Un día como hoy, hace cuatro años, Falcao sufrió la lesión que lo sacó del Mundial de Brasil
De ser catalogado el mejor '9' del mundo a ser llamado exfutbolista. Pero la historia no acabó ahí: trabajó en silencio y su esperanza "del tamaño de un grano de mostaza" a la cual se aferró lo tiene montado en el avión que lo llevará a Rusia 2018.
Thomas Blanco
Un 22 de enero, pero de 2014, la carrera de Radamel Falcao García se partía en dos. Uno de esos días comunes y corrientes que terminaron marcando nuestra existencia para siempre. Era un partido del Mónaco ante el Chasselay, club de la cuarta división, por los dieciseisavos de final de la Copa de Francia. Soner Ertek, un modesto futbolista semiprofesional, que dedicaba sus días a ser profesor de geografía, se barre y se lleva la rodilla izquierda del samario. El diagnóstico no pudo ser peor: rotura de ligamento cruzado anterior. Brasil 2014, quedó en jaque.
"No les voy a esconder que mi tristeza es enorme, mi corazón está destrozado, pero cuento con una esperanza del tamaño de un grano de mostaza a la cual me aferro, y es suficiente para creer que mi ilusión por el Mundial todavía está viva. Dios hace posible lo improbable, en Él creo yo", fueron las palabras del Tigre cuando se enteró de la gravedad de su lesión.
“No dejo de pensar en eso. No fui capaz de mirarlo después de la acción, estoy muy triste. Me sentiré culpable toda mi vida", dijo Ertek al final del compromiso.
Radamel Falcao, el héroe de la clasificación al Mundial 2014, tras 16 años de ausencia de Colombia, tuvo que ver en un televisor la participación más memorable del país en una cita orbital. Estaba destrozado, hubo días en que no tenía fuerzas para levantarse de la cama, confiesa. Y después, vino lo peor: su fichaje al Manchester United y al Chelsea. Sin la confianza de sus entrenadores, apenas anotó cinco goles en dos años. El banquillo pasó a ser su nuevo lugar. Quedó fuera de las convocatorias e incluso fue mandado a entrenar con los equipos juveniles.
El que alguna vez fue considerado el mejor '9' del mundo recibió el rótulo de exfutbolista y fue foco de burlas a nivel mundial. Incluso, por los suyos. Esa, tal vez, fue la parte más dolorosa de la lesión.
Los daños colaterales los vivió en la selección. Dejó de ser tenido en cuenta por José Pékerman, quien siempre ha sido paternal y comprensivo con él. Pero la opinión pública sonaba al unísono: "Colombia no es una clínica de rehabilitación".
Ante las pesadas cruces de la vida hay dos caminos: maldecir el mundo gritando "por qué a mí" o quedarse con el "para qué". Falcao se quedó con lo segundo. Confiando en que los planes de Dios son perfectos. Junto a su familia discernió que rendirse no era una opción. Trabajó en silencio y cuando en definitiva no daban un peso por él, volvió al Mónaco. Al sitio que lo había visto caer. El mismo que atestiguaría su resurgimiento de las cenizas.
"Mi ilusión por el Mundial todavía está viva. Dios hace posible lo improbable, en Él creo yo", las palabras que dijo hace cuatro años que, contrario a lo que imaginaba, no tenían fecha de caducidad, pues se han hecho realidad: ganó la Ligue 1 y llegó a semifinales de la Champions League en 2017 con el Mónaco; fue el octavo máximo artillero a nivel mundial con 36 goles; y volvió a su casa, la selección. Estuvo en la fase clave que certificó el tiquete a Rusia 2018 anotando dos goles vitales. El Tigre es Mundial.
"He pasado dos años horribles. Me perdí la Copa del Mundo en Brasil. Pero Jesús restaura y lo ha hecho conmigo", sentenció entre lágrimas el pasado 11 de octubre en el empate 1-1 de Colombia frente a Perú. El más grande no es sólo el que llega a la cima y se mantiene. Es también quien saborea el piso y vuelve a subirse en silencio y contra la corriente a la cúspide, una vez más.
