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El secreto detrás de la pared

Max Salomon, documentalista, hace un recuento de las aventuras del científico Maurizio Seracini.

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Angélica Gallón Salazar
17 de marzo de 2012 - 09:00 p. m.
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Todos se marchaban, pero la cámara seguía encendida. Treinta y seis años de búsquedas e investigaciones parecían llegar parcialmente a su final. El grupo recogía los equipos científicos, también los de la producción documental que se habían posado por unos meses en el Salón de los Quinientos, del Palazzo Vecchio de Florencia, en donde varios científicos habían puesto sus esperanzas de encontrar el tesoro perdido de Leonardo da Vinci.

En medio del desorden y de la atmósfera desoladora que inundaba la sala, el lente de la cámara de video no desamparaba a Maurizio Seracini, el científico líder de la investigación. La cámara lo perseguía como si estuviera expectante de capturar ese gesto que declarara un definitivo final. “Estábamos filmando cuando vimos que Seracini se sentó en frente a la pared y tomó con actitud derrotista el endoscopio —recuerda Max Salomon—. Desde el otro lado de la sala lo veíamos mirar con atención por el agujero, cuando de repente fuimos testigos de su sobresalto y lo oímos gritar. Nos dijo: ‘¡vengan, vengan a ver esto! ¿Qué les parece que pueda ser esto?’, nos preguntó y todos pensamos: parece pintura. Si era pintura, si había pigmentos detrás de esa pared, existía entonces la posibilidad de que la extraviada pintura de La batalla de Anghiari estuviera ahí escondida, como lo había sospechado Seracini”. Salomon es el premiado realizador de documentales de National Geographic que se había embarcado con la comitiva científica en la pesquisa de la obra de arte más grande del genio del siglo XVI. Con su cámara fue testigo de cómo una pista fundamental se insinuaba para desvelar el misterio.

Sin importar el escepticismo de muchos, que incluso ponían en duda que Da Vinci alguna vez hubiera pintado la mítica pieza, y después de lograr el permiso del alcalde de Florencia, el científico Maurizio Seracini llegó al Salón de los Quinientos, a donde, según varios historiadores, Miguel Ángel Buonarroti y su rival, Leonardo da Vinci, fueron convocados en 1505 para pintar en sus paredes escenas de victorias militares florentinas.

Miguel Ángel sólo alcanzó a esbozar su escena cuando fue repentinamente solicitado en Roma para pintar la Capilla Sixtina. Leonardo da Vinci, por su parte, logró concluir su imagen central, que alcanzó un estimado de 7 metros de alto y 17 de largo, pero luego abandonó la empresa una vez que sus exploraciones para hacer pigmentos a base de yeso mezclado con cera y aceite de linóleo le parecieron un fracaso. La pintura no se adhería bien a la pared y se descascaraba.

La sala estuvo así, entre pinturas a medio terminar, hasta 1563, cuando Giorgio Vasari pintó La batalla de Scannagallo. “Pero lo que siempre se rumoró fue que Vasari, que había sido un gran admirador de Da Vinci, había decidió no destruir su obra sino conservarla de alguna forma y pintar sobre ella”, explica el documentalista, quien acompañó en calidad de reportero al científico obsesionado con encontrar tras las paredes del salón esos trazos escondidos, nunca vistos, de Da Vinci.

Con el uso de tecnología endoscópica, el investigador, que en la década de los setenta notó las palabras cerca trova —“el que busca encuentra”— pintadas en el fresco de Vasari y creyó que ésa era una clave para resolver el misterio, pudo mirar detrás del mural y obtener muestras para ser analizadas. “Para recoger la muestra se consiguieron los permisos para hacer seis agujeros de cuatro centímetros en algunas zonas restauradas de la obra de Vasari. Fue muy emocionante poder capturar con la cámara toda la pasión del equipo por acercarse unos pasos a sus hallazgos”, explica Salomon; sin embargo recuerda toda la polémica que rodeó a esta operación, incluyendo cartas del Louvre, la National Gallery y el Metropolitan de Nueva York abogando por que no se dañara la integridad de una pieza valiosa como la de Vasari sólo para comprobar una difícil hipótesis.

Por el contrario, los agujeros fueron determinantes para que Seracini llegara a cuatro pruebas importantes que parecen acercarlo a su intuición. Las dos más relevantes: que el material hallado detrás del mural de Vasari tiene una composición química similar al pigmento negro hallado en los barnices marrones de La Gioconda y San Juan Bautista, y que hay un espacio entre la pared de ladrillos en la que Vasari pintó su mural y la pared ubicada detrás.

“No es necesario hablar de las conclusiones de esta investigación. Mi cámara no estaba ahí para saber si había o no un tesoro escondido entre ladrillos y viejas pinturas. Estaba más bien siendo testigo de una pasión que ha motivado tanto a unos científicos que durante 36 años han insistido en encontrar esa pieza de arte”, dice Max Salomon, quien casi por estrategia decide no adelantar el desenlace de su documental El Da Vinci perdido, que será presentado hoy, en el canal Nat Geo, a las 11 de la noche.

Por Angélica Gallón Salazar

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