Los 75 años del modelo chino: de una economía en auge a un aterrizaje suave
Un crecimiento frenético convirtió al país asiático en un gigante que ahora camina con pies de plomo. La pérdida de tracción tras la pandemia, nuevas tensiones comerciales y los lastres de un débil consumo interno son algunos retos que enfrenta esta potencia. El plan: la transformación completa de su aparato productivo y un histórico paquete de incentivos.
Daniel Felipe Rodríguez Rincón
Un 1° de octubre, la bandera nacional comunista se izó en China por primera vez. Era 1949 y Mao Zedong proclamaba el nacimiento de una nueva república en medio del desfile militar en la Plaza de Tian’anmen, en Beijing, centro neurálgico del Estado chino y de la época imperial. Esta semana, en ese mismo lugar, se llevó a cabo la ceremonia oficial que conmemoró los 75 años de la República Popular China y los logros del llamado “socialismo con rasgos propios”. ¿Qué ha cambiado en este lapso?
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Un 1° de octubre, la bandera nacional comunista se izó en China por primera vez. Era 1949 y Mao Zedong proclamaba el nacimiento de una nueva república en medio del desfile militar en la Plaza de Tian’anmen, en Beijing, centro neurálgico del Estado chino y de la época imperial. Esta semana, en ese mismo lugar, se llevó a cabo la ceremonia oficial que conmemoró los 75 años de la República Popular China y los logros del llamado “socialismo con rasgos propios”. ¿Qué ha cambiado en este lapso?
La gran marcha de China
En menos de un siglo, la economía de China ha vivido varias vidas en una; pasando por realidades dispares entre sí, pero en el marco de una modernización que, con sus aciertos y yerros, encauzó a esta nación en una senda de desarrollo que muchos califican como un “milagro económico”.
Y es que, desde ese 1° de octubre de 1949 a nuestros días, se pueden identificar cuatro etapas económicas bien marcadas. La primera, caracterizada por un contexto posguerra de hambrunas, altísimos niveles de pobreza y analfabetismo, donde una reforma agraria redistribuyó la propiedad de la tierra y puso las primeras bases de un aparato productivo; la segunda, de revolución industrial, en la cual las fábricas prosperaron y el potencial de las manufacturas empezó a vislumbrarse.
Una tercera etapa, caracterizada por la apertura económica al exterior, consolidó a China como la “fábrica del mundo” y pieza clave en la cadena de suministro global. Lo anterior también convirtió al país en una de las principales chimeneas de CO2, valga decirlo. Por último, una cuarta vida, cuyos renglones se están escribiendo en este momento, en la cual el consumo interno, los servicios y un decidido impulso a la alta tecnología marcan el camino a seguir.
Mientras China quemaba estas etapas, alcanzó un crecimiento económico frenético. De 1979 a 2023, el Producto Interno Bruto (PIB) creció a un promedio anual de 8,9 %, superando ampliamente el promedio mundial, de 3 %.
Hay muchas respuestas -y desde muchas orillas- sobre cómo China se convirtió en una potencia, pero el consenso general es que tomó experiencias occidentales (como el libre mercado) y las herramientas del capitalismo clásico, para combinarlos con un riguroso control del Estado y políticas de corte social, como el impulso a cooperativas de productores. El gigante asiático diseñó su propio guion.
Así, China dio forma a lo que Ouyang Yaofu, investigador del Instituto de Economía de la Academia China de Ciencias Sociales, llama una “economía socialista de mercado”. En un reciente análisis para medios locales, Ouyang explicó que China ha sido “creativa” al utilizar las fuerzas del mercado mientras “preserva los méritos del sistema socialista”.
El modelo ha dado sus frutos, tales como la erradicación de la pobreza absoluta en zonas rurales. Además, el ingreso disponible per cápita de los residentes urbanos de China aumentó de $343 yuanes (US$49) en 1978 a $51.821 yuanes (US$7.385) en 2023, según estadísticas oficiales.
Cifras más recientes indican que el ingreso per cápita de los hogares a nivel nacional fue de $20.733 yuanes (US$2.900 o unos $12 millones de pesos colombianos) en el primer semestre de 2024, es decir, un crecimiento de 5,3 % (descontando impuestos) respecto a hace un año. Se trata de rentas generadas por trabajos con cargas de 48,7 horas semanales en promedio (a agosto de 2024).
China hoy
En la primera mitad de 2024, el PIB chino creció 5 %. Un ritmo que, en un contexto como el colombiano, no sería despreciable, pero para China es un signo de alarma. La cifra, de entrada, se queda corta frente al galope de décadas pasadas, cuando la economía de ese país crecía a doble dígito, aunque este 5 % cumple con las expectativas entregadas por el Gobierno a principios de año.
Tras el enfriamiento de la pandemia, la economía del gigante asiático muestra evidentes señales de desaceleración y la recuperación no avanza a la velocidad esperada.
Se observa, por ejemplo, que en el segundo trimestre de este año, el PIB registró un crecimiento de 4,7 %, una caída de 0,6 % respecto al primer trimestre de 2024. “Aún es necesario fortalecer los cimientos para una recuperación y crecimiento sólidos”, se lee en el balance del Gobierno del primer semestre.
Un reciente análisis del Centro de Estudios Económicos ANIF resalta que otros indicadores también muestran ralentización. A saber, la tasa de expansión de la producción industrial pasó de 6,7 % en abril a 4,5 % en agosto, por debajo de la proyección de analistas, así como el mercado laboral evidenció un deterioro en agosto, al registrar un incremento de 0,1 % en la tasa de desempleo frente a 5,2 % registrado en julio, alejándose más del promedio histórico de los últimos 26 años (4,76 %).
