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Gotardo Reina, el ángel oscuro de los desaparecidos

A través de sus novelas negras, el escritor bogotano Felipe Agudelo Tenorio no crea solo un detective, crea un referente que es capaz de explicar el mundo actual de las ciudades.

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Zeuxis Vargas * / Especial para El Espectador
07 de diciembre de 2021 - 03:23 p. m.
Felipe Agudelo Tenorio ha sido capaz de concentrar todas las visiones del género creando un personaje verosímil que se aleja por completo de lo caricaturesco.
Felipe Agudelo Tenorio ha sido capaz de concentrar todas las visiones del género creando un personaje verosímil que se aleja por completo de lo caricaturesco.
Foto: Foto de Jorge Mario Múnera, cortesía Grupo Planeta
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Sin lugar a dudas un gran frente de lo mejor de la literatura colombiana actual, hablo de aquella escrita a finales del siglo XX y toda la que se ha escrito durante este siglo, debe su inventiva, su corriente y su logro editorial y comercial, al gran Hernán Hoyos. Escritores como Santiago Gamboa, Mario Mendoza, John Saldarriaga, Nahum Montt, Juan Sebastián Gaviria, Luis González, Andrés Felipe Solano, Laura Restrepo, Pablo Montoya, Sergio Álvarez, entre tantos otros, ha incursionado en el género del crimen estableciendo así una conexión ineludible con una tradición completamente apartada de Gabriel García Márquez. (Recomendamos: El escritor austriaco Erich Hackl y su opinión sobre “Conjuro contra el olvido”, trilogía de la autora colombiana Marbel Sandoval).

Con esto quiero arriesgarme a decir que la actual novela colombiana es más hija de Hernán Hoyos, Germán Espinosa, Octavio Escobar Giraldo, Gonzalo España, Óscar Collazos y Armando Romero que de Gabo, Mutis, y Moreno Durán.

La razón de esta mutación narrativa que abandona por completo el realismo mágico y se compromete con un realismo crudo o hiperrealista, se debe a un fenómeno social que hace que Colombia ponga una mayor atención histórica en sus urbes que en sus provincias.

Lo urbano, ese mundo de concreto repleto de progreso y tecnología, de consumo y aceleración neurótica, trasforma la forma de comprender nuestra historia y cultura y demanda por parte del escritor una nueva representación de escritura. Al instaurarse este estilo, el narcotráfico remplazará a la violencia rural, las guerrillas pasarán a ser borradas por el sicariato, la miseria o por los cinturones de miseria repletos de desplazados, revistiendo el mirador de la geografía nacional con un nuevo paisaje político-cultural.

Este nuevo mundo que necesita ser narrado, ya no puede caracterizarse desde un o unos héroes que proclaman la búsqueda de una conciencia social o que se ven inmiscuidos en un una serie de eventos inesperados y edénicos a veces trágicos y otras cómicos, sino que es necesaria la creación de un personaje o un entramado narrativo que sean capaces de radiografiar las cloacas de esa nueva cosmovisión que es la metrópoli.

La novela entonces sirve a otros propósitos que en esta ocasión se ven representados por una necesidad inevitable por entender la alteración del hombre dentro de ese laberinto asfaltado. Ya no se trata de una visión existencialista o mágica, sino de una denuncia completamente nihilista, vacía, que intenta dar cuenta de su propia inutilidad, o de esa serie de equivocaciones que justifican ya no su vida sino la historia de toda la nación.

Felipe Agudelo Tenorio, ha sido capaz de concentrar todas las visiones del género creando un personaje verosímil que se aleja por completo del caricaturesco 008 Jaime Abondano, pero del que lleva su adn. Gotardo Reina es de esos tipos duros que dibujaron Barnet, Chandler, Goodis o Hammett y que supieron caracterizar la cara sucia de los Estados Unidos sin rodeos ni arrepentimientos. Reina, además es un detective privado al estilo Hardboiled que traza una delgada línea entre lo delirante y lo metafísico.

El morenazo Gotardo, con herencia alemana es un solitario empedernido que habla con su gata y vive monologando sobre la condición humana. Estos son rasgos prestados, por un lado de Opio en las nubes o Truman Capote o William Carlos Williams y por el otro, de lo mejor de la detectivesca metafísica creada por Auster con Ciudad de cristal y empaquetada como producto tras completar la trilogía de Nueva York, sin embargo dichos atributos volcados en un negro colombiano de casi dos metros dedicado a la búsqueda de mujeres desaparecidas, consiguen el establecimiento del héroe trágico por excelencia.

Gotardo es un hombre que ha perdido a su hermana, este hecho se configura en su hamatrhia; en el defecto que constituye su caída en la vida marginal que lo lanzará a su profesión: detective privado. Peripecia que hará de él, el forense de ese cadáver que es la ciudad y que será su principal anagnórisis.

Felipe no crea un detective, crea un referente que es capaz de explicar el mundo actual de las ciudades. A través de Reina -su recurso-, Agudelo Tenorio disecciona, no los crímenes, sino las pústulas morales y éticas que han ido pudriendo el mundo contemporáneo.

Dos son las novelas que lleva protagonizando Gotardo Reina, en una, la desaparición de alguien inevitable, le sirve para ir tras los patrones que dan cuenta del comportamiento de toda una sociedad. Búsqueda incesante, primer título de las muchas novelas que quizás protagonizará Gotardo, más que ser la inauguración de su narrativa detectivesca, es una novela que hace una radiografía desmedida de una sociedad Bogotana y de una Bogotá futura.

Por su lado, Murallas infinitas, segundo volumen de la serie, más allá de los intríngulis sadomasoquistas que trae consigo la trata de blancas, nos adentra en los misterios de un hombre que va asumiendo los conceptos de reproducción y amor, como mecanismos nucleares del gran motor que hace ronronear el universo.

Felipe Agudelo Tenorio, ha logrado convertir, en Colombia, el género del crimen en una narrativa exigente de arte mayor. Piglia y Saer solían decir que uno de los grandes errores de las novelas policiacas actuales era que dilataban lo obvio y lo esencial en un millar de páginas que bien podían resumirse en doscientas. Estoy de acuerdo con esa afirmación, pero en esta ocasión debo disentir y confesar que a las obras de Felipe Agudelo Tenorio no les sobra nada.

Dicho esto, los invito a que se sumerjan en el mundo de este ángel asuro custodio de esa niebla que nos corroe en las ciudades, heredero del gran Hernán Hoyos. Estoy completamente convencido que no se arrepentirán.

Tierradentro, Cauca, 2021

* Se publica por cortesía de Planeta Grupo Editorial.

Por Zeuxis Vargas * / Especial para El Espectador

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