No es tan malo salirse del trazo
Un encuentro con Elizabeth Builes, la ilustradora del libro de la Comisión de la Verdad “La fuerza de esta voz”. En Instagram usa el nombre artístico Mirá Pa’l Cielo para publicar sus trabajos.
Alejandra Pérez
Cuando nos encontramos, se veía cansada. Apenas había salido de esa bruma densa, que solo comienza a disiparse unas horas, a veces unos días, después de entregar un proyecto y de, por eso mismo, dejar la comida, el descanso y a ella misma en espera (porque ya habrá tiempo).
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Cuando nos encontramos, se veía cansada. Apenas había salido de esa bruma densa, que solo comienza a disiparse unas horas, a veces unos días, después de entregar un proyecto y de, por eso mismo, dejar la comida, el descanso y a ella misma en espera (porque ya habrá tiempo).
En su taller, el grafito, los colores, los trazos y las ideas se suceden entre canciones y diálogos repetidos de alguna serie que ya ha visto, y que ahora solo escucha de fondo para concentrarse en los lapsos mecánicos de su trabajo, que siempre parece para ya. Si bien el taller es un espacio romántico para conocer a una ilustradora, no resultó práctico encontrarnos en el lugar donde horas antes había dejado los tan poco románticos sinsabores de la creación, los mismos que quedan impresos en bocetos, restos de papel y manchas de Elizabeth, la mujer detrás del nombre artístico Mirá Pal Cielo.
Esta vez no conversamos de platanales iluminados por el naranja de un atardecer, ni de rostros sombreados con grafito mirando pal cielo, ni de las raíces gigantes de los manglares. Este día nos encontramos en un restaurante que le gusta. La Circular 4ª con 71, en el barrio Laureles, fue el caldero en el que echamos chisme sobre los frenéticos trajines del tras bambalinas de la artista, de ser más reconocida por su oficio que por su mismísima humanidad, del tiempo que parece disolverse velozmente en cada tarea y de los sueños que a veces se convierten en grilletes.
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Las flores púrpuras de las verbenas adornan esa esquina, les toma una foto. Suele guardar en la galería de su celular fotos de plantas, aves, sombras y ruidos de la ciudad, para estar atenta y no perderse de las cosas simples de la vida, para mantener sobre la tierra su promesa de renunciar a las gigantescas categorías de éxito y fracaso, que en algún momento convirtieron sus sueños en grilletes que la anclaban a la necesidad abrumadora de ser cumplidos, aunque el deseo no se mantuviera. Ahora sueña cosas simples como tomarse un buen café en la mañana, pasear en bicicleta con sus amigos o cocinar ramen.
Cuando Elizabeth me saludó, una gran sonrisa tímida y unos crespos oscuros enmarcaban sus ojos brillantes y rasgados. Me reveló que esta entrevista sería un ejercicio que necesitaba para recordarse, para contarse quien es. Ya había mencionado a su terapeuta la sensación de haber traspapelado en sus libretas la facultad de hablar de sí misma por fuera de las líneas de la ilustración. Quería poder hablar de la libertad que le golpea el cuerpo entero cada vez que corre, del placer genuino en no hacer nada cuando celebra la intimidad con sus gatos y las plantas de su sala.
Acabó con el romance al reconocer que es su peor secretaria, la menos hábil en la gestión adulta, en la organización y entrega puntual de papeles, simplemente repele cualquier actividad aburrida, además de que cambia de parecer (casi) con cada parpadeo. Esto se lo atribuye a ser de Géminis solo para no cargar con ninguna otra responsabilidad, y designarle una al universo, que ojalá sea compasivo.
Suele aburrirse con facilidad porque detesta percibir que el suelo que transita no cambie por mucho tiempo, extraña las elevaciones montañosas que de la nada decaen en valles. Y así, un día, sin más, la aburrió la gestión y el movimiento que implicaban ir a nadar, y aunque le encantaba, lo dejó para mejor salir a correr.
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Le encantan muchas otras cosas de las que aún no se cansa. Más allá de dibujar retratos rápidos en su libreta de personas distraídas (casi siempre mirando al horizonte), le fascina cocinar. Durante los encierros agotadores del 2020, acompañada de vino, Piñato y Carambolo, sus gatos pandémicos, aprendió a cocinar comidas hacendosas de señora, a través de un curso online. En esa época también disfrutó de salir a escondidas, desafiando los toques de queda, a encontrarse ilegalmente con sus amigos, casi como llevándole la contraria a un virus que demandaba monotonía. Ni siquiera en ese momento tuvo tiempo de dedicarse a ella misma, los proyectos interminables y la incertidumbre del fin de esos días raros, le arrebataron la posesión de sus propias horas.
Entre tantas incertidumbres (probablemente las mismas incertidumbres que tenían quienes pintaban desde la época de las cavernas), no hablamos de ilustración, ni tramas de color, ni capas, ni superposiciones. Hablamos del reflujo que queda después de descartar ideas en la creación, de los platos sin lavar, los materiales dispersos y las ganas de tiempo para poder ser una cosa distinta a una ilustradora. Le pregunté por qué había accedido a esta entrevista y dijo que le gustaba la idea de volver a hablar de ella, no solo por su oficio, sino por lo demás que disfruta en su vida, sus gustos y disgustos. Hace mucho no sabe hablar de su vida sin hablar de su trabajo.
Hablamos de que le gustan mucho sus recuerdos en el Caribe, darle stop a la vida, ver televisión y películas de Marvel, montar en bicicleta, leer, asistir a talleres, pero no dictarlos por ella, comer, pero no de todo, pues hay ciertas texturas que no soporta en la boca, como la lengua y las vísceras. Le fastidian tanto como la vida adulta, la sensación de quedarse sin tiempo o la monotonía de la que se aburre con facilidad, porque sí. Pero más que hablar de lo que la emociona o la tortura, hablamos de sus construcciones mentales a cerca del afán de la vida actual, de la necesidad impulsiva de producir, de cumplir metas, de lo triste que puede volverse ser definida por la cantidad de sueños cumplidos y de los cambios que trae crecer haciendo lo que amas, ese mismo crecer que pareciera tener más que ver con poder pagar las deudas, los servicios y el arriendo, que con vivir una vida que valga la pena, con más sueños simples y tranquilidad, que premios sobre la repisa. Y es que esa es la conclusión máxima que Elizabeth Builes comparte de su experiencia. En algún momento decidió dejar de poner en el centro de su vida esas grandes expectativas, que quien sabe si desde el comienzo eran de ella, una maestría en el exterior, ser reconocida por su trabajo y muchas otras cosas que parecieran valer más, que la vida que se consume. Finalmente, el grafito siempre termina quebrándose, ella dejó de perseguir el éxito para no ser perseguida por los fracasos.
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