Las personas pasaban por el hotel de concentración por pura curiosidad y cuando veían a los uruguayos en los balcones de las habitaciones venían los gritos, siempre respetuosos. “Hoy les hacen cuatro o cinco”. Así fue toda la mañana hasta el mediodía cuando la selección celeste salió rumbo al Maracaná. El miedo por el tráfico de Río de Janeiro y por lo convulsa que estaba la ciudad, y las gentes, hicieron que la directriz fuera clara: “nos vamos con anterioridad para evitar problemas”. Uruguay llegó el escenario, que para Eusebio Tejera parecía más una olla, y se dio cuenta que ese día en Brasil no importaba nada más. Y que a pesar de las vestimentas elegantes, quizá serias, la algarabía sobresalía. Y los cánticos y los tambores, y hasta el sonido de la samba, fueron inevitables a lo largo del recorrido.
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La embajada uruguaya, antenponiéndose a la situación, compró 11 colchones para poner en el vestuario visitante por si alguno de sus jugadores quería dormir previo del partido. “Llegamos tres horas antes. Hubo mucho que tomaron una siesta, yo no pude de la adrenalina y los nervios previos”, recordaría Alcides Ghiggia. El equipo dirigido por Juan López tenía bien estudiado a su rival, ya lo había enfrentado en la Copa Río Blanco, unos meses atrás, y a los brasileños les costó quedarse con la victoria.
“El problema era que venían de golear a Suecia y España, y eso no era fácil, era una muestra del poderío que tenían arriba, toda una máquina de anotar. Y nosotros una de defender y de equilibrio”, apuntó Julio Pérez en el documental Los de afuera son de palo. Ese 16 de julio de 1950 los dirigentes uruguayos que llegaron al Maracaná empezaron a hacer apuestas entre ellos y todos concordaron que una victoria no era posible, una derrota decorosa sí.
Brasil, que había organizado el Mundial, su Mundial, para ser campeón tenía todo listo para levantar la copa Jules Rimet, hasta existía un protocolo en el que se especificaba cómo debían formar para recibir el trofeo y camisetas con el Brasil Campeão. En la boca de un túnel todo era aplausos, del otro arengas dirigidas por Obdulio Varela, un jugador portentoso, intimidante, desafiante. “Vayan pelando la chaucha que cuando juega la celeste todos boca abajo”, cantaba el capitán a lo que los demás respondían en coro como una especia de eco.
“A él no se le trataba de vos o de ché. A Varela se le decía usted, porque se le respetaba mucho, porque era el de la actitud de piedra en la cancha, el que iba y peleaba y empujaba, pero además el que mandaba unos pelotazos perfectos al espacio”, apunta Ghiggia.
Los chiflidos (porque fueron 200 mil) se escucharon al unísono, también los petardos que explotaban en las gradas , uno tras otro, en una especie de estruendo bíblico. “Concentrados, nada de mirar para allá, todos acá conmigo”, dijo Varela en una especie de orden seca, escueta. El carnaval estaba listo y los aficionados estaban viviendo el triunfo antes de obtenerlo. El primer tiempo fue parejo, o al menos eso dicen las crónicas de la época que es la única manera en la que se puede recrear algo que pasó hace 70 años.
“Obdulio a Pérez, Pérez a Ghiggia, y otra vez la pelota a Pérez, que se la pasa a Schiaffino”, se lee en una crónica de El País de Uruguay que recopiló todas las acciones de ataque de la celeste. En la segunda parte, cuando en el camerino los charrúas habían llegado al acuerdo de atacar más, de subir y aprovechar los extremos que jugaban bien abiertos, Friaca puso el 1-0 para los locales. Y las caras de felicidad de los brasileños, otra vez el estrépito y la alegría de la multitud más grande que haya estado en un partido de fútbol. “Estábamos acostumbrados a 60, máximo 65 mil personas en un duelo entre Peñarol y Nacional. Pero esto era otra cosa, algo nunca antes visto”, dijo Tejera.
En ese instante, luego de que la pelota entra por el arco de Roque Gastón Máspoli sucede algo que, para los uruguayos que estuvieron en la cancha, cambió todo. Varela, muy experimentado y muy ágil mentalmente, se fue con el balón en la mano a reclamarle al juez lateral por una posición prohibida previa al gol. El encuentro se detuvo unos minutos, pues Obdulio manoteaba y hablaba en español mientras que el árbitro de la banda respondía en inglés. Fue necesario traer un traductor para que el uno le entendiera al otro. Y así se fue el tiempo, un buen tiempo para enfriar todo y evitar lo que, seguramente, hubiera sido una arremetida brasileña
“Si Varela no hace eso estos tipos nos meten dos, tres y hasta cuatro. Ese, creo yo, fue el punto clave del partido”, contaba Pérez. Después de eso, Varela se reunió con sus compañeros y repitió la frase por la que era conocido: “los de afuera son de palo”. Pero, ¿qué quería decir con eso? Que lo que pasaba del terreno para allá no debían afectar lo que sucedía para acá, y que no tenían que importarles lo que dijeran los que solo veían el encuentro porque al final de cuentas eran ellos los que estaban jugando.