Entre tanto, la balanza comercial china alcanzó los $649.300 millones de yuanes en superávit (es decir, vende al exterior más de lo que importa). Justamente, las exportaciones del gigante asiático han alcanzado máximos históricos en lo corrido del año. Sólo en agosto, el valor total de los envíos fue de $16.455,2 millones de yuanes, 6,9 % más que hace un año. Estas cifras tienen una explicación sencilla: desde hace tiempo China produce un tercio de los bienes manufacturados del mundo. Mucho más que Estados Unidos, Alemania, Japón o Corea del Sur.
Las cifras de exportaciones no sólo denotan la solidez del aparato industrial. En la otra cara de la moneda, los grandes volúmenes de envíos dan cuenta de un problema mayor: un débil consumo de los hogares que el Gobierno reconoce.
“La demanda interna efectiva sigue siendo insuficiente”, concluye el informe semestral del Estado.
Como lo explican expertos de ANIF, si bien la inflación de agosto se situó en 0,6 % (0,1 % más que en julio), el leve crecimiento en los precios fue producto de coyunturas en la oferta, como las altas temperaturas del verano y las lluvias en ciertas regiones. “Por su parte, la inflación núcleo, que excluye los alimentos y la energía, registró una variación anual de 0,3 %. Este resultado fue el más bajo desde marzo de 2021 y genera alertas sobre el fenómeno deflacionario que podría experimentar el país asiático”, afirman desde ANIF.
En caso de que el riesgo de deflación persista, el precio de los commodities a nivel mundial podría verse afectado por la baja demanda del país asiático, precisa ANIF, lo que a su vez se sentiría en los términos de intercambio de distintos países exportadores de productos como el petróleo, entre ellos, Colombia.
Aunque el consumo interno podría repuntar durante las vacaciones de la “semana dorada” en octubre (por las celebraciones de los 75 años de la República Popular China), el desbalance entre oferta y demanda es hoy el gran lastre de esta economía y el primer argumento de algunas voces en Occidente que hablan de una sobreproducción con perjuicios para las industrias locales de todo el mundo.
Tensiones comerciales
Desde China se piensa que la sobreproducción es una “narrativa” impulsada por Occidente y un chivo expiatorio para justificar la imposición de aranceles y otras medidas restrictivas.
Janet Yellen, secretaria del Tesoro de Estados Unidos, señaló en mayo de este año que en China hay una producción que, en algunas industrias, supera “significativamente” no sólo la demanda interna del gigante asiático, sino también lo que el mercado global puede soportar. Puntualmente, Yellen habla de excesos de producción en las industrias “verdes”, es decir, los vehículos eléctricos, baterías de litio y paneles solares.
Estos tres productos, precisamente, enmarcan un nuevo capítulo en la industria del gigante asiático, que quiere desmarcarse de los electrodomésticos, la ropa, muebles y otros productos que, por décadas, han mantenido calientes las calderas de las fábricas chinas.
Los reclamos de Estados Unidos, a los cuales también se ha sumado la Unión Europea, señalan que las empresas chinas venden sus productos a un precio más bajo que en el resto del mundo, ganando así una mayor cuota de mercado (lo que los expertos llaman un efecto dumping).
Para Camilo Defelipe Villa, profesor del Departamento de Relaciones Internacionales de la Universidad Javeriana, Occidente se está dando cuenta de que hay sectores, como los carros eléctricos, en los cuales le es muy difícil competir con China. “Por ello, están cerrando sus mercados a China. El problema es que si Occidente quiere competir con China le tocará moverse a la velocidad de ese país, algo muy difícil debido a las características de los sistemas políticos y económicos de Europa y Estados Unidos”, agrega.
A un lado de la balanza, China todavía depende de Estados Unidos y, hasta cierto punto, de Europa para lograr su autosuficiencia tecnológica; en el otro extremo, el gigante asiático avanza en la reconfiguración de su sistema productivo y en su meta de ser el mayor proveedor de tecnologías e inversión para la transición energética de terceros países.
“Será inevitable y menos costoso, pero políticamente incómodo, idear un tipo de cooperación económica en la cual cada parte pueda especializarse y liderar ciertas áreas productivas de la economía global”, estima Defelipe.
El plan
Con el sector inmobiliario en crisis y la caída de la firma Evergrande, se dice que China perdió uno de los motores de su economía. Para impulsar la demanda y brindar un impulso económico para lo que resta del año, el Banco Popular de China anunció hace unas semanas un plan de incentivos con medidas más agresivas.
El banco central tomó la decisión de disminuir su principal instrumento de política monetaria, la tasa de interés a mediano plazo, a 2 %, el nivel más bajo desde 2020. Una forma clásica de promover el endeudamiento y, con ello, el consumo.
Otras de las medidas del paquete de estímulos incluyen reducciones en las tasas de los préstamos hipotecarios, disminución del 15 % en la cuota mínima para la compra de vivienda y una reducción en el encaje bancario. En la misma línea, el mercado anticipa una reducción adicional en los tipos de interés por parte del banco central en los próximos meses del año.
Y, en el frente fiscal, analistas de ANIF anticipan transferencias monetarias hacia los hogares, así como alivios en las tasas impositivas de algunos bienes de consumo.
Así las cosas, el mejor desempeño económico de China aún no llega. Un país que, en su historia reciente, demostró cómo el comercio puede sacar a millones de personas de la pobreza, hoy tiene ante sí desafíos como las tendencias al proteccionismo y a la fragmentación de la economía mundial.
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