Gabriela Parra Gómez: Escribir poesía para castigar al mundo
Presentamos una reseña y un diálogo con Gabriela Parra Gómez, que publicó y presentará hoy en la Fiesta del Libro “Un vientre para las caracolas”, su nuevo poemario.
Andrés Osorio Guillott
La importancia de la suma de las voces. Siempre será un motivo de celebración encontrar nuevos autores, nuevas miradas del mundo que se congreguen en el arte, en la literatura, en la poesía, en este caso. En el marco de la Fiesta del Libro de Medellín, Gabriela Parra presentará su libro “Un vientre para las caracolas”, un poemario en el que la feminidad sobresale sobre otros temas como la idea de Dios, la cotidianidad de un hogar y el hambre.
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La importancia de la suma de las voces. Siempre será un motivo de celebración encontrar nuevos autores, nuevas miradas del mundo que se congreguen en el arte, en la literatura, en la poesía, en este caso. En el marco de la Fiesta del Libro de Medellín, Gabriela Parra presentará su libro “Un vientre para las caracolas”, un poemario en el que la feminidad sobresale sobre otros temas como la idea de Dios, la cotidianidad de un hogar y el hambre.
Quizá la relación con su mamá explica el origen y las obsesiones de Gabriela Parra con la literatura. Aunque no es solo ella, pues también menciona a sus amigas y su familia. Todo empezó con el tiempo en el que su madre le enseñó a leer y las noches en las que, contrario a los cuentos y las películas, era Gabriela quien leía antes de dormir. “En ese juego me introdujo en los mitos griegos, en la Biblia, en los hermanos Grimm, siempre leyendo yo en voz alta. Claro que soñé en algún momento con ser ingeniera civil, antropóloga forense, diseñadora de interiores. Pero cuando en el colegio llegué a 11 me di cuenta de que lo único que disfrutaba de sobre manera era leer. Sentía que era lo único que sabía hacer. Ya había gozado leer sagas juveniles y terminé pasando el puente para leer a Fitzgerald y Joyce. Por eso cuando por error me dieron una publicidad de la UPB Medellín y leí ‘Estudios literarios” le dije a mi mamá “esto es lo que yo quiero’”, dijo Parra.
La poesía, con su carácter espiritual, llega cuando tiene que llegar. Parra confiesa que durante mucho tiempo “la odió”, de manera que su relación no es “idílica”, pero que su construcción tuvo dos momentos que considera claves, uno fue el que vivió con un amigo que leía poesía para ella, que siempre le compartió algún poema y de ahí algo quedó; el segundo instante fue cuando una profesora leyó “Elogio del autodesprecio”, un poema que ella confiesa que la hizo llorar. “. Desde ahí comencé a leer más, conocí varias autoras que me tocaron mucho, en especial Tania Ganintsky o autores como Rómulo Bustos Aguirre. Finalmente, en una ida al psicoanalista, no pude responder una pregunta sobre mi infancia y mi sexualidad y terminé escribiendo un poema sobre eso para poder expresarlo. Eso desbocó en un poemario completo”, comentó Parra.
En uno de los últimos poemas del libro se lee “Escribo poesía / para castigar al mundo”. Versos que resuenan porque entonces la fuerza que pueda llegar a tener la poesía en este caso sigue golpeando, pero parece incomodar más que dar el refugio que muchas veces se busca. “Aunque lo piense mucho, solo llega a mi mente la imagen de la planta ‘ojo de poeta’. Eso es una plaga, es una “especie invasora”. Y pienso que no es gratuito su nombre, que realmente somos una molestia, una incomodidad. Que el proponer, nombrar o decir, es problemático. Que no a todo mundo le gusta y que finalmente solo quedan las palabras para desquitarse con todo”.
Hablemos del libro, de conceptos o ideas que son recurrentes en él: empecemos por la idea de Dios y de la forma en que se enuncia, ¿por qué es un concepto o una idea para explorar en su obra?
Creo que Dios en el libro no tiene nada que ver con mis creencias religiosas, sino con mi abuela y la construcción que he hecho de ella y mi mamá a partir de lo religioso. Mi familia es muy católica y eso implica crecer no solo en el dogma, sino en una manera muy particular de habitar el mundo. Escucharlas decir que “uno tiene que cargar con su propia cruz” o recitar la oración de San Francisco de Asís “Que no busque ser amado, sino amar” marca la infancia y la mirada sobre las cosas.
