Frédéric Chopin: el poeta del piano
El 17 de octubre de 1849, hace 175 años, murió Frédéric Chopin. Físicamente débil y mentalmente genio, hizo del piano la melodía del universo a cambio de amores que lo desgastaron, del exilio y la enfermedad. Fue un sacrificio continuo que descompuso su alma, mientras su música se hizo cada vez más fuerte. Esta fue la historia de una vida marcada por el ritmo que dictó el eco del universo.
Mazurka fue la última canción de Frédéric Chopin, cuando su relación con Amandine Duvant y su salud se deterioraban. Es una desoladora perspectiva lírica del morir, un deslizamiento hacia lo plano, hacia aquello que no se tiene, que también es llamado “dolor”. Si a Chopin se le llama “el poeta del piano”, es porque, en medio del amor, el exilio y la enfermedad, fue capaz de aprehender el eco proveniente de la melodía del universo.
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Mazurka fue la última canción de Frédéric Chopin, cuando su relación con Amandine Duvant y su salud se deterioraban. Es una desoladora perspectiva lírica del morir, un deslizamiento hacia lo plano, hacia aquello que no se tiene, que también es llamado “dolor”. Si a Chopin se le llama “el poeta del piano”, es porque, en medio del amor, el exilio y la enfermedad, fue capaz de aprehender el eco proveniente de la melodía del universo.
Con Nocturno primero fue el amor tempestuoso y absorbente. En 1830, cuando Chopin estaba en sus primeros veinte años, compuso una melodía que evoca una imagen del corazón pacífica y plena. Nocturno es el estado de amor puro que nació gracias a Konstancja Gladkowska, de quien Chopin estaba enamorado. Juntos presentaron una pieza de La donna del lago, ópera de Rossini que tuvo mucho éxito. Lo más seguro es que Chopin hubiese sentido una conexión casi onírica con su primer amor, que llegó a enceguecerlo, como Konstancja misma se quedó en 1845. Pero se sabe que ese amor nunca es el que perdura. Su misión es la de abrir puertas, dar coraje, regalar constancia y, sobre todo, aceptación.
En el caso de Chopin, tuvo que aceptar la pérdida de su primer amor y, junto con él, la de su madre patria. A finales de 1830, viajó a Viena. Poco después, el 29 de noviembre de 1830, estalló el Levantamiento de Noviembre en Varsovia, una rebelión armada en contra del dominio ruso. Diez meses después, los alborotadores fueron aplastados por el Ejército ruso en la batalla de Varsovia, mientras Chopin estaba en Stuttgart.
Revolucionario, Heroico y Tristesse fueron composiciones que resultaron de los sentimientos de Chopin por su país natal. Las dos primeras están hechas de fuerza, majestuosidad y una audacia descarada. De hecho, en Heroico se puede sentir un poder y una persuasión difíciles de imaginar que provengan de un solo piano, como si todo el poder invisible de la nación polaca estuviera detrás. Por su parte, Tristesse es la certeza de que nunca volverá a Polonia. La melodía retrata una nostalgia infinita. Chopin estuvo fuera durante todo el tiempo de la insurrección y decidió no volver, quizá porque compartía los sentimientos de los rebeldes. Este exilio autoimpuesto y esta canción fueron una forma de quemar a Polonia en su corazón. Se rumorea que él mismo dijo que nunca había compuesto una melodía tan hermosa. La tristeza lo redujo y a partes iguales le dio el poder de escuchar más profundamente el eco de un país que se caía.
Empero, Chopin decidió vivir a pesar de la congoja. Si el compositor fue popular en vida fue porque supo llenar salones y hacer bailar a la sociedad. Grande valse brillante es quizás el mejor ejemplo de la practicidad de Chopin. Es una obra maestra que refleja el ambiente de Viena y París, y que probablemente llenó el aire festivo por años. Sin embargo, se dice que, al final de cada presentación en salones y fiestas, Chopin se encerraba en su habitación a tocar el piano de manera furiosa y frenética.
George Sand fue quien lo sacó de la monotonía de los cristales, risas y saludos protocolarios de los salones. Nacida como Amandine Lucie Duvant, en 1831 había dejado a su esposo y entrado en una “rebelión romántica”, debido a la infelicidad y el desencanto. En París, se formó en varias actividades hasta encontrar en la literatura la fama, irónicamente, a través de novelas románticas. Cuando Chopin la conoció, le preguntó a Ferdinand Hiller: “¿Es eso una mujer verdadera?” (Claro que él nunca supo que Sand, a su vez, le había preguntado a madame Marliani: “¿Ese señor Chopin es una niña?”). Vestía pantalones, fumaba cigarrillos, su pseudónimo era masculino. Todo en ella era indomable. ¿Por qué vestir de forma femenina, cuando los pantalones eran más baratos y cómodos? ¿Por qué obedecer a la policía, si sus razones de salud, ocupacionales y recreativas para vestir largos vestidos solo confirmaban estereotipos vacíos? ¿Por qué no actuar como un hombre, si así podía entrar a lugares excluidos para las mujeres?
A pesar del rechazo inicial, tal vez esa misma independencia salvaje fue lo que atrajo a Frédéric Chopin y el afecto fue mutuo. La relación entre el músico y la escritora famosa fue el chisme social durante un tiempo, hasta que Chopin enfermó gravemente. En 1838, Sand se lo llevó a Mallorca, esperando que un clima más benigno lo mejorara. Cuando Chopin pensó que su salud mejoraría, el lugar entró en su época de lluvias, y tuvo una gripe que fue el principio de la tuberculosis. Su arrendador los echó, temiendo el contagio, así que luego se dirigieron a un monasterio.
La lluvia seguía cayendo afuera. Chopin no mejoraba. La lluvia seguía y seguía, hasta que las gotas se mezclaron para componer un ritmo lúgubre. Así fue como Gotas de lluvia nació en un monasterio de Valldemossa.
El principio del fin de Chopin estuvo marcado por Lucrezia Floriani, una novela de Sand en la que se transformó a ella y a Chopin en Lucrezia y Karol: ella, famosa actriz italiana, se retira al campo para criar a sus hijos, conoce a un adolescente dulce y sensible, que se enamora de ella y comienza un romance en el que cuida a Karol como a un “gatito enfermo” y sufre por su difícil carácter, que padece celotipia.
“Que Dios la guíe y la proteja”, “ya no nos vemos desde hace tiempo, sin que haya habido entre nosotros ninguna batalla, ninguna escena”. El corazón de Chopin se marchitó, así como su vida, que finalizó el 17 de octubre de 1849.
Amor, exilio, enfermedad..., la poesía de Frédéric Chopin surgió de una melancolía constante que permeó toda su vida, y quizá la composición que mejor resumió el alma del compositor fue la balada de la que dijo que era su “trabajo más querido”. La Balada n.° 1 en sol menor, op. 23 no es un simple pesar, es un sonido profundo y calmado con un rico timbre. Es dulce como un susurro, suave y triste a la vez. Es primero la calma de haber conocido el amor; es la certeza de que se seguirá viviendo mientras aquel amor subsista. Es la necesidad de que la poesía siempre llegue al alma del objeto del deseo. Es una oración elevada al cielo para que ninguna desgracia se interponga. Son dos almas danzantes. Es también un adiós desesperado, el deseo de que la poesía nunca muera y, por último, es la aceptación del fin. Es el recibimiento de la muerte con lágrimas en los ojos. Es un recorrido por la vida de quien hizo de la melodía del universo música.