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Un septimazo a la carrera

La avenida emblemática de Bogotá, que verá pronto la entrada de Transmilenio, contada a través de fragmentos de su historia.

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Natalia Herrera Durán
21 de marzo de 2011 - 12:01 a. m.
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La carrera séptima, la Calle Real que recibió a conquistadores, que se quemó en las trifulcas, que ha visto deambular a políticos, vagos, malabaristas y taciturnos, la calle emblemática de carnavales y competencias, de marchas fúnebres y protestas, de tranvías, ciclas y buses humeantes espera la llegada de los obreros de construcción de Transmilenio y será, por algún tiempo, una vía cerrada, fría, de lonas verdes y calles agujereadas. Pero entonces, como ahora, seguirán vivas sus historias, que como fantasmas rastrillan la memoria.

En el siglo XVI, en tiempos de fundadores, la carrera séptima ya era conocida como El Camino de la Sal. Un trazado prehispánico que anunciaba el paso a Tunja. Trocha indígena pegada a la falda de la montaña que se adelantó a la ciudad que idearon los españoles. Luego será la Calle Real, en medio de dos ríos, el San Agustín y el San Francisco, y atravesará la ciudad, que para la época no tenía más de 15 cuadras.

Por sus calles se pasearon los pregoneros mulatos que comunicaron a viva voz las decisiones de las autoridades reales. Y luego llegarían los libertadores a anunciar la República. Pronto la séptima se llenó de establecimientos de comercio a lado y lado, atractivos para ladrones y compradores, a la vez que nacieron sitios para apuestas y naipes, para el ocio sin rezos. En contraste, los domingos y festivos la carrera era testigo de los desfiles religiosos que marcaron el espíritu devoto y místico de los bogotanos desde sus inicios.

La capital, para finales del siglo XIX, no había variado su tamaño sustancialmente con respecto a la Colonia, su extremo norte iba hasta La Recoleta de San Diego, en la actual calle 26, y ya transitaba el tranvía por uno de los tramos de la carrera séptima. En el extremo norte estaba el caserío de Chapinero, con casas y quintas de recreo, de espaciosos antejardines, donde los bogotanos iban a respirar aire puro y los fieles visitaban a la virgen de Lourdes. Velozmente, la séptima llegaría a Chapinero, como vía de comunicación con el centro de Bogotá y salida al norte, a Usaquén, un pueblo pequeño, que sólo sería parte de la capital en 1955, cuando tuvo lugar la expansión de los barrios medios y populares.

El siglo XX, marcado por la guerra y las persecuciones, acompañó el pulso de la ciudad. La carrera séptima vivió atentados, muertes, festejos y reyertas que empezaban en sus trayectos y terminaban en la Plaza Mayor. Algunos de esos quedaron registrados en la prensa de la época. La tarde del 10 de febrero de 1906, el entonces presidente Rafael Reyes daba su acostumbrado paseo en coche de mulas por la avenida, cuando en el sector conocido como Barrocolorados, en la calle 42 con séptima, tres hombres a caballo le dispararon. Nueve balas. Ningún herido. Reyes se salvó milagrosamente. Luego se supo que los autores intelectuales del atentado eran conservadores de su mismo partido.

Cuatro años después, el 7 de marzo de 1910, la séptima recibió su primera protesta masiva. Los bogotanos salieron a las calles a quejarse del mal servicio que prestaba la empresa que manejaba el tranvía, The Bogotá City Railway Company. La revuelta fue tan efectiva que la compañía estadounidense le vendió el tranvía al municipio.

Los ánimos no mejoraron y en el gobierno de Marco Fidel Suárez, la séptima, que por la época se vestía de fiesta con el carnaval universitario, recibió cerca de mil manifestantes, el 16 de marzo de 1919. Mil sastres llegaron hasta el Palacio Presidencial para exigirle al presidente que echara para atrás un decreto que autorizaba la compra de trajes y botas militares en Estados Unidos. Suárez quería que la Fuerza Pública estrenara uniformes el día de la celebración del centenario de la Batalla de Boyacá. Los sastres querían negociar con el Gobierno para coser los trajes y terminaron tirando piedras. La guardia presidencial reaccionó con disparos de ametralladora. Veinte sastres murieron, 18 fueron heridos y 300 más, detenidos.

Diez años después se dio una nueva jornada de protesta que vibraría en la carrera séptima. El 6 de junio de 1929, los ciudadanos pidieron el fin de la llamada rosca voraz, ante la quiebra de las dos empresas más grandes del momento, el Acueducto y el Tranvía, por problemas de corrupción.

