“Pasar de una ‘zona roja’ a una zona verde”: la apuesta de ecoturismo comunitario en Puerto Asís
Luego de años de sembrar coca, 18 familias crearon en 2018 la asociación Tángara, paraíso de siete colores. Su sueño es fortalecer el turismo responsable con el medio ambiente y generar una fuente de empleo para la comunidad.
Silvia Corredor Rodríguez
A unos 20 kilómetros del casco urbano del municipio de Puerto Asís se encuentra la vereda Kanacas, una de las 152 de este municipio, donde un grupo de campesinos que antes sembraban coca decidieron, en 2018, darle vida al proyecto de ecoturismo llamado Tángara, paraíso de siete colores.
“Putumayo ha sido catalogado como uno de los principales departamentos productores de hoja de coca y nosotros le dimos una mirada diferente, que fue aprovechar el potencial que tenemos alrededor con la flora y la fauna”, explicó Cristian López, representante legal de la asociación y guía local.
Para llegar a la sede principal y disfrutar de los planes de avistamiento de aves y primates hay que abordar una lancha en Puerto Calderón, a orillas del río Piñuña Blanco, el cual está rodeado del bosque húmedo tropical, característico de la Amazonía.
En medio de grandes árboles a orilla del río, y de enormes piedras que dejan ver las aguas por ser época de verano, se pueden observar algunos monos como el tití y el volador. También una serie de aves e insectos que con el silencio de la selva amplificaban sus sonidos para saludar a los visitantes. Con binoculares en mano los guías señalan las copas de los árboles para ver los nidos de las múltiples especies de aves que habitan allí, entre ellas la tángara, protagonista e inspiración para bautizar su asociación de turismo comunitario.
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“La tángara es un ave de distintos colores como el azul, el verde y el negro, y se ve mucho en la Amazonía. Nos sentimos representados por ella, así que decidimos tomarla en nuestro logo que también tiene una ceiba detrás, otro árbol representativo de la zona y que para nosotros es como una biblioteca, porque es de los más antiguos y está conectado con todo el ecosistema”, explicó López durante el recorrido por el río.
Aunque hay 18 familias afiliadas a la asociación, solo ocho están al frente del funcionamiento de los proyectos turísticos que incluye alimentación típica de la región y hospedaje para los visitantes. Están en 1.200 hectáreas, de las cuales el 90 % es bosque conservado, en los que realizan las actividades de turismo a baja escala para no generar impacto.
En estos cinco años de funcionamiento, el equipo de Tángara no ha dejado de capacitarse en avistamiento de aves, primates, polinización y trabajo con abejas, viveros y hasta en resolución de conflictos por medios pacíficos. Los procesos de formación han sido a través de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (Usaid, por su sigla en inglés) y sus operadores en Colombia.
Construir paz desde el turismo comunitario
Robinson Polo, vicepresidente de la asociación y uno de los fundadores, le explicó a Colombia+20 que desde la firma del Acuerdo de Paz se abrieron oportunidades para la población y para ayudar a contrarrestar la estigmatización que la guerra había instaurado.
“Ahora nos miran de otra manera, cambió esa perspectiva de que éramos guerrilleros, mermó la estigmatización que tenían hacia nosotros. Con el turismo queremos apostarle a la conservación del medio ambiente, a tener una alternativa laboral que nos ha ayudado”, explicó.
“Con el turismo queremos apostarle a la conservación del medio ambiente, a tener una alternativa laboral que nos ha ayudado”
Robinson Polo, vicepresidente y co-fundador de Tángara
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Polo es un hombre de estatura baja, con barba canosa y voz contundente, quien contó cómo la llegada del proyecto turístico generó un cambio drástico en su relación con la naturaleza. “Fui cazador tiempo completo, me gustaba la cacería, la pesca y talé las montañas. Hoy reconozco que hice daños, pero le estamos apuntando a un turismo responsable, ya miro a los animales como amigos míos”.
Esta alternativa de turismo también ha animado a nuevas generaciones, como la nieta de Robinson Polo, quien con tan solo 16 años es parte del equipo de guianza de Tángara. Maryeris Díaz Martínez empezó acompañando a su abuelo a las capacitaciones con diferentes organizaciones y actualmente apoya uno de los tres productos de la asociación que llaman “El salto de las ranas”, un recorrido nocturno para avistar serpientes, ranas y sapos que habitan en la región.
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“Me gusta caminar en la oscuridad, en silencio, tener claridad con las estrellas e interactuar con los animales. Entre todos nos apoyamos, estamos unidos y, a pesar de que no somos familia de sangre, nos tratamos como familia”, resaltó Díaz.
La asociación ofrece dos productos más a los turistas. Uno de ellos se llama “El son de las aves”, que consta de un recorrido de 4 kilómetros por un sendero en medio del bosque húmedo tropical para avistar aves. El otro recibe el nombre de “Taparuca”, una técnica de pesca en silencio donde se dejan varias boyas distanciadas, con nylon y carnada, para luego recogerlas.
“Subimos por el río Piñuña Blanco y empezamos a tirar las boyas y dejamos que se las lleve el río, una a una, con un tiempito prudente para que alcancemos a verlas. Llevamos binoculares, estamos pendientes de las boyas que en algún momento llega el pez y vamos a atraparlo. Mientras vamos observando las más de 13 especies de primates y aves, hacemos todo”, explicó uno de los guías.
El sueño de los integrantes de Tángara es fortalecer la asociación, proteger el medio ambiente, mientras tienen una alternativa laboral dentro de su territorio. “Muchas veces triunfar en la vida es irse del territorio, pero nosotros tenemos todo aquí para lograrlo”, resaltó López. Por eso, desde la asociación, le apuestan a seguir capacitándose, sumando a las generaciones y a tener mayor visibilidad que lleve más turistas y ayudas a la comunidad.
