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El cine fue su primer amor y su gran decepción. La obsesión de Andrés Platarrueda por proyectar en la pantalla grande la vida de sus coterráneos empezó, en 1948, cuando trabajaba como taquillero del teatro Renacimiento, el único existente por aquellos tiempos en Suaita, Santander.
Esta afición llevó a que Platarrueda se convirtiera en el autor de una película, Noticiero suaitano, que hoy es patrimonio fílmico de la nación.
Para llevar a cabo sus planes no le importó endeudarse en $3.000, con tal de comprarse una cámara filmadora, tres lentes y un rollo para empezar a rodar su sueño. Entre Platarrueda y el cine no podía existir una ‘simple’ suma, como la equivalente para la época a un Volkswagen.
De su éxito dependería si conseguía o no el pasaporte para llegar a Irene, una mujer que conoció en la inauguración del teatro. Ese día surgió un amor a primera vista, que sólo ocurría entre príncipes y vasallas de los cuentos animados de Disney que allí eran proyectados.
Así que decidió viajar a Bogotá a negociar un aparato que ni siquiera sabía utilizar. “Logré sacarla financiada y sé que vivía colgado por la cuota que pagué por más de 20 años. Y esta es la hora en que no sé si estoy a paz y salvo con el almacén”, recuerda Platarrueda, 60 años después, y se ríe a coro con Irene, su esposa, como si se tratara de una pilatuna de hace cinco años.
Quince días después del fatídico 9 de abril de 1948, Andrés Platarrueda regresaba de Bogotá a Suaita. Al pisar su tierra, fue citado ante el comisario, el alcalde y los hombres más notables de ese pueblo. Los suaitanos necesitaban que alguien les narrara cómo había ocurrido la muerte de Jorge Eliécer Gaitán.
Ese momento lo aprovechó para contar su deseo de hacer el Noticiero suaitano, un programa periodístico en formato de cine que relataría los acontecimientos de este pueblo, lo cual fue recibido con júbilo por los que estaban presentes porque, a finales de la década de los cuarenta, Suaita era un pueblo sin cronistas. A esta población santandereana las noticias llegaban errantes en boca de la chusma revoltosa o los godos recalcitrantes y el progreso industrial que vivía, pasaba inadvertido entre tanta noticia de guerra y violencia.
De esa reunión, Platarrueda salió rumbo a su primer cubrimiento: el paseo de olla que organizaron sus amigos Jaime Durán y Carlos Mosquera, en el que utilizó por completo la capacidad de su primer rollo. “Cuando terminé la grabación, corrí a poner el rollo en la oficina de correos rumbo a Bogotá para que allá lo revelaran”.
Pero el rollo se extravió y sólo en 1954 Andrés Platarrueda pudo proyectar en cine la primera edición del Noticiero suaitano, el cual tuvo 20 en total, que él compiló en una película de 60 minutos.
La construcción de la iglesia, la inauguración de una carretera que comunicaría a Vado Real con Oiba y Barbosa, la solemne procesión del Viernes Santo y de la Inmaculada Virgen de Fátima, la primera y única sesión del Consejo de Gobierno en la que estuvo presente el presidente del país en ese entonces, Gustavo Rojas Pinilla, y la apertura del primer laboratorio de rayos X son los acontecimientos más importantes que Platarrueda filmó con su cámara durante un año.
Para patrocinar la compra de sus rollos, la gente le colaboraba pagando 60 centavos más de lo que costaba la boleta para ir a ver cine. Pero al cabo de un año, los habitantes se cansaron de verse a sí mismos en el séptimo arte y dejaron de cancelar el excedente.
Entonces, Platarrueda no pudo seguir patrocinando la compra de los rollos que, en ese entonces, costaban $50 cada uno. Este fue el fin de su sueño: no habría una nueva edición del Noticiero suaitano, desengaño que lo llevó a abandonar Suaita para ganarse la vida como fotógrafo en Bucaramanga. Sin embargo, Platarrueda ya había ganado: Irene era su esposa.
El dolor más grande que le pudo provocar a Platarrueda su afición al cine fue el día en el que se dio cuenta de que su película se empezaba a deteriorar y que parte de las imágenes se convertían en un manchón en la pantalla.
Entonces, por el amor que le tuvo, decidió desprenderse de ella y darla en comodato a la Fundación Patrimonio Fílmico Colombiano.
“Lo único que me queda es la satisfacción de que yo filmé lo que pasaba desapercibido en el pueblo, por eso en la película no hay gente posando, todos siguieron viviendo su propia obra de teatro”.