Jenifer Muñoz: “Pedimos a gritos que apoyen el baloncesto femenino en Colombia”
La escolta fue la figura del Indeportes de Antioquia que ganó la Liga Suramericana. Además, también brilló con Colombia en la Americup de México, que terminó este domingo y en la que la selección consiguió un cupo en el preolímpico rumbo a París 2024. Entrevista de El Espectador.
Fernando Camilo Garzón
Hace un par de semanas, sin mucho bombo mediático, pasó como si nada una noticia crucial para el baloncesto colombiano: Indeportes Antioquia logró el título de la Liga Suramericana Femenina, venciendo a Aguada de Uruguay en Santiago del Estero (Argentina), en uno de los torneos internacionales más importantes del básquet femenino en Latinoamérica.
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Hace un par de semanas, sin mucho bombo mediático, pasó como si nada una noticia crucial para el baloncesto colombiano: Indeportes Antioquia logró el título de la Liga Suramericana Femenina, venciendo a Aguada de Uruguay en Santiago del Estero (Argentina), en uno de los torneos internacionales más importantes del básquet femenino en Latinoamérica.
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Y no es coincidencia que, nuevamente inadvertido, la semana pasada pasó también la participación de Colombia en la Americup Femenina de México, el torneo más relevante de selecciones del continente, en el que la selección logró el quinto puesto, igualando su mejor participación histórica y, además, asegurando cupo en el torneo preolímpico rumbo a París 2024.
En ambas gestas estuvo Jenifer Muñoz, una de las mejores basquetbolistas en la historia de Colombia. De hecho, la antioqueña brilló en ambos torneos y en la Liga Suramericana fue escogida como la Jugadora Más Valiosa del torneo (MVP, por su sigla en inglés), entró en el quinteto ideal de la competencia y promedió números de estrella: 19 puntos, ocho rebotes y dos robos por juego.
“La pelea por el reconocimiento del baloncesto femenino en Colombia ha sido una lucha incansable. Sobre todo de las jugadoras que más experiencia tenemos y que llevamos años peleando esas batallas”, le dijo a El Espectador la jugadora que, además de destacarse con Indeportes, fue brillante con Colombia en la Americup, con 14 puntos por partido (la máxima de la selección), 5,8 rebotes y 1,4 asistencias.
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No es nuevo el tema de la falta de apoyo al deporte femenino en Colombia. De hecho, en los últimos años el debate ha sido muy candente en otros deportes, como el fútbol. Sin embargo, en el baloncesto, en el que hasta la rama masculina batalla por subsistir, la rama femenina, la gran mayoría de veces, adolece del profundo olvido.
“Y eso que en los últimos tiempos ha cambiado la historia gracias a que hemos logrado cosas importantes, como el título en los Centroamericanos, el cuarto puesto en los Panamericanos o el título de este año en la Liga Suramericana contra equipos muy importantes, conformados por jugadoras seleccionadas”, agregó Muñoz.
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Lo más impresionante de las gestas que año tras año logra el baloncesto femenino en Colombia es la capacidad de superación ante las adversidades. Es su vigencia en un terreno tan carente de apoyo y su excelencia en la aridez del reconocimiento. Jenifer Muñoz es una de las grandes referentes de esa lucha, pues lleva casi 16 años, desde que empezó, a los 14, batallando contra un sistema injusto y desproporcionado.
La tenacidad se la enseñó su mamá justo cuando le mostró el camino del básquet. Beatriz David, que amaba jugar al baloncesto en sus tiempos libres, prácticamente obligaba a su hija a acompañarla a sus entrenamientos. Un día la sobornó con comprarle un helado y otro impuso la obligatoriedad de la tarea, hasta que la pasión por la pelota naranja se apoderó del corazón de una adolescente que, en un principio, recriminaba a su madre por hacerla caminar casi 50 minutos los fines de semana para ir hasta la cancha a verla jugar con sus tíos y algunos amigos.
