Kichwas, rolos y artistas: los hermanos que cantan por preservar sus raíces
Indígenas del pueblo kichwa, nacidos en Bogotá, encontraron en Ukamau, su grupo musical, un medio para proteger su identidad, reencontrarse con sus raíces, mostrarse ante el mundo y enseñarles a los colombianos un poco sobre sus propios orígenes. “La música siempre ha sido el pilar con el que sostenemos nuestra identidad”
Daniela Villamarín Solorza
Ukamau existe desde hace 13 años. Los hermanos Sergio, Raúl y Juan Sebastián Tuntaquimba crearon la banda como un medio para proteger sus tradiciones de una Bogotá rampante, que muchas veces los sedujo para que renunciaran a ellas. Los tres son hijos del pueblo indígena kichwa de Otavalo, pero nacieron, crecieron y decidieron quedarse en la capital.
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Ukamau existe desde hace 13 años. Los hermanos Sergio, Raúl y Juan Sebastián Tuntaquimba crearon la banda como un medio para proteger sus tradiciones de una Bogotá rampante, que muchas veces los sedujo para que renunciaran a ellas. Los tres son hijos del pueblo indígena kichwa de Otavalo, pero nacieron, crecieron y decidieron quedarse en la capital.
Tiene acento rolo, son fanáticos del ajiaco y cuando salen del país extrañan una buena sopa. Pero también llevan el pelo largo, porque para su comunidad es una forma de conectar con la naturaleza; ropa blanca, por la pureza del espíritu; tejidos dorados, para recordar que son hijos del sol; un poncho de lana, con el que emulan la caída de la montaña sobre sus hombros, y sombrero, lo único que los indígenas de Otavalo les robaron a los españoles, cuando estos llegaron a quitarles hasta el idioma.
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“Aunque a veces nos mimeticemos con la cultura occidental, nuestro corazón siempre está con las tradiciones de nuestras comunidades”, cuenta Sergio, para quien la música es una forma de llevarle al mundo su mensaje: “Reconocernos en la diferencia, valorar lo nuestro y apropiarnos de lo que somos. Eso significa Ukamau. En nuestro idioma esta expresión quiere decir: Así es y así somos.”
Los hermanos ya son la tercera generación en tener grupo musical. Su familia salió de Ecuador y emigró a Colombia en la década de los 50, cuando su abuelo recibió un pasaporte diplomático, con el que el gobierno ecuatoriano pretendía llevarlo a enseñar el arte del tejido por toda Latinoamérica. Sin embargo, una vez armó los telares en Colombia, decidió quedarse.
Sergio, Raúl y Juan Sebastián nacieron varios años después, cuando su padre indígena se enamoró de una bogotana. Pese a que en casa siempre les inculcaron el orgullo por sus raíces, no fue fácil enfrentarse a una ciudad apabullante y con creencias tan distintas a las suyas.
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“En el colegio estuvo presente el racismo. Se burlaban de nuestros apellidos, nuestra ropa y el cabello largo, pero después empezaron a entender y había más aprecio”, recuerda Juan Sebastián, quien dice que cuando eso ocurría, encontraba refugio en la música y en las historias de sus mayores.
Hoy tocan con destreza, cierran los ojos cuando cantan y los tres arrugan, casi al mismo tiempo, la punta de la nariz. Su música no es solo la indígena, son los sonidos del viento imitados con la zampoña; los toyos, amarrados como una balsa, remedando el flujo del río; la quena, que parece un pájaro silbando a lo lejos; las chakchas, emulando la lluvia cuando cae, y el charango, que de lejos parece un ukelele, pero tiene un poco más de rebeldía.
Esta familia de músicos no solo lucha por preservar su cultura desde el arte, sino que pretende reivindicar sus raíces desde todas las esferas sociales. Juan Sebastián es diseñador gráfico, gestor cultural, maestro en Idartes y alcalde de su cabildo. Sergio es sociólogo y ejerce como docente investigador en la Universidad Externado de Colombia. Raúl es politólogo y abogado y trabaja en la Secretaría de Salud como la voz de las comunidades étnicas, al momento de tomar decisiones de políticas públicas.
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“Queremos encontrar otros escenarios para llevar nuestro mensaje. No ha sido fácil, hemos tenido que enfrentarnos al racismo estructural, al desconocimiento y a que nos encasillen solamente en el folclor. Ha sido una ardua lucha para que reconozcan que no somos ‘el indiecito’. Somos el indígena propio, con conocimientos milenarios, que luchamos por preservar”, indica Sergio, antes de asegurar que todavía queda mucho por hacer.
Para Raúl, el cambio debe partir de la educación: “No es solamente contar que los españoles llegaron a Latinoamérica, colonizaron y se fueron. La historia debe ser contada desde otras perspectivas”. Por eso, para él, su música es una búsqueda constante: “Cómo reconocemos y recuperamos nuestra riqueza cultural, cómo reivindicamos lo propio”, asegura.
Algunas veces juntos, y otras separados, han llevado los ritmos tradicionales de su pueblo kichwa y otras sonoridades de la Cordillera de los Andes a Asia, Estados Unidos y Europa, así como a distintas ciudades de nuestro país, a territorios de pueblos indígenas en Colombia y a las bibliotecas públicas de Bogotá. “Nosotros somos los embajadores de nuestra cultura”, dice Sebastián con orgullo.
Antes de despedirse de su audiencia, que salta y baila volviendo propio lo que de alguna manera también es suyo, Raúl dice por el micrófono que Venceremos será la última canción que toquen. No es una canción sobre ganar, me diría luego. Es un reconocimiento a lo comunitario, a lo que significa ser y construir de la mano.
Ven, seamos
Ven, seremos
Venceremos
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