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El público, en una ronda, determina el escenario. Ese círculo humano es el único límite del teatro de la calle. En el medio, personajes con cabezas enormes, máscaras extravagantes, vestidos rojos o amarillos o verdes, vistosos, muy vistosos. Otras veces música en vivo de saxofón y trompetas. Danza, canto, circo. Todo lo que llame la atención del caminante. "No existe un lenguaje común en el teatro al aire libre. Por eso hay tanta diversidad", asegura Mario Matallana, director de Teatro Taller de Colombia, el primer grupo que experimentó esta modalidad en el país.
En algunas obras también las fachadas de las casas, los balcones y los personajes de la vida cotidiana, de la vida real, terminan envueltos en el argumento. Y eso es posible porque la misma calle, explica el teórico Juan Carlos Moyano, cuenta una historia: "En las calles se han propagado ideas, crisis, tensiones, fracasos e insurrecciones". Por eso ellos no salen de ahí y cada una de sus obras tiene un argumento diferente, porque la calle nunca es la misma.
Teatro Experimental Fontibón
En plenos años setenta, 30 jóvenes recién graduados del colegio y otros que ya estaban en la universidad fundaron el "Teatro Experimental de Fontibón". En pleno gobierno de Julio César Turbay (1978-1802) 30 jóvenes se tomaron los parques de la localidad para representar la obra política "El poder del juego". En pleno Estatuto de Seguridad, que pretendió acallar los movimientos de izquierda, unos policías interrumpieron el espectáculo para decir "eso está prohibido", y el público protestó en coro: "déjelos, déjelos, déjelos".
Esa vez la interrupción fue de dos uniformados. En los 29 de historia que vendrían después, entrarían en escena, sin ser invitados, perros callejeros, viejas locas y besuconas que acosarían a los actores y caminantes desprevenidos. Esas son las ventajas, dirían ellos, de ser un grupo de teatro callejero. De los jóvenes del 79, efervescentes y deseosos de cambios políticos, que fundaron este grupo de teatro, sólo continúan en escena los hermanos Emilio y Ernesto Ramírez. "Nadie confiaba en poder vivir del teatro", dijo Emilio.
Ahora los acompañan jóvenes actores que también creen que "hacer teatro es una labor con la gente", y que la calle es el mejor escenario para cumplir ese cometido. Con máscaras, trajes coloridos, trompetas, redoblantes y saxofón en vivo, invitan a los caminantes a detenerse, a verlos, a participar si el público así lo requiere. Ya están acostumbrados a los besos desprevenidos y a las interrupciones de uniformados. En este XI Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá traen la obra "La Boda".
Teatro Taller de Colombia
Solos, Jorge Vargas y Mario Matallana, recorrieron Centroamérica, visitaron México y después Estados Unidos, donde se quedaron a vivir cuatro años. Sobrevivieron del teatro, de la calle, del teatro callejero, y de la obra "El génesis". Era 1972, acababan de graduarse del Teatro La Mama, y querían consagrase como actores ambulantes. Vivieron unos meses en California y allí conocieron Teatro Campesino, el grupo que les dio los elementos del verdadero espectáculo popular, de calle. "Vimos la posibilidad de hacer un teatro más social -contó Matallana- y de trabajar para un público que podíamos reunir en los parques".
Un público que, incluso, podía adentrarse en la historia y convertirse en un personaje más. Como sucedió en la obra "La cabeza de Gukup", a principios de los años 80, cuando ya habían regresado a Colombia. En la obra había fuego. El resplandor sedujo a una vieja loca que vivía en el parque, quien atravesó el círculo del público y comenzó a danzar mientras acercaba su cabello a las llamas. La actuación siguió.
Los personajes de Teatro Taller, muchas veces, están sobre zancos, "un elemento básico para lograr visión, altura, volumen, espectacularidad". Ellos son circo, acrobacias, danzas, música. Son un lenguaje callejero, "y al mismo tiempo profesional", advierten. Para esta versión del Iberoamericano traen "Momo o la parábola del tiempo".