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Cuando se le pregunta qué fue lo que más la marcó, su voz cambia, su entonación ya no es constante, sino que aparecen esos visos de alguien que está conteniendo quizá una lágrima o un recuerdo que la inunda. Así como Diana Britto ha llorado en su trabajo, espera que todo el país lo haga cuando conozca el capítulo especial sobre niños, niñas y adolescentes víctimas de la violencia que incluirá el Informe Final sobre el conflicto armado en Colombia que presentará la Comisión de la Verdad.
Britto entró a la Comisión como directora de la macrorregional Surandina. Llegó en noviembre de 2018, luego de que la comisionada Alejandra Miller la animara a participar de la convocatoria que buscaba a alguien que liderara la investigación sobre los hechos victimizantes en Putumayo, Nariño, Cauca y Valle, sin contar la costa Pacífica, e hiciera seguimiento a todo el trabajo de la entidad en la región.
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Hasta abril de 2020 dejó el cargo para convertirse en la directora de Conocimiento, el área encargada de todos los investigadores y el sistema de información misional. En febrero de 2021, le encomendaron la gran tarea del capítulo que el informe de la Comisión le dedicaría exclusivamente a entender qué pasó con los niños, niñas y adolescentes durante la guerra en Colombia.
“Después de escribir este capítulo, lo que pienso es que este país no ha querido a los niños y las niñas, que no los cuidamos, que no nos importan. Haciendo las correcciones, he vuelto a llorar, porque me cuesta creer que haya pasado y siga pasando. Espero que Colombia llore mucho leyendo este apartado”, le dijo Britto a Colombia+20 de El Espectador.
La psicóloga de lo social
Desde pequeña, Britto tenía noción de lo que significaba una guerra. Sus padres fueron desplazados de la Violencia en los años 50. “Yo crecí escuchando esas historias de dolor e injusticia”, dice. Eso quizá la marcó y la sensibilizó con eso que se llama otredad. Escogió psicología porque sintió que la carrera la podía conectar con lo social, con otras realidades.
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Aunque tenía noción del conflicto, fue con el profesor Carlos Arango en la Universidad del Valle que conoció el rostro de la guerra, no el del monte y fusil al hombro, sí la que muestra la materialización del desplazamiento en barrios marginales de las grandes ciudades, adolescentes usados para el tráfico de drogas, ancianos desprotegidos. “Él nos llevaba a hacer trabajos en zonas muy deprimidas de Cali con jóvenes y adultos mayores, ahí tuve mayor cercanía con el tema y empecé a meterme más y a investigar más”.
Como académica acompañó desde la investigación (documentando y analizando) procesos de economías solidarias de mujeres del Distrito de Aguablanca, en Cali, una de las zonas más empobrecidas y excluidas de la capital del Valle, de justicia restaurativa. “De ahí salió un programa que todavía existe, que ha sido importante para los jóvenes en esa zona. Se llaman las Casas Francisco Esperanza. Son procesos para prevenir el reclutamiento, el involucramiento en actividades delictivas, la deserción escolar, la restitución de derechos. En conclusión, era una estrategia para quitarle jóvenes al conflicto”, explica Britto.
Diana Britto nunca ha dejado de estudiar, de preocuparse por entender las relaciones humanas, los conflictos sociales. Se describe como una mujer con un pie en la academia y otro en la realidad. Hizo una maestría en Estudios Políticos en la Universidad Javeriana de Cali, fue directora del programa allá, también se especializó en temas de paz, conflicto y democracia en la Universidad de Granada y doctoró en Estudios Latinoamericanos en la Universidad de Ámsterdam en Holanda.
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En 2010, cuando regresó a Colombia, se vinculó a Colombia Humanitaria, una entidad que creó el entonces presidente Juan Manuel Santos para atender a las víctimas del fenómeno de La Niña, que dejó 2´811.997 personas afectadas, 386 muertos, 477 heridos, 77 desaparecidos, 12.138 viviendas destruidas y 359.184 averiadas. Allí fue la coordinadora de Gestión Social, encargándose de garantizar el alimento y alojamiento de las familias, trabajando muy de la mano de las autoridades locales.