Todo cambió, sobre todo, desde el momento en el que tomó la pelota. Mientras en el otro lado su madre se reñía en los partidos, ella lanzaba al otro tablero. Ahí descubrió un gusto hasta entonces oculto y la repetición de buscar el aro fue lo que le puso fin a la tortura. El momento crucial llegó en un torneo, cuando al equipo de su mamá le faltó una jugadora y la niña, hasta entonces tan ignorante del baloncesto, salió a danzar sobre la pista.
Metía una canasta tras otra. Lanzaba de lejos, entraba a la pintura para culminar todas las bandejas. Parecía una superdotada, con un talento nato que llamó la atención de los entrenadores que, asombrados, la vieron bailar ese día. Ahí empezó el camino, la preparación y los partidos que la llevaron a través de las selecciones, de la de Antioquia a la de Colombia. Siempre como una jugadora destacada, voluntariosa y virtuosa, que se levantó de las frustraciones y mejoró en casi todos los aspectos de su juego.
Lo más difícil, al principio, fue pasar del básquet de barrio, tan desordenado y caótico, en el que las funciones son casi todas las que se pueden hacer en una cancha, al de la aspiración profesional, más ordenado, con una función específica y un entrenamiento mucho más demandante. Y tan dura fue la transición, que llegó a tirar la toalla, pero la insistencia de los entrenadores, que le veían talento, la hicieron regresar una y otra vez, hasta que el cuerpo y la cabeza se habituaron a la máxima exigencia. Eso y la madurez adquirida por los golpes. Los llantos en las noches ante la despedida de su sueño y la dureza del alto rendimiento. La sensación de sentirse incapaz, que, una vez superada con disciplina, explica Muñoz, se convirtió en aprendizaje para saber cómo levantarse cuando después vinieron decepciones todavía mayores.
Por ejemplo, entrenar hasta el extremo para encontrarse con un país que no reconoce la profesionalidad del baloncesto femenino. O dar todo lo que había en el cuerpo para ser, tantas veces, descartada por la selección nacional. Incluso, sabiendo de su talento y teniendo conciencia de sus posibilidades, había ocasiones en que tantos palos en la rueda le ocasionaban una frustración que solo la hacía pensar en tirar la toalla.
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“Amo jugar básquet, es lo que me hace feliz. Me he caído mil veces, he tenido lesiones muy duras y cada vez busco ser mejor. Cuando algo te apasiona, por más difícil que sea, tienes que aprender a manejar los estados de ánimo. Esa es la clave. Parar y analizar la frustración para poder superar lo que sigue. Realmente se trata de amar. Y yo adoro mi deporte”, afirma Muñoz.
Ahora vive el momento más dulce de su carrera, justo después de una dura lesión de ligamentos que la marcó en los últimos años. Pero de esa caída volvió fuertísima. No solo lo demuestra el título de la Liga Suramericana o su importancia en la selección nacional, está claro en su vigencia. En el legado que, junto a las otras jugadoras, la actual generación de basquetbolistas les está dejando a las nuevas basquetbolistas que llegan. Porque, aunque con un largo camino por andar, fueron ellas, las de su época, las que han hecho sonar por primera vez en nuestro país el nombre de Colombia en tierras foráneas, donde el baloncesto femenino tiene más respeto.
No significa por ello que el trabajo esté hecho. Para nada, la lucha por el reconocimiento sigue. No parará jamás. Y los sueños tampoco, como el que ha alentado los años más recientes de su carrera: jugar con Colombia unos Olímpicos. París, por qué no, puede ser la cita. No se miente, es muy difícil porque es un camino larguísimo y contra las mejores del mundo. Lo que hace falta es apoyo. Que las jugadoras puedan entrenar más de 10 días en conjunto, que se fortalezca la competencia interna y que se puedan foguear afuera: “Es lo que pedimos a gritos. Tenemos talento y hemos dado resultados, pero necesitamos apoyo para poder trabajar más tiempo como equipo. Si eso pasara alcanzaríamos lo que parece imposible y estoy segura de que podríamos llegar a unos Juegos Olímpicos, el gran sueño de todas nosotras”.
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