El festival que unió al mundo con el legado tolimense
Este año, el Ibagué Festival “La diáspora musical del Tolima”, reunió a 160 artistas de la región y del mundo, que celebró la herencia musical de este departamento.
Diana Camila Eslava
Cuentan que fue un conde francés en 1866 quien le otorgó el título de “capital musical de Colombia y América” a Ibagué. Y es común escuchar esa anécdota hasta el día de hoy para subrayar la relevancia musical de la capital del Tolima.
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Cuentan que fue un conde francés en 1866 quien le otorgó el título de “capital musical de Colombia y América” a Ibagué. Y es común escuchar esa anécdota hasta el día de hoy para subrayar la relevancia musical de la capital del Tolima.
Estudios más recientes han analizado con mayor detenimiento la historia de este relato del siglo XIX y de la ciudad, para rastrear los orígenes de los cómos y los porqués de esta herencia. Tal parece que el explorador francés no utilizó exactamente las palabras “capital musical”, pero sí consignó en su diario de viajes las impresiones que la comunidad campesina, negra e indígena le provocaron cuando interpretaban bambucos y pasillos en medio de sus jornales.
Los bailes y las batucadas fueron otras manifestaciones que llamaron su atención, y aunque en su texto hubo espacio para la crítica, según el historiador Álvaro Cuartas Coymay en su libro “El Conde de Gabriac en Ibagué”, el viajero también reseñó en sus páginas el entusiasmo de los locales: “En Ibagué les encanta la música y los aficionados, los artistas y los virtuosos, enamorados o mendigos se pasean juntos y tocan bajo las ventanas de sus hermosas, como en los viejos tiempos”.
Más allá del mito, la historia musical de Ibagué y del Tolima se construyó a partir del compromiso de sus habitantes con la especialización y el apoyo a sus artistas. El Conservatorio del Tolima, fundado en 1906, desempeñó un papel significativo en esta trayectoria. Hoy en día, la institución no solo enseña música clásica o tradicional, sino que también se adaptó para incluir una amplia gama de géneros y disciplinas musicales, como las que los asistentes al Ibagué Festival pudimos disfrutar durante sus cuatro días de celebración.
La edición de este año, titulada “La diáspora musical del Tolima”, reunió a 160 artistas originarios de la región y de diversas partes del mundo. Según Alejandro Mantilla, director artístico del festival, el objetivo era el de aprovechar el talento disperso en Colombia y el extranjero: “Los músicos tolimenses de esta diáspora están dispuestos a aportar sus saberes y aprendizajes, madurados en otras latitudes, para cualificar su región de origen, transfiriendo sus experiencias a las nuevas generaciones”, afirmó.
El panóptico de Ibagué, aquel que fue una cárcel desde 1905 hasta el 2003 y hoy es un museo sobre la historia del departamento, fue el epicentro de la celebración. Allí se llevó a cabo la inauguración del festival con dos conciertos que supieron contrastar y recoger el espíritu de su quinta edición. Primero se presentaron los New Orleans Jazz Vipers en medio de lo que parecía una tranquila jornada para los asistentes que los esperaban desde poco antes de las siete de la noche del jueves.
Su repertorio incluyó clásicos del jazz de Fats Waller, Harold Arlen, Duke Ellington o Count Basie, y entre aplausos y una creciente agitación entre una multitud que no habían podido entrar al Panóptico, la banda liderada por Joe Braun en el saxofón alto se despidió.
Luego subieron al escenario los músicos del Conservatorio del Tolima y del Conservatorio de Ibagué para acompañar las canciones de Santiago Cruz, ante un público visiblemente emocionado. Las vallas, que en un principio separaban a los asistentes que habían llegado más temprano, y se encontraban ya en sus sillas, no fueron un obstáculo para los fanáticos que se acomodaron en cada rincón posible alrededor del escenario.
Cruz aprovechó cada pausa entre canciones para compartir anécdotas sobre su tierra, sus composiciones y la música. También hizo bromas sobre la presencia de “sus barras bravas”, los fanáticos que, desde las calles, insistentemente persistieron hasta encontrar un rincón desde donde verlo.
El segundo día del festival el evento reunió a tres agrupaciones de música urbana, y Afro fresh, el grupo de dance hall y afrobeat, se encargó de abrir la noche en compañía del Dj Diego Jiménez, el guitarrista Johann Villamil y la corista Daniela Nannetti; luego los siguió Phonoclórica, con su fusión de sonidos caribeños y pacíficos, al son de una marimba de chonta y beats electrónicos. Y como era de esperarse, la llegada de La Etnnia reventó los ánimos de los fanáticos con “los decanos del rap” cantando “Raíces”, “Malvado instinto”, “Malicia Indígena”, un mix de “Criminología” y “Real” su canción de despedida.
En su tercer día, el festival se trasladó al Conservatorio del Tolima, donde el dúo de músicos Eleni Katz en el fagot y Evren Ozel en el piano, iniciaron con la “Pieza en forma de Habanera” de Maurice Ravel, originalmente una canción compuesta para bajo y piano, según el musicólogo Sebastián Wanumen. Además, sorprendieron con una versión del “Tango Etude” de Piazzolla, en donde el fagot hizo las veces de bandoneón.
Y mientras todo esto ocurría, el festival también se trasladó a las calles y a los teatros. Hubo ocho conciertos gratuitos en los barrios de Ibagué y una proyección de cine silente acompañada de música en vivo. El Cuarteto Hermès de Francia presentó el Cuarteto de cuerdas No. 12 en fa mayor del checo Antonín Dvořák. Y, se rindió un homenaje al maestro César Augusto Zambrano, quien recientemente recibió el Doctorado Honoris Causa en Ciencias de la Educación por la Universidad del Tolima, en reconocimiento a su labor como director del Coro y la Orquesta Sinfónica de la institución.
La integración de artistas locales, internacionales y de la diáspora musical resaltó como Ibagué, en su diálogo entre pasado y presente, sigue siendo merecedor de su título de “capital musical de Colombia”. El festival no solo evocó la herencia de la ciudad, sino que también reveló un panorama sonoro en transformación.