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Hablar del país siempre será, no solo una opción, sino una imperiosa necesidad de nuestros creadores, por eso, cuando aparece un nuevo artista sobre la escena, y además busca que su trabajo interpele su oficio y momento creativo, encontrando las preguntas correctas para comenzar siempre será una razón para celebrar. Las Marías es la primera creación dramatúrgica y el primer montaje de Iván Peña, un director y actor joven egresado de la casa del teatro Nacional que ha decidido votarse al vacío con una pieza teatral que explora la narraturgia, la coralidad y el género epistolar para dar vida a la historia de su abuela, una mujer de Boyacá que a los once años decidió migrar, con sus únicos dos vestidos, huir con un camionero de una vida sin posibilidades.
La obra comienza como una verbena, las Marías (todas las actrices son la misma mujer) nos abrazan al llegar cantando una canción ranchera acompañadas de un violín y una guitarra, pronto la algarabía de sus cantos nos ira sobrecogiendo y nos irá invitando a entrar en un universo muy nuestro. Al entrar, María hablará con María y esta será una plataforma que se mantendrá a lo largo de la historia, como si una mujer o un ser humano siempre estuviera fragmentado y este principio de disección entre varios sujetos nos recordara la contradicción que define nuestras decisiones en el mundo. Entramos, la obra ya ha comenzado y el preámbulo de la antesala se complementa con una serie de diálogos dirigidos al espectador para terminar de invitarlo a esta casa, la casa de una mujer que ha recorrido un periplo desde el principio de su vida y que va más allá de ella misma; que decanta en muchas generaciones posteriores que son imagen y semejanza de esta historia.
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Si bien hablar de país es una forma de construirlo y reconstruirlo, esta historia no se asemeja a otras en su fábula, y aunque su exploración nos recuerda a obras como Ni mierda pa’l perro de Rodrigo Rodríguez, aquí los procedimientos se parecen más a otras esferas de creación que está explorando la escena Colombiana; la mezcla de lo literario, que no es otra cosa que la aparición de la narraturgia sobre la escena, la combinación de episodios teatrales con frases de danza contemporánea, la coralidad, entre otros procedimientos que han ido construyendo un camino creativo muy distintivo de ciertos sectores del teatro en la ciudad. La música, por otro lado, tan exquisita en su forma más pura, aquí no deja de hacer alardes de virtuosidad y es un acompañamiento perfecto que endulza y conduce la experiencia sensible del espectador.
No cabe duda de que se trata de un espectáculo que hará enternecer a propios y extraños, que ha nacido para explorar tierras que a veces dejamos a un lado como la Boyacá de antaño o que estigmatizamos desde perspectivas tan reiterativas como nuestro conflicto armado. A veces, hay que decirlo también, la obra peca de recursos reiterativos, sin embargo, estos lugares comunes de la creación no le vienen mal en casi ninguno de los momentos de este encuentro con lo rural, a este choque entre la vida del campo y la vida citadina, a las historias de amor, a los dolores de la feminidad causados por una masculinidad frágil de la que hemos padecido todos o casi todos los que nacimos en esta orilla de la tierra y que no cesamos de luchar entre ceder para ser y responder para oponernos a lo que no dejamos de intentar ser.
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Al final, sin embargo, no debemos olvidar que esta historia ha venido a recordarnos que todas son María, que todas, ahora mismo se hacen cargo de una lucha propia de valor, y que también, todos tenemos en nuestras vidas una María o dos, o veinte Marías que nos rodean, que pelean por nosotros, luchan por sí mismas, por una historia diferente, por cambiar la que hemos hecho, con esperanza, pero aún lejos de la utopía. Esta obra, que estará presentándose en la Casa del Teatro Nacional, de jueves a sábado hasta el 29 de abril, es una especie de biopic teatral que recoge experiencias que nos pertenecen históricamente, contadas desde una perspectiva muy acogedora.