
Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Todo es idéntico a ayer, al miércoles pasado y al año anterior. Contempla la casa de enfrente, de color zapote ordinario, cubierta de rejas blancas con la pintura desconchada, y en la acera, adoquines barajados como piezas de dominó. Pero más allá del estado de Idalia, hay algo en ella que me atormenta. Por primera vez se ha perfumado con aceite de trementina y aguarda en el regazo un martillo que acaricia con suavidad y, por momentos, aprieta con la poca fuerza de sus dedos afligidos y deformes. Leonor se ha marchado al cementerio con un manojo de flores frescas envueltas en papel de periódico. Idalia dijo que no iría porque se encontraba indispuesta. Antes de sentarse y después de que se marchara Leonor, sacó el martillo que guardaba en el mueble de la máquina de coser, donde también están las tijeras y los hilos.
Lo invitamos a leer La máquina de coser (Cuentos de sábado en la tarde)
Por un instante creí que volvería a poner el clavo para colgar el cuadro que se cayó ayer. Pero no; se sentó y mantiene la mirada fija hacia la calle. El sol le ha molestado en los ojos y ahora me mira. Me observa con desconcierto, agita la cabeza, palpa su rostro con la mano derecha, entreabre la boca y grita, grita fuerte, que tiemblo en este lugar en el que llevo enclaustrado desde el día que me trajeron a esta casa. La mujer llora y ha empezado a dar golpes a los muebles. Ha destrozado la mecedora, han quedado las tablas esparcidas por la sala. Ha roto el florero y los ángeles que adornan las paredes. Ahora golpea el cuadro de la última cena y ha roto los platos. Se fija otra vez en mí, el pelo lo tiene enredado y su respiración es fatigante. Vuelvo a temblar, quiero moverme hacia la puerta y no puedo, nunca he podido. “¡Qué dolor siento!”, está golpeando el marco que me sostiene. Vértigo, siento vértigo. Nunca había experimentado esta sensación de caída al vacío. Me libré de rayos y tempestades, de la agitación de tierra hace más de ciento cuarenta años. Recuerdo que sus abuelos cocinaban en el patio, cuando el suelo se empezó a mover. Salieron todos corriendo a la plaza, con el miedo trazado en el rostro. Cuando regresaron, el jarrón de agua y las botellas de cerveza erraban por la casa. La lámpara de gas estaba torcida y las cortinas enganchadas en los árboles; la máquina de coser tirada en el zaguán, las patas de los muebles enterradas y los animales apiñados debajo de la mesa, tiritando. Las calles del pueblo quedaron agrietadas durante mucho tiempo. Pero sobreviví a esa convulsión. Ha entrado Leonor, con los periódicos doblados debajo de la axila.
—¡Qué haces! —le gritó a su hermana y le quitó el martillo. Espero ansioso que algún día un nuevo temblor me arrastre a otro lugar. No me importaría que fuera al purgatorio.
*
Cuento que hace parte del libro Palo de guayaba.