La filosofía mecánica y el Dios de Descartes (El teatro de la historia)
Una de las más comunes demostraciones de la existencia de Dios se relaciona con la observación de propósitos en la naturaleza. La belleza y perfección del ojo humano, por ejemplo, suponen la idea de un plan y un creador para el mundo natural. Pensar la naturaleza como un artefacto, no obstante, fue el inicio de la mecánica moderna y de una ciencia secular.
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La mayoría de quienes crecimos en entornos católicos tuvimos algún tipo de educación religiosa. Una parte importante de esas lecciones se borraron de mi memoria. Sobrevivieron algunos recuerdos fragmentados de maravillosas historias bíblicas y no he olvidado algunas imágenes del diablo y del infierno, las cuales afortunadamente nunca tomamos muy en serio. Por alguna razón tengo presente una reflexión que la profesora de religión nos compartió con el ánimo de mostrar la imperiosa necesidad de la existencia de Dios. Se nos pidió imaginar que teníamos la suerte de encontrar un reloj abandonado en los prados del colegio. “¿De dónde creen que proviene ese reloj?”, nos preguntaba al mismo tiempo que nos ayudaba con la respuesta. “Seguramente era de algún niño que lo perdió, pero, ¿de dónde creen que salió el accidentado reloj?” No podría repetir sus palabras, pero sí la lógica de sus argumentos. Un mecanismo tan complejo no puede aparecer de manera accidental; tiene que existir el relojero que lo diseñó y fabricó. Lo cual creo que a todos nos pareció bastante obvio. Pero la profesora no estaba interesada en averiguar quién era el artífice del susodicho artefacto; sus intenciones eran algo más profundas. “¿Y qué pasa si vamos a la huerta y observamos una rosa? ¿No les parece que la flor y su belleza también requieren a su creador?” Hasta donde tengo conocimiento, en mi salón no había niños ateos, tampoco precoces lectores de David Hume o de Nietzsche, y no tengo presente que alguien hubiera levantado la mano para exponer tesis darwinistas, sospecho que todos estábamos de acuerdo o distraídos en asuntos más mundanos. Nuestras incontenibles mentes ese día no estaban para cuestionar asuntos teológicos.
El argumento del diseño, como podrán sospechar, no fue una idea de mi maestra de religión en la primaria, y es tan antiguo como la teología monoteísta. La obra de Platón que marcó la historia de la filosofía occidental supone la existencia de un demiurgo racional cuya obra es muestra de su propia perfección. En términos similares, Tomás de Aquino expuso su quinta vía para demostrar la existencia de Dios. Pero no solamente la teología ha visto la gracia de la naturaleza como prueba de la existencia del creador, la evidencia de diseño en el mundo natural fue (y de cierta manera sigue siendo) parte de las ciencias naturales, por lo menos hasta la llegada de la física de Laplace o del darwinismo en el siglo XIX. La alegoría de la máquina tuvo un impacto notable y, por lo mismo, la expresión “filosofía mecánica” tomó fuerza entre pensadores de enorme influencia sobre nuestra cultura científica.
Los primeros relojes mecánicos aparecieron en Europa a finales del siglo XIII, y para el siglo XVI estos artilugios mecánicos que regulaban con precisión el paso del tiempo se volvieron referentes comunes de la filosofía moderna. El reloj astronómico de la catedral de Estrasburgo es un ejemplo notable. Llamaba la atención por indicar, además de las horas, los ciclos lunares y solares, y tener un gallo autómata que cantaba tres veces al mediodía. La presencia de máquinas tan complejas hizo posible pensar cierta semejanza entre la naturaleza y los artefactos humanos. Así se refirió Robert Boyle a este artefacto:
“Las diversas piezas que forman esa curiosa máquina están tan bien montadas y adaptadas entre sí, y tienen tales movimientos que, aunque las numerosas ruedas y otros mecanismos se mueven de manera distinta, lo hacen sin nada parecido al conocimiento o designio; sin embargo, cada pieza realiza su cometido de acuerdo con el fin para el que fue ideada, tan regular y uniformemente como si lo hiciera de forma deliberada y con la preocupación de cumplir con su deber”.
El reloj, aunque era un artefacto sin vida, tenía un propósito y era evidente que la aparente intencionalidad de la máquina era el resultado de la inteligencia de su fabricante. Los relojes mecánicos en lugares públicos tuvieron un impacto sobre la vida cotidiana. Los tiempos y ciclos naturales empezaron a ser modificados por estos aparatos que regulaban el paso del tiempo sin importar la época del año ni los ritmos de la naturaleza. La creciente presencia de relojes en las catedrales y en plazas de grandes ciudades no solo impactó la vida diaria, sino que estimuló una nueva forma de pensar el mundo natural como una compleja máquina.
Para entender las bases filosóficas de la mecánica moderna es útil recordar algunas de las ideas de quien para muchos podría ser el gran fundador de la filosofía mecánica y del pensamiento moderno: René Descartes. Dos ideas cartesianas resultan esenciales para pensar el devenir natural en términos puramente mecánicos. Por un lado, la idea de un mundo material sin alma ni mente y, por otro, proponer la existencia de leyes universales del movimiento natural.
El famoso dualismo cartesiano entre la mente y la materia (res cogitans y res extensa) sostiene que el mundo material es una sustancia inerte, no pensante, en la cual no hay lugar para la intervención de alguna voluntad, fuerza oculta o inteligencia divina. Dicha realidad mecánica requiere un creador racional, pero es un perfecto artilugio que no necesita la intervención o mantenimiento de su creador: el mundo es una perfecta máquina de movimiento perpetuo. Su funcionamiento, no obstante, debe seguir ciertas reglas que Descartes anuncia como leyes o principios del movimiento. La primera de ellas dice que cada partícula de la materia permanece en el mismo estado a menos que otra fuerza cambie su estado. La segunda afirma que cuando un cuerpo empuja a otro, el primero no puede generar ningún tipo de movimiento a menos que pierda la misma cantidad de movimiento. Y la tercera ley nos enseña que un cuerpo siempre tiende a continuar su movimiento en línea recta. Estas leyes, vale la pena recordar, según Descartes, son deducidas de la perfección e inmutabilidad del creador. Se trata, nada más y nada menos, que de los principios básicos de la física clásica. No es casual que los creadores de la filosofía mecánica, Descartes, Gassendi, Galileo o Newton, coincidieron en defender la idea de inercia, la cual supone que el movimiento es un estado natural que no necesita causas.
Para una larga tradición aristotélica, al igual que para los magos y los herederos de la tradición hermética, en el mundo operan fuerzas intangibles, pero reales sobre las cuales el conocimiento humano, los alquimistas o astrólogos, por ejemplo, podrían tener control. (ver La magia del Renacimiento) La filosofía mecánica de Descartes, si bien tiene un claro fundamento metafísico y teológico, supone un claro distanciamiento con la noción de fuerzas ocultas de los magos y es también el inicio de una nueva filosofía secular, el comienzo de un largo y tortuoso camino hacia una moral y una ciencia que, como diría Pierre-Simon Laplace años más tarde, “no necesita la hipótesis de Dios”.
Lecturas sugeridas
Sobre la filosofía mecánica recomendaría el libro The mechanization of the World Picture, de Eduard Jan Dijksterhuis, 1986, y sobre el impacto de los relojes mecánicos la obra de Carlo M. Cipola, Las máquinas del tiempo y de la guerra, 1990.