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La señal surgió en la laguna de Iguaque en 2001. Al cabo de tres horas de invocación al ser supremo, asanas de yoga y un baño de purificación, como una luz en el lado derecho de su pecho Andrei Garzón sintió que alguien lo esperaba y le pedía que se moviera lejos. A los pocos días recibió una invitación de Nueva York para promover algunos talleres de coreografía para danza, viajó a la capital del mundo y en una de las audiciones, uno de sus anfitriones le mostró un libro de fotografías de yoga con posturas difíciles de creer. Él asumió que esa guía era parte de su llamado y ese día terminó caminando llevado de la mano por su destino.
De repente se detuvo frente a un centro de yoga y, al observar las fotos que acompañaban un aviso rojo, constató que era el mismo personaje del libro. Y fue mayor su sorpresa cuando apareció en persona, revisó el buzón de correo y partió en una bicicleta por la 3ª Avenida. Sin aliento pero expectante por volver a verlo, al día siguiente regresó y desde entonces, como él lo afirma, “está al servicio de Dios en el ejército yogui del amor”. Ya no es Andrei Garzón, ahora es Andrei Ram, vive para probar que el yoga reconcilia la mente y el espíritu, y oficia como mano derecha de Dharma Mittra Yoga, el instructor más reconocido en Estados Unidos.
¿En qué momento este colombiano se transformó en uno de los más respetados instructores en la modalidad del Vinyasa Yoga a nivel mundial? Su historia es simple. Hijo de padres colombianos, por asuntos del destino Andrei nació en Massachusetts (E.U.) cuando su padre adelantaba estudios de posgrado de odontología en el hospital de Holyoke. No obstante, a los pocos meses, su familia regresó a Colombia y, al igual que sus dos hermanos, creció en la Bogotá de los años 80 y estudió en dos colegios de clase media, que prefiere no recordar porque sigue creyendo que “los procesos escolares son muy adoctrinantes y limitan la potencialidad del ser”.
Cuando concluyó su bachillerato, entró a cursar estudios de Biología Marina, motivado en su atracción por la naturaleza y su pasión por el mar. No obstante, su expectativa ecológica no fue compatible con los formatos académicos y, apenas bordeando los 20 años, cambió de norte. Ingresó a la Universidad Nacional a estudiar Antropología y simultáneamente decidió formarse en Danza. El primer reto para resolver incógnitas personales y entender por qué el hombre había adoptado como patrón de civilización el progreso, sacrificando los deseos del corazón; y la danza para asomarse al conocimiento profundo del cuerpo y así abrirse camino al hallazgo del ser.
De esa unión de saberes fue quedando una práctica autodidacta de la meditación, que poco a poco lo fue llevando al conocimiento del yoga. Claro está que Andrei Ram tiene una explicación más profunda: “Yo puedo afirmar que el yoga surgió en mi ser antes de que yo naciera, e incluso mucho antes de mi cuerpo o de mi personalidad proyectada en la mente”. Y luego añade convencido: “El ser es eterno, el espíritu nunca muere y nuestras vidas afrontan un largo proceso de evolución
hasta desarrollar el nivel de la conciencia más allá de la temporalidad física, de eso se trata el yoga, de asumir que hay un Dios supremo infinitamente amoroso que brinda a los seres su mayor don: la libertad”.
Andrei Ram nunca desistió de la Antropología y culminó estudios en 1998, tampoco de la danza contemporánea, de la cual aprendió secretos esenciales de expresión corporal, coreografía y audiciones, pero el yoga estaba latente en su revolución interior y se acrecentó con el paso de los años. Entonces empezaron a aparecer sus aliados de travesía espiritual, los amigos y condiscípulos que, inicialmente en las montañas de La Calera o ante los imponentes horizontes del Parque Tayrona, fueron fortaleciendo su enriquecedor proceso. Hoy, en compañía de su esposa y de su maestro Dharma Mittra, a sus 34 años es un hombre que tiene claro que ha encontrado en el yoga su legado de amor.
La búsqueda de la suprema conciencia, no como un camino religioso sino como una conexión con el ser interior. Una expansión espiritual que no conoce nacionalidades ni diferencia de credos porque parte de entender “que el otro es mi propio reflejo y que dentro de cada ser humano hay una luz común: el aliento divino nunca sometido al azar de un Dios castigador o enjuiciador, sino al de un Dios que deja a casa ser en la libertad de forjar su propio infierno a bienaventuranza”. Palabras de Andrei Ram, quien a pesar de que asume que su templo y lugar de instrucción está en Nueva York, sabe perfectamente que sus enseñanzas también pueden multiplicarse en su Colombia del alma.
Lo ratifica una de sus amigas y condiscípulas más entusiastas, Silvana Rovida, también instructora de yoga, pero en Colombia: “Andrei Ram es un yogui contemporáneo con grandes proyecciones. Hoy Dharma Mittra, un maestro que es reconocido en Estados Unidos, Japón, México o Israel, le delega sus clases y ya tiene claro que él va a seguir su legado”. Como ella, muchos colombianos esperan siempre su regreso porque saben que Andrei Ram “es un excelente compañero en el camino espiritual y que nunca he perdido de vista ni sus orígenes ni su gente. Lo saben también su hermano, que ejerce como piloto de Avianca, o su hermana, que trabaja como lingüista en París (Francia).
“El samadi o la iluminación, que busca romper la cadena de sufrimientos por nuestros actos físicos y mentales, es aquí y es ahora”, expresa decidido Andrei Ram, quien además está convencido de que lo suyo no es una enseñanza para el mundo oriental o para la Nueva York que hoy está a la vanguardia de los movimientos de concientización espiritual, sino que también es un camino para Colombia. Por eso vuelve siempre al país de sus padres y sus amigos, a la costa Caribe que disfrutó en sus vacaciones juveniles, o la zona rosa y la Universidad Nacional en Bogotá, donde se hizo conocido como un hombre de la danza. “Siempre tendré un link abierto en mi vida que se llama Colombia”.