A unos 20 kilómetros del casco urbano del municipio de Puerto Asís se encuentra la vereda Kanacas, una de las 152 de este municipio, donde un grupo de campesinos que antes sembraban coca decidieron, en 2018, darle vida al proyecto de ecoturismo llamado Tángara, paraíso de siete colores.
“Putumayo ha sido catalogado como uno de los principales departamentos productores de hoja de coca y nosotros le dimos una mirada diferente, que fue aprovechar el potencial que tenemos alrededor con la flora y la fauna”, explicó Cristian López, representante legal de la asociación y guía local.
Para llegar a la sede principal y disfrutar de los planes de avistamiento de aves y primates hay que abordar una lancha en Puerto Calderón, a orillas del río Piñuña Blanco, el cual está rodeado del bosque húmedo tropical, característico de la Amazonía.
En medio de grandes árboles a orilla del río, y de enormes piedras que dejan ver las aguas por ser época de verano, se pueden observar algunos monos como el tití y el volador. También una serie de aves e insectos que con el silencio de la selva amplificaban sus sonidos para saludar a los visitantes. Con binoculares en mano los guías señalan las copas de los árboles para ver los nidos de las múltiples especies de aves que habitan allí, entre ellas la tángara, protagonista e inspiración para bautizar su asociación de turismo comunitario.
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“La tángara es un ave de distintos colores como el azul, el verde y el negro, y se ve mucho en la Amazonía. Nos sentimos representados por ella, así que decidimos tomarla en nuestro logo que también tiene una ceiba detrás, otro árbol representativo de la zona y que para nosotros es como una biblioteca, porque es de los más antiguos y está conectado con todo el ecosistema”, explicó López durante el recorrido por el río.
Aunque hay 18 familias afiliadas a la asociación, solo ocho están al frente del funcionamiento de los proyectos turísticos que incluye alimentación típica de la región y hospedaje para los visitantes. Están en 1.200 hectáreas, de las cuales el 90 % es bosque conservado, en los que realizan las actividades de turismo a baja escala para no generar impacto.
En estos cinco años de funcionamiento, el equipo de Tángara no ha dejado de capacitarse en avistamiento de aves, primates, polinización y trabajo con abejas, viveros y hasta en resolución de conflictos por medios pacíficos. Los procesos de formación han sido a través de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (Usaid, por su sigla en inglés) y sus operadores en Colombia.
Construir paz desde el turismo comunitario
Robinson Polo, vicepresidente de la asociación y uno de los fundadores, le explicó a Colombia+20 que desde la firma del Acuerdo de Paz se abrieron oportunidades para la población y para ayudar a contrarrestar la estigmatización que la guerra había instaurado.
“Ahora nos miran de otra manera, cambió esa perspectiva de que éramos guerrilleros, mermó la estigmatización que tenían hacia nosotros. Con el turismo queremos apostarle a la conservación del medio ambiente, a tener una alternativa laboral que nos ha ayudado”, explicó.
“Con el turismo queremos apostarle a la conservación del medio ambiente, a tener una alternativa laboral que nos ha ayudado”
Robinson Polo, vicepresidente y co-fundador de Tángara
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Polo es un hombre de estatura baja, con barba canosa y voz contundente, quien contó cómo la llegada del proyecto turístico generó un cambio drástico en su relación con la naturaleza. “Fui cazador tiempo completo, me gustaba la cacería, la pesca y talé las montañas. Hoy reconozco que hice daños, pero le estamos apuntando a un turismo responsable, ya miro a los animales como amigos míos”.
Esta alternativa de turismo también ha animado a nuevas generaciones, como la nieta de Robinson Polo, quien con tan solo 16 años es parte del equipo de guianza de Tángara. Maryeris Díaz Martínez empezó acompañando a su abuelo a las capacitaciones con diferentes organizaciones y actualmente apoya uno de los tres productos de la asociación que llaman “El salto de las ranas”, un recorrido nocturno para avistar serpientes, ranas y sapos que habitan en la región.
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“Me gusta caminar en la oscuridad, en silencio, tener claridad con las estrellas e interactuar con los animales. Entre todos nos apoyamos, estamos unidos y, a pesar de que no somos familia de sangre, nos tratamos como familia”, resaltó Díaz.
La asociación ofrece dos productos más a los turistas. Uno de ellos se llama “El son de las aves”, que consta de un recorrido de 4 kilómetros por un sendero en medio del bosque húmedo tropical para avistar aves. El otro recibe el nombre de “Taparuca”, una técnica de pesca en silencio donde se dejan varias boyas distanciadas, con nylon y carnada, para luego recogerlas.
“Subimos por el río Piñuña Blanco y empezamos a tirar las boyas y dejamos que se las lleve el río, una a una, con un tiempito prudente para que alcancemos a verlas. Llevamos binoculares, estamos pendientes de las boyas que en algún momento llega el pez y vamos a atraparlo. Mientras vamos observando las más de 13 especies de primates y aves, hacemos todo”, explicó uno de los guías.
El sueño de los integrantes de Tángara es fortalecer la asociación, proteger el medio ambiente, mientras tienen una alternativa laboral dentro de su territorio. “Muchas veces triunfar en la vida es irse del territorio, pero nosotros tenemos todo aquí para lograrlo”, resaltó López. Por eso, desde la asociación, le apuestan a seguir capacitándose, sumando a las generaciones y a tener mayor visibilidad que lleve más turistas y ayudas a la comunidad.