También en un punto del poemario, Dios es el foco de unos reclamos específicos, por las violencias a la mujer justificadas desde lo religioso, por la manera en la que lo femenino todo el tiempo está en la mira de lo “divino” y al mismo tiempo linda con ello. Creo que todo eso parte de mi comprensión de la narrativa que se ha creado alrededor de lo femenino desde los mitos originarios, los relatos de desprestigio, las sexualizaciones y todo el lenguaje que implica existir mujer.
También se menciona en algunas ocasiones el hambre… ¿Por qué?
Creo que no lo había notado. Fue algo muy fortuito. Pero ahora que pienso sobre ello viene a mí este planteamiento sobre el desarrollo infantil (confieso que uno de mis gustos es estudiar cosas de pedagogía y primera infancia) donde el lenguaje aparece a partir de la ausencia, como el grito “mamá” parte de una necesidad. Es el hambre, no solo de comida, el que nos lleva a enunciar el mundo. El hambre significa la ausencia, significa estar vivos. Creo que esa idea del hambre me hace sentir supremamente humana.
La feminidad también parece ser un tema que le interesa, aunque pueda parecer obvia la pregunta, quiero preguntar por este tema y por la forma en que lo aborda desde el símbolo que representa hasta sus distintas relaciones con el mundo (la suya con el mundo, la maternidad, entre otras)
La verdad me parece un tema muy delicado, a pesar de que haya escrito un libro al respecto. Es demasiado complejo, como siempre digo, en el poemario no está solo mi visión de lo femenino sino un lenguaje que le escuché a mis amigas, a mis compañeras, a mi mamá y familia, es todo un campo semántico, un decir compartido. Yo parto de las preguntas que plantea la feminidad, no desde las respuestas. Es decir, el poemario plantea son rutas para empezar a caminar y conversar sobre esas experiencias que compartimos, desde lo femenino, como sujetos menstruantes, como posibles madres, como madres, como personas que no maternan…
También me gusta pensar en cómo nos hablamos las unas a las otras siendo mujeres y que implica que nos hablemos desde nuestra feminidad, nuestros dolores, heridas, saberes. La feminidad en el libro es diálogo y una invitación a nombrarnos siempre con las otras.
¿A qué cree que se debe esa relación tan estrecha entre la poesía y la infancia?
Pues si nos vamos a una experiencia muy teórica, creo que es una relación que se da desde que emprendemos el aprendizaje de la lecto-escritura. Para mí, lo poético parte del estiramiento, del descoloque del lenguaje y eso sucede desde el momento en que comenzamos a relacionar el significado con su significante. En mi caso, creo que el proceso Psicoanalítico me llevó a ese momento, a comprender como había construido mi mundo desde el lenguaje y eso solo pudo desembocar en símbolo, en poesía. No había otra manera de reconstruirme que no fuera jugar como des-nombrar y nombrar el mundo.
¿Por qué el título del libro?
Tengo dos posibles respuestas para esto 1. Mientras iba en el bus pensé en las babosas de Fátima Vélez y comencé a rebuscar en mi imaginario animales babosos, hasta que aparece una niña con un maletín con una caracolita y dije, ahí está, las cárcolas y su vientre. 2. Escribiendo uno de los poemas pensé en la imposibilidad de parir y eso me llevó a investigar sobre los sistemas de reproducción animal para terminar leyendo sobre los caracoles y queriéndoles donar mi vientre. Pueden escoger la versión que más les guste.
“Cuando no hubo más que lavar / extendimos uno a uno / los odios / en ganchos de ropa”. ¿Podríamos hablar de estos versos y de la presencia del odio y su relación con los silencios que se mencionan en el poema “La cuerda del zaguán?”.
Esta es una pregunta muy fuerte. Sin ahondar mucho, creo que la relación madre/padre hijo, o cuidador/menor de edad, es un juego de silencios. Es una conversación entre los miedos viejos y los primeros miedos del otro. Eso implica que muchas veces el temor lleve a la acusación y eso al reproche. Eso no siempre se manifiesta en el lenguaje, sino en la vida misma. Por eso están colgados en la cuerda del Zaguán.
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