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La fiesta de la Independencia Nacional; la celebración de uno de los días más importantes de la historia del país; la conmemoración de la firma del Acta de la Revolución de 1810; son algunas de las denominaciones para el día patrio del grito de independencia. Fue mediante la ley 60 del 8 de mayo de 1873, cuando el Congreso de Estados Unidos de Colombia decretó oficialmente, declarar día festivo para la República el 20 de julio, como aniversario de la proclamación de la Independencia Nacional en 1810.
Un grito de independencia sin independencia y un Acta de Independencia que dista mucho de ser la Constitución de un Estado libre y soberano; pero, que confirmó con vehemencia la sumisión y obediencia al Rey y a la Iglesia Católica. En esa sociedad férreamente clasista, se produjo la gesta revolucionaria a favor de los intereses de los criollos, una clase dominante que concentraba riqueza y que quería participar en el gobierno colonial; a la par con los funcionarios enviados por la corona, deseaban ejercer el poder y vivir como los europeos, pues había diferencia entre los blancos nacidos en Europa y los nacidos en América, como se refleja en el mesurado Memorial de Agravios (1809), que nunca llegó a su destino.
Esta independencia no involucró a las masas populares, se hizo a nombre del pueblo, pero sin el pueblo. La situación de explotación, degradación y menosprecio de los negros e indios (indígenas) debía mantenerse, estas personas estaban al servicio de los criollos y españoles; no podía repetirse actos de plebe como los de 16 de marzo de 1781, en el Socoro, entre otras razones. Aunque parezca paradójico, los indios (indígenas) y negros guardaban una gran fidelidad y veneración al Rey; el sometimiento y la evangelización cristiana realizada por años, perpetuó el reconocimiento y la obediencia indeclinable a su majestad y a Dios, como lo explica el historiador Hugo Rodríguez Acosta. Por eso, el causante del malestar no podía ser el monarca, lo era el Gobierno Colonial, ejecutor de los mandatos económicos del Rey. Es un asunto de reivindicaciones económicas, de mejoramiento de las condiciones sociales y de poder de los criollos: viva el Rey abajo el mal gobierno.
Luego del levantamiento del 20 de julio, hubo problemas territoriales y de poder. Estaban divididos; los centralistas, representaban a los acaudalados y burócratas de la capital; tuvieron su fórmula legal, la Constitución Monárquica de Cundinamarca de 1811; y los federalistas, representantes de los terratenientes y comerciantes de las provincias, que produjeron el Acta de las Provincias Unidas de la Nueva Granada de 1811. Esas diferencias generaron guerras civiles, persecución y muertes; pero se olvidó que el verdadero problema estaba con los españoles y su Rey.
En la conmemoración de este 20 de julio, el discurso del presidente Iván Duque en el Congreso de la República, estuvo cargado de patrioterismo pero alejado de la realidad, ratificó su irrespeto por la oposición; sin diálogo con la ciudadanía que protesta, continúa desconociendo las causas de los problemas sociales y exaltando a una fuerza pública con serios cuestionamientos por las violaciones a los derechos humanos; vemos una vez más, como si fuese una herencia republicana, la desconexión con el pueblo, pero defendiendo con gran ímpetu sus propios intereses y la de sus copartidarios.
Estamos en otros tiempos, a pesar de que la educación para la obediencia y el sometimiento aún impera, el despertar del pueblo, especialmente de los jóvenes es una realidad. Pero las viejas prácticas de la clase dirigente se mantienen; se confirma el centralismo, como en aquel Santa Fe de 1810; no se quiere aceptar, que hubo otros gritos de independencia y otras realidades, las de Cartagena, Pasto y Santander, entre otras; actualmente pasa lo mismo. La respuesta del gobierno ya llegó, reformas superficiales para la Policía Nacional, leyes para criminalizar la protesta y así acallar voces. El grito: “abajo el mal gobierno”, retumba hoy exclamado por el pueblo y lo harán suyo los partidos que apoyan al gobierno, con oportunismo y sin escrúpulos; pero a diferencia de ayer, está claro que no quedarán exculpados. Si se arraiga la conciencia colectiva en las elecciones de 2022 hay esperanzas.