Su historia no fue una casualidad. Falcao es y será un ejemplo del deporte a nivel mundial. Y la historia no acaba aquí. Rusia lo espera...
Un 22 de enero, pero de 2014, la carrera de Radamel Falcao García se partía en dos. Uno de esos días comunes y corrientes que terminaron marcando nuestra existencia para siempre. Era un partido del Mónaco ante el Chasselay, club de la cuarta división, por los dieciseisavos de final de la Copa de Francia. Soner Ertek, un modesto futbolista semiprofesional, que dedicaba sus días a ser profesor de geografía, se barre y se lleva la rodilla izquierda del samario. El diagnóstico no pudo ser peor: rotura de ligamento cruzado anterior. Brasil 2014, quedó en jaque.
"No les voy a esconder que mi tristeza es enorme, mi corazón está destrozado, pero cuento con una esperanza del tamaño de un grano de mostaza a la cual me aferro, y es suficiente para creer que mi ilusión por el Mundial todavía está viva. Dios hace posible lo improbable, en Él creo yo", fueron las palabras del Tigre cuando se enteró de la gravedad de su lesión.
“No dejo de pensar en eso. No fui capaz de mirarlo después de la acción, estoy muy triste. Me sentiré culpable toda mi vida", dijo Ertek al final del compromiso.
Radamel Falcao, el héroe de la clasificación al Mundial 2014, tras 16 años de ausencia de Colombia, tuvo que ver en un televisor la participación más memorable del país en una cita orbital. Estaba destrozado, hubo días en que no tenía fuerzas para levantarse de la cama, confiesa. Y después, vino lo peor: su fichaje al Manchester United y al Chelsea. Sin la confianza de sus entrenadores, apenas anotó cinco goles en dos años. El banquillo pasó a ser su nuevo lugar. Quedó fuera de las convocatorias e incluso fue mandado a entrenar con los equipos juveniles.
El que alguna vez fue considerado el mejor '9' del mundo recibió el rótulo de exfutbolista y fue foco de burlas a nivel mundial. Incluso, por los suyos. Esa, tal vez, fue la parte más dolorosa de la lesión.
Los daños colaterales los vivió en la selección. Dejó de ser tenido en cuenta por José Pékerman, quien siempre ha sido paternal y comprensivo con él. Pero la opinión pública sonaba al unísono: "Colombia no es una clínica de rehabilitación".
Ante las pesadas cruces de la vida hay dos caminos: maldecir el mundo gritando "por qué a mí" o quedarse con el "para qué". Falcao se quedó con lo segundo. Confiando en que los planes de Dios son perfectos. Junto a su familia discernió que rendirse no era una opción. Trabajó en silencio y cuando en definitiva no daban un peso por él, volvió al Mónaco. Al sitio que lo había visto caer. El mismo que atestiguaría su resurgimiento de las cenizas.
"Mi ilusión por el Mundial todavía está viva. Dios hace posible lo improbable, en Él creo yo", las palabras que dijo hace cuatro años que, contrario a lo que imaginaba, no tenían fecha de caducidad, pues se han hecho realidad: ganó la Ligue 1 y llegó a semifinales de la Champions League en 2017 con el Mónaco; fue el octavo máximo artillero a nivel mundial con 36 goles; y volvió a su casa, la selección. Estuvo en la fase clave que certificó el tiquete a Rusia 2018 anotando dos goles vitales. El Tigre es Mundial.
"He pasado dos años horribles. Me perdí la Copa del Mundo en Brasil. Pero Jesús restaura y lo ha hecho conmigo", sentenció entre lágrimas el pasado 11 de octubre en el empate 1-1 de Colombia frente a Perú. El más grande no es sólo el que llega a la cima y se mantiene. Es también quien saborea el piso y vuelve a subirse en silencio y contra la corriente a la cúspide, una vez más.
Su historia no fue una casualidad. Falcao es y será un ejemplo del deporte a nivel mundial. Y la historia no acaba aquí. Rusia lo espera...