El 2.º río más hondo de Colombia tiene peces desconocidos, ciegos y con microplástico
Tras un esfuerzo de más de tres años, el Instituto Humboldt acaba de presentar el libro “Peces del fondo del río Orinoco y afluentes principales”, una síntesis de más de cuatro décadas de trabajo y un libro inédito en la región. En él, detallan la vida de 109 especies de peces y algunas de sus particulares características, como ceguera, generación de campos eléctricos y transparencia. Pero también encontraron algo inquietante: microplásticos.
César Giraldo Zuluaga
Justo al frente de Puerto Carreño, en Vichada, en la frontera entre Colombia y Venezuela, el río Orinoco alcanza hasta 70 metros de profundidad; es el punto más hondo de este afluente en territorio colombiano. Algunos kilómetros más al norte, en Ciudad Bolívar, ya en terreno venezolano, alcanza profundidades de hasta 100 metros. Es el cuarto río más hondo del mundo, tan solo detrás del Amazonas, el Yangste Kiang (China) y el Congo, que atraviesa cuatro países africanos. (Puede leer: Moeügchi, el manatí amazónico que fue liberado tras seis años en rehabilitación)
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Justo al frente de Puerto Carreño, en Vichada, en la frontera entre Colombia y Venezuela, el río Orinoco alcanza hasta 70 metros de profundidad; es el punto más hondo de este afluente en territorio colombiano. Algunos kilómetros más al norte, en Ciudad Bolívar, ya en terreno venezolano, alcanza profundidades de hasta 100 metros. Es el cuarto río más hondo del mundo, tan solo detrás del Amazonas, el Yangste Kiang (China) y el Congo, que atraviesa cuatro países africanos. (Puede leer: Moeügchi, el manatí amazónico que fue liberado tras seis años en rehabilitación)
Desde que empezó a ser recorrido con fines científicos en 1498, luego de que Cristóbal Colón lo avistara durante su tercer viaje a estas tierras, los científicos y las comunidades han identificado la presencia de casi 1.000 especies de peces en los 2.150 kilómetros de largo que tiene el Orinoco.
Sin embargo, pese a tener una historia de más de 500 años de expediciones científicas, son pocos los trabajos que se han hecho por conocer las especies que habitan el fondo de este afluente que, para Colón, cuando lo vio por primera vez, fue el más grande y “fondo” hace más de cinco siglos.
Al respecto, Carlos A. Lasso-Alcalá —investigador sénior del Instituto de Investigación Alexander von Humboldt— comenta: “Afortunadamente, entre las décadas de los 70 y 80 del siglo pasado, hubo una expedición de un buque oceanográfico norteamericano que logró entrar hasta el delta del Orinoco”, esa parte donde el río entrega sus aguas al Atlántico. (Le puede interesar: Minambiente anuncia el inicio oficial de temporada de ciclones tropicales)
Lasso se refiere al Eastward, una embarcación en la que los investigadores estadounidenses John Lundberg y Jonathan Baskin y el venezolano Francisco Mago-Leccia se adentraron, entre 1978 y 1979, en la parte baja del río Orinoco para explorar, por primera vez, los extraños y particulares habitantes del fondo de este río.
Ahora, poco más de cuatro décadas después de esas primeras expediciones, el Instituto Humboldt publica el libro Peces del fondo del río Orinoco y afluentes principales, un trabajo en el que participaron 19 investigadores de Colombia, Venezuela, Brasil y Estados Unidos y que, como dice Lasso, editor de la publicación junto a Mónica Morales-Betancourt, investigadora del Humboldt, “es una síntesis de lo que se ha hecho en estos casi 50 años sobre un mundo desconocido”. (También puede leer: ¿Cómo estudiamos a las ballenas si apenas las vemos cuando emergen a la superficie?)
Más de 100 especies crípticas
Los escasos 15 milímetros que mide el bagrecito ciego (Micromyzon orinoco) lo convierten en la especie de pez más pequeña encontrada hasta ahora en el fondo del río Orinoco y sus principales afluentes. Es un pez con otra particularidad que comparte con otras cuantas especies de las profundidades de este río: es ciego.
“El elemento diagnóstico de esta especie es la ausencia de ojos y la pigmentación muy reducida o ausente”, detalla el libro del Instituto Humboldt. Como explica Lasso, este pez es ciego por una sencilla razón: en el fondo del río no hay luz. Tampoco suele haber mucho oxígeno, las aguas son turbias y corren, la mayoría de las veces, a grandes velocidades.
