David Felipe Soler, el niño de Patio Bonito que soñaba con ser Pirata
El base es clave en la rotación de Piratas de Bogotá, que hoy, desde las 7:00 p.m., en el coliseo El Salitre, buscará alargar a un tercer juego la serie que va perdiendo 1-0 contra Cimarrones de Chocó.
Fernando Camilo Garzón
Los ojos inspirados de David Felipe Soler miraban el tablero de básquet en un parque del barrio Patio Bonito, en la localidad de Kennedy, al suroccidente de Bogotá. No tenía ni ocho años por aquel entonces, cuando pisaba el pavimento de esa cancha colindante de otra de micro, rodeada de rejas y casas que parecían apiladas en los bordes, y ya soñaba con ser como sus padres, Israel y Ángela.
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Los ojos inspirados de David Felipe Soler miraban el tablero de básquet en un parque del barrio Patio Bonito, en la localidad de Kennedy, al suroccidente de Bogotá. No tenía ni ocho años por aquel entonces, cuando pisaba el pavimento de esa cancha colindante de otra de micro, rodeada de rejas y casas que parecían apiladas en los bordes, y ya soñaba con ser como sus padres, Israel y Ángela.
Sus recuerdos más precoces están ligados al baloncesto. Siendo un niño conoció la ciudad de arriba abajo, visitando cuanta cancha de barrio albergó algún torneo aficionado los fines de semana, porque sus papás, dos afiebrados al bote de la pelota, siempre los llevaban a él y a su hermana menor, Valentina, a que los vieran jugar.
Como la vez de ese torneo en el que su papá y otro compañero se quedaron solos en la cancha, defendiendo contra los cinco rivales. El partido se había picado por lo decisivo del resultado. Tanto, que ante las faltas de los otros jugadores terminaron expulsando a tres de ellos. E Israel Soler, que se quedó prácticamente solo defendiendo la cómoda ventaja que su equipo había logrado, consiguió en la victoria una gesta. Un triunfo que, sobre todo ante los ojos inspirados de su niño, fue toda una proeza. Mucho tiempo después, Soler vino a caer en la cuenta de que por ese tipo de tardes, en las que su papá había derrotado él solo a un equipo entero, fue que empezó a soñar con ser basquetbolista profesional.
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En la cancha de Patio Bonito David Felipe Soler empezó jugando con los hijos de los amigos de sus padres, jugadores como Sebastián Ramírez, Darwin Blanco y Jair Blanco, que más tarde también llegaron a ser profesionales. Eran una fraternidad. Y después de los partidos de los adultos venían los entrenamientos con los pequeños, que tras admirar a sus padres empezaron a aprender del dribling, el posteo, el control y el pase de la pelota.
Armador como su padre Israel Soler, el niño de Patio Bonito empezó a competir en la Liga distrital hasta que fue parte de la selección de Bogotá. Su nombre empezó a sonar en los torneos de los barrios, y por toda la ciudad los seguidores del baloncesto aficionado ya empezaban a saber quién era David Felipe Soler, así como escuchaban de otros jóvenes de Bogotá y Soacha, como Sebastián Valencia, Rodrigo Peña, Álvaro Peña o Julián Sandoval, niños venidos de todas partes de Bogotá con aspiraciones de grandeza. Fue en una liga de desarrollo sub-20 que Piratas le echó el ojo a Soler y a poco estuvo de entrar, muy joven, al equipo de mayores, pero en ese momento tuvo que tomar una decisión. Antes que jugar al baloncesto, el sueño que alimentaba sus días, debía estudiar y sacar adelante su carrera en Ciencias del deporte. El sueño se truncó y la ilusión de ser pirata parecía un tren que no pasaría de nuevo.
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Hoy mira atrás y no se arrepiente. Siempre tuvo claras sus prioridades y fue paciente, la principal característica que un día su papá le dijo que tenía que tener cualquier base en el baloncesto. La oportunidad le llegó en medio de la pandemia, en las burbujas de la liga profesional, cuando el profesor José Tapias lo llamó para inscribirlo con el equipo.
El sueño se cumplió y hoy en día el bogotano es parte fundamental en la rotación del equipo del parche, que aspira a repetir las semifinales que logró en la Liga WPlay de 2022 y, por qué no, llegar a la final.
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En la pista del coliseo El Salitre, donde hoy Piratas buscará empatar la serie de cuartos contra Cimarrones de Chocó, el nombre de David Felipe Soler es el de los que más se escucha en la tribuna. Y cuando los árbitros terminan los partidos y los niños corren al maderamen a tomarse fotos con las figuras del cuadro capitalino, Soler es de los piratas que más busca el público. Lo quieren, admite él, porque lo reconocen del baloncesto en el que se crió. El mismo del barrio, el de los torneos aficionados, el que le enseñaron sus padres y el deporte con el que ama la vida, el que alimentó las ilusiones de un niño que empezó a botar la pelota mientras soñaba mirando un tablero.
Muchos de sueños quedan todavía en un camino que apenas comienza. Orgulloso de la ciudad que ama, y de representarla gracias a Piratas, Soler aspira llegar un día a jugar en la selección nacional. Y quiere viajar con el baloncesto por fuera de nuestras fronteras, siguiendo la diáspora de los basquetbolistas nacionales que, cada vez más, pululan por las ligas del mundo. Es el anhelo de representar al país, a Bogotá y a su barrio, el lugar desde el cual un día imaginó el mundo.
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