Sobre el desarraigo de Holden Caulfield
“El guardián entre el centeno” fue el libro elegido por Felipe Aljure para el próximo capítulo de El refugio de los tocados, pódcast de literatura de El Espectador (que se publicará la próxima semana). Un texto sobre su personaje principal, Holden Caulfield, y las impresiones de Aljure sobre el libro.
Laura Camila Arévalo Domínguez
Holden Caulfield no quiere estar solo, pero tampoco quiere estar con nadie, o casi nadie: solo ha disfrutado de la compañía de su hermana, mucho menor que él, pero muy aguda y humana; y de Jane, una joven a la conoció y de la que, al parecer, se enamoró por ser el único ser humano “honesto” de su generación.
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Holden Caulfield no quiere estar solo, pero tampoco quiere estar con nadie, o casi nadie: solo ha disfrutado de la compañía de su hermana, mucho menor que él, pero muy aguda y humana; y de Jane, una joven a la conoció y de la que, al parecer, se enamoró por ser el único ser humano “honesto” de su generación.
Caulfield se deprime hondamente por detalles minúsculos de los demás o de su presente. Es pésimo estudiante, pero ha tenido que vagar de instituto en instituto para cumplirle a sus padres, que además son productivos y exitosos en sus profesiones. A pesar de que se amarga constantemente por los comportamientos ajenos, no es una mala persona, así que se solidariza con las cargas de los otros: su compañero de estudios lo visita para fastidiarlo, pero lo único que busca es compañía, y él lo aguanta, lo espera, lo tolera.
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No tienen ninguna esperanza en el futuro porque no cree que exista. Su horizonte se ve borroso. No sabe lo que quiere porque tampoco sabe muy bien quién es. Se pasa horas reprochándose, pero también se hace preguntas y se plantea asuntos tan humanos y profundos, que parecería raro que, de un momento a otro, se preocupara por su aspecto o el de los demás. Porque eso también lo trasnocha: el éxito social que algunos alcanzan por su físico o su dinero lo perturba, sobre todo porque, en el fondo, su amargura está directamente relacionada con sus anhelos frustrados. Culfield es un frustrado muy joven, muy inmaduro y muy torpe.
Felipe Aljure, director de películas como “La gente de la universal” o “El colombian dream” y director artístico del Festival Internacional de Cine de Cartagena, es el siguiente invitado a El refugio de los tocados, podcast de literatura de El Espectador. Eligió “El guardián entre el centeno”, de J.D. Salinger, para la conversación y dijo que, después de retomarlo para grabar el capítulo, decidió que será el próximo regalo para todo el que conozca, pero, sobre todo, para los jóvenes de su familia: “Siento una responsabilidad de mostrarle a los jóvenes que no están en una época de caos. Si te tocó esta época teniendo 15 o 16 años, crees que naciste para el caos, que esto es lo que te tocó, pero no es así. Es una deconstrucción por la transición que atravesamos, pero la esperanza está ahí y los que tenemos más años debemos asumir el compromiso de hacerla evidente”.
No es un libro fácil de conseguir (otra razón para encargar unos cuantos cuando se encuentre), pero sí es un poco más fácil de leer, y no porque sea “liviano” o “sencillo”, sino porque, como también lo anotó Aljure, es una obra narrada desde el diálogo: el personaje cuenta fragmentos de algunos días de su vida después de un suceso que, seguramente, le traería consecuencias, pero también, entre sus cavilaciones, van saliendo reflexiones de su pasado. Explicaciones de su forma de afrontar la vida y de su amargura, que se intensifica con el contacto con los otros, a pesar de que sea casi que dependiente de ese contacto y lo busque con desesperación.
“-La vida es una partida, muchacho. La vida es una partida que uno juega de acuerdo con las reglas.
-Sí, señor. Ya lo sé, lo sé.
De partida, un cuerno Menuda partida. Si te toca en el lado de los peces gordos, desde luego que es una partida, lo reconozco. Pero como te toque en el otro lado, donde no hay ningún pez gordo, ¿qué tiene eso de partida? Nada. De partida, nada”.
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Así son las reflexiones de Caulfield. J. D. Salinger va narrando, a través de su personaje principal, las conversaciones con los demás. Sus respuestas y reacciones calculadas por decencia o por simple hastío, pero, inmediatamente después, muestra lo que hay por dentro, lo que no dice, pero sí piensa y siente. Lo que esconde para no generar escozor o no ganarse problemas que, además, no podría resolver solo, porque este joven incómodo también se siente profundamente frágil. Su vulnerabilidad lo desespera, quisiera sentirse más fuerte, más capaz, menos insignificante.
“Me atrajo la sensación de desarraigo que él siente en su generación, pero además la que yo sentí siendo parte de la mía. Esa sensación, además, tiene que ver con el momento en el que Salinger escribió el libro, con los referentes de la Segunda Guerra Mundial de ese momento y con el nuevo pacto social que se estaba formando. Este libro es importante ahora porque estamos en un momento similar en cuanto a transiciones. Son tiempos que se sienten caóticos y que necesitan de aportes como este”, agregó Aljure.
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Su conclusión sobre la cobardía, la consciencia sobre la valoración de los demás (pero aún así, su vértigo al cruzarse con los “peces gordos” de los que él también podría estar anhelando aprobación”), convierten a Caulfield en un personaje extrañamente reflexivo y maduro para su edad, pero también pesado, ácido. Sus quejas corren como ríos, no se detiene a pesar de la pesadez de sus comentarios, además de que miente todo el tiempo. Va hablando como la gente normal, con los errores y faltas que cometemos en medio de cualquier conversación. Su vida es triste, sobre todo por sus coherencias: no soporta la falsedad, pero es un mentiroso de primera.