Estas complejas condiciones —que los académicos definirían como el mesohábitat o microhábitat— han llevado a que gran parte de las 109 especies que lograron ser identificadas en el fondo del Orinoco presenten adaptaciones y estrategias muy llamativas para poder vivir. Una de las más particulares, dice Lasso, es la de los Gymnotiformes, conocidos popularmente como cuchillos, por la particular forma de sus cuerpos.
Aunque no son ciegos, los cuchillos apenas utilizan sus ojos para ubicarse. En cambio, para absorber las larvas de entre uno y cinco milímetros que hacen parte de su dieta o para comunicarse entre ellos, estos peces alargados y con diminutas o inexistentes aletas, producen descargas eléctricas capaces de generar campos eléctricos. Mientras tanto, los bagres, que pueden habitar tanto en las partes someras como ser encontrados hasta los 37 metros de profundidad, tienen una especie de alargados “bigotes”, que técnicamente se conocen como barbillas, que les permiten percibir en la oscuridad dónde hay organismos vivos para alimentarse. (Puede interesarle: Salvando al caimán del Orinoco, el mayor depredador de los ríos de Sudamérica)
Varios de estos datos, como la alimentación de la especie, su tamaño, etapas y épocas de reproducción, así como las primeras fotos de los animales vivos que acompañan estas páginas, se conocen por primera vez para la mayoría de las 109 especies que se han identificado en la cuenca del Orinoco, desde el sur, en el río Guaviare, hasta el norte, en las cientos de ramificaciones que tiene el delta. Esta información, “que puede parecer muy básica, pero que era desconocida para este grupo de animales”, como apunta Lasso, se logró gracias al trabajo que un nutrido grupo de investigadores adelantó entre 2020 y 2022.
Además de revisar diversas colecciones biológicas e investigaciones previas, los científicos realizaron campañas de pesca en un tramo de poco más de 14 kilómetros en la frontera entre Colombia y Venezuela a lo largo de tres años. Aunque al inicio no fue fácil, como recuerda Beyker Castañeda, investigador local que trabajaba para la Fundación Omacha, “por lo difícil que es crear una red que permita llegar hasta grandes profundidades”, luego de un trabajo articulado entre Lasso del Humboldt y pescadores locales, construyeron una serie de redes que les permitieron colectar 4.799 individuos de 50 especies.
Los “lances” de pesca, como los llama Castañeda, se hicieron en cuatro momentos del año: aguas bajas, subida de aguas, aguas altas y bajada de aguas. A esto, los investigadores como Lasso lo llaman un ciclo hidrométrico anual y lo hacen para ver las comunidades de peces que habitan el fondo del Orinoco y su comportamiento a lo largo del año. Gracias a estos análisis, los científicos pudieron determinar que los Gymnotiformes (como los cuchillos) y Siluformes (como los bagres) son los órdenes o familias de peces más abundantes. Además, que en épocas de aguas bajas y la subida de estas, que suele ocurrir entre febrero y mayo, hay más de estos peces. También les permitió identificar algunas especies que son nuevas para la ciencia.
El peligro de los microplásticos
Si bien los investigadores reconocen que trabajar con peces del fondo de los ríos requiere grandes esfuerzos y complejas logísticas, coinciden en que es necesario que el país replique estudios similares al que acaban de presentar en otros ríos tan importantes como el Amazonas, que es el tercero más hondo del mundo, con puntos que alcanzan hasta los 100 metros de profundidad, y el Magdalena.
Y es que en casos como el Magdalena, explica en el prólogo de la publicación Sandra Vilardy, viceministra de Ambiente, estos esfuerzos están motivados no solo por el desconocimiento de dichas especies, sino también por los trabajos de dragado que se realizan en este afluente para garantizar su navegabilidad, pero que podrían estar afectando a los peces que viven en sus profundidades. De hecho, apunta Lasso, actividades como estas representan la principal amenaza para las especies que habitan en lo más hondo de los ríos.
Por el momento, dice el investigador, las 109 especies identificadas en el Orinoco pueden considerarse fuera de este peligro, pues en este afluente no se adelantan labores de dragado y, hasta donde se conoce, no se tienen contempladas en un futuro próximo. Sin embargo, durante los análisis de los contenidos estomacales, que fueron claves para determinar las dietas de los peces, los científicos encontraron un componente que los sorprendió y preocupó por igual: microplásticos.
