círculos alrededor del lugar en el que supuestamente recobrarían la libertad los policías Wálter Lozano, Juan Galicia, Alexis Torres y el soldado William Domínguez. El retraso sí hacía pensar en algún obstáculo, pero difícilmente nos habríamos imaginado que se trataba de un hostigamiento oficial cuando se estaba en una misión humanitaria que, a la postre, permitió que cuatro colombianos volvieran a sus casas.

Rápidamente el comisionado para la Paz, Luis Carlos Restrepo, salió a desmentir lo dicho al canal de televisión Telesur por parte de Jorge Enrique Botero, quien resultó inferior a la misión humanitaria que se le había encomendado al poner por delante su interés periodístico particular y olvidar que el proceso aún no termina para quienes dependen de la prudencia con que cumplan los garantes su rol de testigos. Desde el comienzo se dijo que la misión no tendría presencia de la prensa, para evitar los espectáculos mediáticos, y eso lo sabía muy bien Botero. Peor aún saber que el periodista Hollman Morris se encontraba en el lugar -¿quién lo invitó, quién le dio las supersecretas coordenadas?- para entrevistar bajo presión a los secuestrados, según ha denunciado uno de los liberados. ¡Qué vergüenza jugar así con la vida de los secuestrados y con la ilusión de sus familias por la liberación!

La afirmación de que no hubo sobrevuelos, que planteó Restrepo ante las inapropiadas y desmedidas declaraciones de Botero, fue desmentida luego incluso por el propio presidente Uribe, quien reconoció que sí se hicieron acercamientos aéreos, aclarando que no fueron hostigantes y se mantuvieron a una altura que aparentemente estaba permitida. Absurda esta operación militar en tan delicadas circunstancias, pues evidentemente el límite de altura se acuerda para no interrumpir vuelos comerciales u operaciones de otro tipo, mas no para poner en riesgo de esa manera la vida de los secuestrados y de la propia misión humanitaria. Por obvias razones, las Farc no permitirán que sus actividades sean monitoreadas en momentos en que están haciendo entrega de los secuestrados. También ahí, la vida de los secuestrados estuvo en un segundo plano.

Ante el escándalo suscitado, el Gobierno decidió desautorizar la misión liderada por el movimiento Colombianos por la Paz. Por fortuna, y gracias a la intervención del Comité Internacional de la Cruz Roja —que parece ser el único que ha pensado en estos dos días en que el objetivo único debe ser la libertad de los secuestrados—, el Gobierno enderezó el camino y en otro comunicado, ojalá el último antes de que Alan Jara y Sigifredo López estén en libertad, reversó la decisión de impedir la participación de Piedad Córdoba. También se supo, y celebramos la decisión, que por lo pronto no habrá operaciones aéreas de ningún tipo, ni a ninguna altura, en el sur del país.

En lo que queda de las operaciones humanitarias, ojalá vuelvan a brillar la prudencia y el trabajo silencioso que habían acompañado hasta el domingo este proceso. Cientos de familias siguen a la espera. Es preciso construir puentes, es preciso evitar actitudes que polarizan y protagonismos que nada aportan. Intentar sacar provecho personal de la tragedia de las familias secuestradas o de sus ilusiones por regresar a la vida, es una infamia que no tiene perdón.

Por El Espectador

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