Juan Alberto Schiaffino puso el empate con un remate de primera imposible para Barbosa y, 13 minutos después, sucedió lo que cambiaría todo, el tanto que a la fecha nos tiene hablando del Maracanazo. El desborde de Ghiggia, el latigazo a ras y el balón que se mete entre el palo izquierdo y Barbosa. Alcides corrió al otro costado para abrazarse con Óscar Míguez, que en mientras lo arropaba con sus cuerpo le reclamaba: “por qué no me la centraste”.
El público petrificado, un silencio sepulcral y el pitazo final en pleno tiro de esquina a favor de Brasil. “No entendía nada porque no escuché el silbato y cuando vi que mis compañeros festejaban supe que el inglés (George Reader) había acabado todo. Ese fue un día increíble, el día en el que la selección de un país pequeño hizo llorar a más de 50 millones de personas”, concluyó Schiaffino.
Moacyr Barbosa, el arquero maldecido y condenado en Brasil
Del número 56 de la calle João Romariz, en el barrio de Ramos, norte de Río de Janeiro, se ve un humo abundante, grisáceo primero, después negro. No es un incendio, tampoco un asado; hay mucha calma para cualquiera de esas situaciones. Dentro, en un silencio total, un hombre de camisa de seda, con una medalla de Nuestra Señora Aparecida, mira el fuego, estupefacto, con el reflejo de la llama en sus pupilas.
En una especie de exorcismo, Moacyr Barbosa quema los postes de los arcos del estadio Maracaná, los mismos que fueron una prisión, su prisión, desde el 16 de julio de 1950. En realidad no está quemando los trozos de madera, se está quemando a sí mismo, a su mala suerte, incinerando el día que decidió anticipar lo que iba a hacer Alcides Ghiggia, para terminar viendo cómo la pelota se metía mansamente por un costado callando a una fiera con 203.850 cabezas, a la muchedumbre más grande que alguna vez haya estado junta en un estadio de fútbol.
Ese fue el gol más silencioso de la historia, pero también la sentencia más cruel para un hombre que llegó al Mundial de ese año como figura del Vasco da Gama, para el arquero que tapaba sin guantes, recuperado de sus seis fracturas en la mano izquierda y las tres costillas rotas. La furia del pueblo fue contra él, un hombre negro que sufrió del ostracismo de los brasileños por no contener un remate, por causar dolor, depresión, rabia, humillación. “La condena del Maracaná se paga hasta morir”, le dijeron cuando tenía 29 años, cuando dejó de ser un ídolo para la nación, cuando pasó de ser un futbolista venerado y amado a ser el más odiado en la historia del país.
Y ante esta frase, Barbosa respondió con una más contundente, más despiadada con él mismo: “Sólo seré absuelto por la justicia divina, porque para la de los hombres seré un eterno condenado”. A los 43 años se retiró del fútbol con más de 1.300 partidos jugados, con ocho títulos, pero con el peso de la tristeza infinita. Ya en su vejez intentó ir a la concentración de la selección de Brasil antes del Mundial de Estados Unidos en 1994, pero, como era de esperarse, Mario Lobo Zagallo no lo dejó entrar, creyendo que sería de mala suerte que sus jugadores lo vieran, hablaran con él, lo conocieran.
No fue la esperanza lo último que perdió Barbosa, como el resto de la gente; fue la dignidad, porque siempre recibió los insultos, mientras el cuerpo se lo permitió, con el mentón paralelo al suelo, con los ojos bien abiertos, como le enseñaron en su casa. Al final del camino tuvo que vivir de la piedad de los amigos, con la pena moral de haber perdido a Clotilde, su esposa, en quien gastó todos sus ahorros para alargar la vida, para derrotar una enfermedad terminal.
Cansado de que siempre le hicieran la misma pregunta (“¿qué recuerdas del gol de Ghiggia?”), Barbosa se dedicó a esperar la muerte, que finalmente llegó el 9 de abril del 2000 en un hospital de Praia Grande, luego de un derrame cerebral, tras 50 años de soportar una condena que debió haber sido colectiva, pero que asumió como propia. Porque sí, ese gol del 2-1 a favor de Uruguay en la final de la Copa del Mundo puede que haya sido su culpa, pero la incapacidad de revertir la situación fue responsabilidad de 10 más.