De ahí se fue para el Ministerio del Posconflicto que después mutó a la Alta Consejería para el Posconflicto. En sus manos recaía la enorme tarea “de pensar cómo íbamos a llenar el vacío que iba a quedar en temas sociales cuando las Farc abandonaran los lugares de incidencia”, lo explica en sus palabras. Sin embargo, dejó el cargo cuando sintió que empezó a politizarse y perdió el norte y se dieron otras responsabilidades. “Creo que muchos de los problemas que estamos enfrentando hoy pueden tener su origen ahí, en el hueco que no se llenó con la oferta social del Estado, sino con nuevos ilegales”. Antes de vincularse a la Comisión, regresó a la academia a continuar trabajando en justicia restaurativa.
El capítulo de niños, niñas y adolescentes
Diana Britto destaca cuatro hallazgos importantes dentro del capítulo especial para hablar de la niñez y la juventud inmersos en la guerra. Primero, que Colombia es un país de huérfanos y es un tema que no ha preocupado a la academia y al Estado. “Si algo pasa en una guerra es que matan gente y cuando matan a gente adulta, es muy probable que esté dejando descendencia, sin embargo, el país no ha tenido un conocimiento, ni siquiera el cuidado de saber quiénes son, donde están ni qué pasó con sus vidas”, destaca.
Segundo, que el desplazamiento fue uno de los hechos victimizantes que más los afectó. “Lo que nosotros vimos en la investigación es que más de la mitad de la gente desplazada en este país lo hizo siendo niña o adolescente y nunca se ha abordado qué significó esto para ellos, que no podían llevarse sus juguetes o tenían que dejar a su mascota o ver que cogían para un lado y sus amiguitos para otro. Esos dolores y esas marcas que deja el desplazamiento en niños y niñas es algo que nosotros analizamos a profundidad porque nunca lo habíamos visto desde ese ángulo en el país”.
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Otro tema que destaca es la escuela como víctima del conflicto, que afectaba directamente los derechos de los niños y niñas, especialmente de aquellos de la ruralidad. En vez de un espacio seguro para ellos, se convirtió en un lugar donde se perpetuaba el conflicto, bien sea porque el Ejército se los tomaba considerándolo infraestructura pública, bien sea porque era objetivo militar de grupos armados.
Por último, otra herida contra esta población fue el reclutamiento. “No solo es el reclutamiento, sino la utilización de los niños para labores de inteligencia o el aprovechamiento de la vulnerabilidad de niños desplazados para acercarlos con el microtráfico. Es un ciclo de violencias en el que son víctimas de otras violencias”.
“Sin duda, lo esperanzador es encontrar esas formas de resistir a través del arte, la cultura, el deporte”, da como cierre Britto sobre lo que el país se encontrará en el capítulo que lideró y la movió como mujer y profesional, que la encontró con el dolor y la revolcó en la ira y en la indignación porque esto, insiste, sigue pasando en la actualidad.
Para tramitar el dolor que ha recibido de las víctimas y en la redacción del capítulo, Britto acude a la cotidianidad, a la familia, a un libro, al ejercicio o al yoga, a una película que le recuerde que, casi siempre, así sea en la ficción, el amor gana. “Según Netflix, mi coeficiente intelectual es bastante precario. Me veo todas las historias que uno sabe desde la primera escena quién va a quedar con quién y son felices por el resto de la vida”, lo comenta riéndose.
Hay un antes y un después de Diana Britto tras el trabajo en la Comisión de la Verdad, como académica mucho aprendizaje y entendimiento sobre temas que antes no había abordado como profesional. Como humana, más compasión, más cercanía con esa otredad que desde pequeña reconoció como interlocutor en la diferencia. Hoy quiere que el país hable con el Informe, lo mastique y digiera para hacerse una idea de lo que vivió casi el 10% de la población en Colombia.