La canoa americana y la penetración europea del nuevo mundo
La poderosa tecnología naval de los europeos resultó inútil a la hora de navegar los ríos americanos. Sin la canoa americana y los conocimientos de los nativos, no habría sido posible la conquista del Nuevo Mundo.
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Las narraciones de los cronistas europeos que describen la conquista cristiana de América acompañaron sus textos con algunas pocas imágenes de regular calidad. El grabador flamenco Teodoro De Bry (1528-1598) se convirtió en el primer reporte visual del Nuevo Mundo con grabados a color en agua fuerte de alta calidad. Sus numerosos grabados sobre la conquista de América llamaron la atención de un público creciente fascinado por la novedad y cierto dramatismo, con escenas espeluznantes de barbarie tanto nativa como europea.
De Bry, quien no fue testigo directo de los acontecimientos que recreó en sus pinturas, se propuso exaltar la idea del buen salvaje y denunciar los crímenes de los católicos en América. Así fue como sus imágenes ayudaron a propagar la leyenda negra sobre los abusos de los ibéricos en el Nuevo Mundo. Más que pinturas realistas de los pueblos americanos, los grabados y descripciones del artista fueron la expresión de sus propias ideas sobre América y sus conquistadores, pero no por eso dejaron de ser una fuente histórica interesante. En este caso, nos ocupamos de una imagen que permitió apreciar la sorpresa europea con algunas de las habilidades y conocimientos de los indígenas. La imagen describió la laboriosa tarea de los nativos de construir una canoa. En la parte de atrás vemos cómo con el uso de fuego se debilitaron las bases de un gran árbol que fue derribado y, en primer plano, dos nativos desnudos con la ayuda del fuego transformaron el tronco en una simétrica embarcación. El texto que acompañó la imagen destacó cómo, a pesar de la carencia de tecnología y de herramientas de metal como las europeas, los nativos lograron un sorprendente resultado. “Ansí transmite el espíritu del Señor a la mente de esos hombres tan torpes como elaborar cosas preciosas para su uso cotidiano”. Lo que no nos contó De Bry, como tampoco la mayoría de los historiadores, es el determinante papel que tuvieron los conocimientos y prácticas de los “salvajes” en el encuentro del Viejo y el Nuevo Mundo.
La conquista del océano Atlántico fue posible gracias a la puesta en marcha de un conjunto nuevo de conocimientos y desarrollos tecnológicos: manufactura de barcos de vela veloces y resistentes, fabricación y calibración de instrumentos de navegación, entrenamiento de marinos en múltiples oficios, cartógrafos y cosmógrafos, en fin, una red de saberes que podemos reconocer como una colosal empresa política y tecnológica. Sabemos también que la conquista de los grandes océanos le permitió a la Europa cristina proclamar su protagonismo en un nuevo orden mundial. Incluso, podemos argumentar que el nacimiento de la ciencia moderna en Europa tiene una estrecha relación con los desafíos de su expansión global.
Como es frecuente en las narraciones de cronistas y viajeros, en las descripciones sobre costumbres y saberes nativos se señaló una y otra vez la superioridad europea y se hizo referencia a creencias, supersticiones o técnicas primitivas. El cronista José de Acosta, por ejemplo, se refirió a la inferioridad de los nativos en relación con los cristianos, por su incapacidad de navegar largas distancias. “…no sabían de aguja, ni de astrolabio, ni de cuadrante”.
Lo que muchas veces se pasó por alto es que esas otras culturas, generalmente descritas como salvajes, fueron la fuente de los conocimientos necesarios para la supervivencia de los europeos una vez abandonaron la relativa seguridad de sus naves. Para la penetración de nuevos continentes, como es el caso de América, los invasores cristianos debieron aprender de los nativos sobre fuentes de alimento, rutas, medicinas y técnicas de navegación fluvial.
Las grandes y poderosas naves con complejos sistemas de velas y los pilotos entrenados en técnicas astronómicas de ubicación geográfica, instrumentos como astrolabios, ballestillas, agujas magnéticas, ampolletas y los experimentados marinos de alta mar, se mostraron impotentes a la hora de enfrentar la exploración terrestre o fluvial. La geografía americana poco se asemejó a la peninsular; las selvas tropicales, las grandes cadenas montañosas y los caudalosos ríos fueron una novedad para los españoles. Los pocos y difíciles caminos terrestres no pudieron ser otros que los ya existentes construidos y utilizados por aborígenes, además, la naturaleza ofreció una densa red de vías acuáticas, “caminos fluviales”, que ampliaron las posibilidades de desplazamiento.
La ruta trasatlántica fue un desafío lleno de dificultades, pero una vez en tierra, los cristianos se enfrentaron a un reto mayor en un mundo natural por completo desconocido. Para lograr la penetración del continente, la superioridad tecnológica europea ya no fue tan obvia y los cristianos necesitaron de técnicas locales. La supervivencia de los exploradores y la conquista del continente fue solo posible en la medida que los europeos hicieron suyos conocimientos de los habitantes de América.
Fue aquí donde la canoa americana y las habilidades de los nativos para navegar por ríos caudalosos jugaron un papel definitivo en la historia de la conquista. No fue una coincidencia que estas embarcaciones y sus usos fueran objeto de abundantes y detalladas descripciones por parte de cronistas y conquistadores cristianos en el Nuevo Mundo. El sábado 13 de octubre de 1492, Colón llamó la atención sobre la presencia de sorprendentes embarcaciones “… hechas del pie de un árbol, como un barco luengo”, las cuales “remaban con una pala como de hornero, y anda a maravilla...”.
En su Primera navegación, Américo Vespucio nos recordó historias de la ayuda que los nativos ofrecieron a los europeos para superar los peligros de los ríos: “Que allí son muchos y muy caudalosos, nos conducían también en sus máquinas y artificios con tanta seguridad que en todo el viaje no temimos peligro alguno…”.
Tal y como vemos en la ilustración de Teodoro de Bry, los testimonios europeos no se limitaron a señalar la presencia de canoas. Se interesaron por los detalles de su diseño y manufactura, la pericia de su manejo, su asombrosa capacidad de carga y los tipos de árboles que usaron los americanos para fabricar naves de una sola pieza labrada con hacha y fuego.
La relativa reciente llegada de los motores de gasolina y embarcaciones de fibra o de metal, amenazaron la supervivencia de complejas tradiciones artesanales, pero a lo largo y ancho del país aún podemos apreciar una enorme variedad de canoas o embarcaciones de madera y remos que se adaptaron a diversos entornos y necesidades locales. Después de más de cinco siglos, estos bellos y eficientes artefactos aún hacen parte de la economía y de la vida diaria en muchas regiones del país.
Lecturas recomendadas
-El libro América 1590-1634, de Teodoro De Bry, con prólogo de John H. Elliot, 1997.
*Profesor titular del Departamento de Historia y Geografía de la Universidad de los Andes.