Los microplásticos, explica María Isabel Ríos-Pulgarín, bióloga y Ph. D. en Ecología, son partículas de plástico de entre 0,5 y 5 milímetros que pueden provenir desde pequeños abrasivos que se encuentran en las cremas dentales (materiales sólidos que contienen estos productos para ayudar a limpiar y pulir los dientes), hasta de la degradación de plásticos más grandes como los neumáticos y las fibras textiles de la ropa que usamos. (Puede interesarle: Buscan rescatar la ciénaga más importante de Barranquilla, pero planes no convencen)
En los últimos años, muchas investigaciones científicas han encontrado estas diminutas partículas en el Everest, la Antártica, los alimentos e, incluso, la sangre humana. “Sorpresiva y lamentablemente, también los encontramos en los peces del fondo del Orinoco”, comenta Ríos, quien además dirige el grupo de investigación en Limnología y Recursos Hídricos de la Universidad Católica de Oriente, en Medellín.
En un análisis que todavía se encuentra en proceso, pero que ya obtuvo algunos resultados preliminares, la profesora Ríos, en compañía de algunos colegas, analizó el contenido estomacal de 73 de los 4.799 individuos que Lasso, Morales y los investigadores locales pescaron entre 2020 y 2022. “Hasta el momento hemos identificado contaminación por microplásticos en 19 individuos, lo que corresponde al 38 % de los animales analizados”, comenta Ríos, quien expondrá estos hallazgos durante el Congreso Latinoamericano y del Caribe de pesquerías, que se llevará a cabo del 15 al 18 de mayo en Cancún (México).
Que los peces de lo más profundo del Orinoco estén consumiendo microplásticos preocupa a Ríos por varias razones. La primera tiene que ver con la abundancia de estas partículas en algunos peces. “Mientras el promedio de cantidad por individuo a escala global es de 3,5 partículas, nosotros hemos llegado a encontrar peces hasta con 50 partículas y, por ahora, el promedio está entre las 15 a 20 partículas por individuo”, dice la profesora, quien advierte que, aunque estos porcentajes variarán una vez finalice el análisis, los resultados de por sí resultan alarmantes.
Estas concentraciones por encima de la media global pueden explicarse, según la investigadora, por el hecho de que la contaminación por microplásticos ha sido estudiada principalmente en ecosistemas marinos. En los ríos, y sobre todo en el fondo de estos, donde estas micropartículas suelen asentarse, falta mucha investigación, apunta. (Puede leer: La inquietante situación que muestra el Mapa Mundial del Agua)
Aunque es poco lo que se sabe (la investigación de Ríos y demás colegas será la primera de este tipo en el país), estudios previos han detallado que la cantidad de microplásticos en peces de ecosistemas de agua dulce, como ríos, lagunas y ciénagas, es mayor a la encontrada en especies de mar.
Otro de los temas que inquieta a los investigadores es cómo se estaría dando la transferencia de microplásticos entre los peces. Con los resultados obtenidos hasta el momento, Ríos ha encontrado que son aquellos peces que viven más cerca del fondo, como los cuchillos, los que presentan mayores concentraciones.
Aunque este sigue siendo un campo de investigación por explorar, los científicos creen que estas partículas podrían estar transfiriéndose a especies más grandes como los bagres, que se encuentran en las partes más altas de las cadenas tróficas. Allí es donde podría empezar el riesgo para los humanos, advierten Ríos y Lasso, pues los bagres son especies ampliamente consumidas tanto en la cuenca del Orinoco como en el interior del país. “¿Qué implicaciones para la salud podría tener el consumo de estos microplásticos?”, se pregunta la profesora.
Una última duda trasnocha por estos días a Ríos y a sus colegas: ¿cómo llegaron los microplásticos hasta el fondo del Orinoco en un tramo que se encuentra en una reserva de la biosfera como lo es el Parque Nacional Natural El Tuparro? “Nuestra teoría es que en estos sistemas tan remotos y protegidos como el PNN, la fuente principal es la atmósfera”, comenta la docente. En el aire, agrega, “hay muchísimos” y podrían precipitarse por la lluvia o la deposición atmosférica, que en términos más simples es la caída de estos componentes a la Tierra.
Puede consultar el libro completo en el Repositorio Institucional del Humboldt o haciendo clic aquí.