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El primer filme a color que vio Alan Turing fue Blancanieves y los siete enanitos. Tenía entonces poco más de 20 años; en la película, una bruja perversa desea asesinar con una manzana envenenada a una mujer prístina. Por ese tiempo, ya Turing conocía la física cuántica definida por John von Neumann y la lógica matemática de Bertrand Russell.
Era un reconocido y solitario matemático. Tres años atrás había creado un artilugio hipotético que se convertiría en el principio esencial de los computadores. Él lo bautizó Logical Computing Machine; tiempo después se lo llamaría la Máquina de Turing. Su tesis de doctorado versaba sobre la lógica ordinal y fue tan resaltada que se le ofreció un puesto en la Universidad de Princeton.
Turing, sin embargo, tenía otros objetivos. Su vida, desde su nacimiento en un distrito residencial en Londres el 23 de junio de 1912, había estado dedicada a la ciencia. De pequeño prefería ver las margaritas crecer, que jugar hockey con sus compañeros. Prefería las matemáticas a los cursos de latín. “Si se va quedar en la escuela pública —escribió alguna vez uno de sus maestros a sus padres— debe aspirar a ser educado. Si sólo quiere ser un científico especializado, está perdiendo su tiempo”.
Entonces Turing tuvo que ser coherente. Rehuyó la oferta y volvió a Inglaterra, a trabajar como criptógrafo, en los prolegómenos de la Segunda Guerra Mundial, para descifrar las comunicaciones de los alemanes.
Niño genio
Nadie en la familia de Turing tuvo afición a la ciencia. El padre era oficial del Servicio Civil Indio —cuando este país hacía parte de Inglaterra— y su madre, hija de un ingeniero de ferrocarriles. Alan y su hermano mayor, John, erraron por varios lugares hasta que su padre se retiró del servicio. El menor de los Turing realizaba algunos experimentos químicos en casa, apenas como una actividad más.
Entró a la escuela pública; la mayoría de las ocasiones, Turing ocupaba los últimos puestos de la clase. “Puedo perdonar su escritura —se lee en uno de sus reportes escolares, de mano de su profesor—, pese a que es la peor que jamás he visto, y trato de tolerar su inexactitud inquebrantable y su trabajo sucio, descuidado e incoherente, pero no puedo perdonar la estupidez de su actitud hacia la sana discusión del Nuevo Testamento”.
En aquel tiempo, su abuelo le regaló un libro esencial en su juventud: Teoría de la relatividad, de Albert Einstein. Turing leyó, comprendió y escribió un cuaderno entero que registraba su análisis de la hipótesis de Einstein. Fue en esos años también que conoció a Christopher Morcom, con quien compartía salón en el Sherborne School.
En las clases de francés, Morcom y Turing jugaban triqui en una hoja de papel y, al mismo tiempo, discutían sobre matemáticas y astronomía. Turing se enamoró de Morcom; él murió, de pronto, en 1930, dos años después de iniciar su amistad con Turing.
Triste por la muerte de su amigo y primer amor, Turing descreyó de Dios e ingresó en el King’s College como estudiante de matemáticas. No ocultó su homosexualidad, que en ese entonces era un delito penal en Inglaterra, y tuvo la suerte de que en aquella institución fuera considerada común la atracción entre personas del mismo sexo.
Continuó leyendo y encontró los textos matemáticos de Russell, las cátedras de Max Newman sobre lógica matemática y conoció el teorema de Kurt Gödel. Turing criaba su mente científica poco a poco; sin embargo, sólo cuando conoció una pregunta formulada por David Hilbert, matemático alemán, decidió poner en práctica sus conocimientos matemáticos. Hilbert preguntaba: ¿Existe un método general por el que uno pueda decidir si una proposición matemática es falsa o verdadera?
Una máquina de algoritmos
Así que, en un artículo publicado en 1936, Turing diseñó una máquina que a través de una serie de símbolos y una tabla de reglas era capaz de realizar operaciones lógicas. Con su creación, concluyó que la duda de Hilbert no tenía solución y, al mismo tiempo, desarrolló el principio básico de la computación: el algoritmo.
Pero no existe sólo una máquina de Turing. Pueden crearse un número infinito de ellas que correspondan a diversos algoritmos. Turing imaginó, entonces, una máquina que lograra agrupar todos los algoritmos, gracias a una lista de instrucciones estándar, y pudiera hacer todas las tareas. La Máquina Universal de Turing es, en cierto sentido, el prototipo de la computadora actual: “una sola máquina —escribe su biógrafo, Andrew Hodges— que puede realizar cualquier tarea definida si tiene el programa apropiado”. Turing siguió sus estudios y se inició en la criptología. En 1939 obtuvo su título de doctor en la Universidad de Princeton, que después no acostumbró a utilizar, y partió a Inglaterra. A la guerra.
Descifrar secretos
Turing tenía la misión de romper los códigos ocultos que los alemanes enviaban desde Enigma, un mecanismo que cifraba mensajes. Laboraba en la cabaña 8; sus compañeros de trabajo lo sabían envidioso y algo excéntrico.
Ataba su taza de café con una cadena al calentador de su oficina, para que no se la robaran. Era capaz de correr más de 60 kilómetros hasta Londres para asistir a las reuniones de campo, como hizo cuando, en la niñez, tuvo que llegar corriendo a la escuela porque los trabajadores se habían declarado en huelga.
El hombre que corría fue también quien creó un aparato que descifraba los mensajes alemanes. En 1940, la primera Bomba fue instalada en la cabaña de trabajo de Turing. Durante los años siguientes, Turing y su equipo perfeccionaron el sistema de desciframiento gracias a la comprensión de los patrones utilizados por los alemanes, incluso en los submarinos de guerra.
El trabajo de Turing en la guerra se mantuvo en secreto hasta los años sesenta. Fue condecorado por sus labores; luego fue el primero en discutir sobre inteligencia artificial y otorgar ‘pensamiento’ a las máquinas. Se interesó por la electrónica; quiso crear un cerebro electrónico; estudió los fundamentos de la biología matemática. Todavía tenía demasiados planes pendientes.
La manzana envenenada
Todos sabían, desde siempre, que era homosexual. Quizá debido a su posición en la academia y su trabajo en la guerra, ninguno lo acusaba en público. Había tenido varios amantes y algunos decían que acosaba a estudiantes en la biblioteca pública.
Fue entonces que, en enero de 1952, Turing invitó a un hombre llamado Adolf Murray a su casa. Un año atrás, Turing había sido elegido Fellowship de la Royal Society, una de los colectivos científicos más importantes. Murray pasó la noche allí y ayudó a que un intruso ingresara a la casa. Turing lo denunció. Confesó que había tenido relaciones sexuales con él. Ambos fueron encarcelados.
Turing, para salvarse de la cárcel, se sometió a un proceso de castración química: un tratamiento hormonal que, decía la ley, liquidaría su ansia homosexual. Se volvió impotente; perdió su trabajo por ser considerado un “riesgo de seguridad” para la nación, pero continuó su investigación sobre morfogénesis.
Dos años después, Turing fue encontrado muerto en su casa. Se había envenenado. Su madre creyó que tal vez por descuido los químicos se habían colado en la comida. Otros siguieron el veredicto de la autopsia: suicidio.
Sobre la mesa de noche, a medio morder, descansaba una manzana plena de cianuro.