En los años treinta, con los liberales en el poder, lo único que amainó sus enfrentamientos con los conservadores fue el fervor patriótico que despertó la toma peruana de Leticia (Amazonas), en septiembre de 1932. Más de 60.000 ciudadanos salieron y caminaron por la séptima hasta la Plaza de Bolívar manifestando su rechazo a la invasión. Incluso en la marcha hicieron una colecta para financiar la defensa de la soberanía nacional y hasta las mujeres encopetadas donaron sus joyas por la causa.

Más de una década después, en julio de 1947, la república liberal se había desvanecido en el Gobierno, pero un camino de lava alumbraba la séptima hasta la Plaza de Bolívar. El jefe del liberalismo, Jorge Eliécer Gaitán, convocó a una marcha nocturna de antorchas para reprochar la mudez presidencial frente a la violencia bipartidista. Más de 100 mil liberales iluminaron con sus teas la noche y clamaron bajo los balcones del Palacio de Nariño por la paz de Colombia. Luego, en febrero de 1948, más de 100 mil bogotanos se congregaron en silencio en la misma séptima, en una marcha sin antecedentes.

A los dos meses siguientes, los años de La Violencia entrarían sin tregua. Gaitán sería asesinado a la entrada del edificio Agustín Nieto Caballero, entre calles 13 y 14 con carrera séptima por Juan Roa Sierra, a quien la multitud enfurecida linchó y arrastró por la misma avenida. El comercio fue saqueado, los tranvías quemados y el centro destruido. El imponente hotel republicano Atlántico, del célebre arquitecto francés Gastón Lelarge, entre muchos otros edificios, se desplomó.

En poco tiempo se construyeron nuevas edificaciones y se amplió la carrera séptima. Pero en la ciudad no todo giraba en torno a la violencia desatada de los partidos. El 31 de enero de 1951, una treintena de ciclistas, con bicicletas panaderas, de mensajeros o de canasta de carga, arrancaron en la avenida Jiménez con carrera séptima la primera Vuelta a Colombia en Bicicleta. Efraín Forero Triviño, empleado de la Planta de Soda de Zipaquirá, apodado El Zipa, ganó después de recorrer más de mil kilómetros.

Más adelante, durante el régimen de Gustavo Rojas Pinilla, en junio de 1954 hubo otra marcha histórica que estuvo marcada en el recorrido de la Calle Real. Cientos de estudiantes se volcaron a las calles para protestar por la muerte de un compañero, quien fue alcanzado por una bala que disparó la Fuerza Pública en la Universidad Nacional. A la altura de la séptima con calle 13 los estudiantes fueron repelidos por un destacamento del Batallón Colombia. El saldo fue trágico, nueve estudiantes muertos y más de 23 desaparecidos.

Ese fue el precedente del paro nacional más grande que ha tenido el país, y que tuvo en Bogotá como sede principal la séptima. El 14 de septiembre de 1977 el grito ciudadano  pedía que el presidente Alfonso López levantara el estado de sitio e hiciera un reajuste salarial importante. Por esos mismos años empezó la popular ciclovía por la séptima, que luego se extendió por toda la ciudad. Desde entonces fue común ver al cachaco en pantaloneta y camiseta los domingos.

Luego la séptima advirtió el lamento y el repudio masivo de sus ciudadanos por varios asesinatos que aún enlutan el país. El del director de El Espectador, Guillermo Cano, el del director de la Unión Patriótica, Jaime Pardo Leal, el del candidato presidencial Luis Carlos Galán y el del humorista político Jaime Garzón, entre otros. En ese entonces, también por primera vez la Semana Santa se puso antifaz y Bogotá tuvo el primer Festival Iberoamericano de Teatro, en 1988. El desfile del espectáculo por la carrera séptima se convirtió, en adelante, en la mejor inauguración. Más recientemente, también, cerca de 700 mil personas de blanco atravesaron buena parte de la avenida para reprobar, en febrero de 2008, la actuación de la guerrilla de las Farc y para pedir un intercambio humanitario.

Los que habitan Bogotá han vivido la séptima, la han dibujado y la han expresado a su forma. Han salido al  Septimazo, hoy extinto, para ver malabares y apostar de paso $1.000 a los dados de Macondo; han aprendido a montar bicicleta o han acompañado a una multitud de inconformes. Son los mismos que ven caminar a los fantasmas de la Calle Real. Los que se niegan a que el “progreso” la convierta en una avenida estéril, con estaciones grises y relojes que no dan la hora.

nherrera@elespectador.com

Por Natalia Herrera Durán

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