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Soliloquio del espejo mirando a Idalia (Cuentos de sábado en la tarde)

Se ha sentado otra vez. Columpiándose en el mecedor marrón observando de reojo la calle. Sus vértebras reposan relajadas en el respaldar de cinco tablas, las piernas le cuelgan como ramas de plátano desvalidas y sin fuerza. Su mirada divaga en la calle solitaria, sin tiempo ni espacio; tal vez el único movimiento perceptible sea el viento, que aparece y desaparece sin dejar rastro.

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Verónica Bolaños
06 de marzo de 2021 - 05:00 p. m.
La mujer llora y ha empezado a dar golpes a los muebles. Ha destrozado la mecedora, han quedado las tablas esparcidas por la sala. Ha roto el florero y los ángeles que adornan las paredes. Ahora golpea el cuadro de la última cena y ha roto los platos.
La mujer llora y ha empezado a dar golpes a los muebles. Ha destrozado la mecedora, han quedado las tablas esparcidas por la sala. Ha roto el florero y los ángeles que adornan las paredes. Ahora golpea el cuadro de la última cena y ha roto los platos.
Foto: Pixabay
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Todo es idéntico a ayer, al miércoles pasado y al año anterior. Contempla la casa de enfrente, de color zapote ordinario, cubierta de rejas blancas con la pintura desconchada, y en la acera, adoquines barajados como piezas de dominó. Pero más allá del estado de Idalia, hay algo en ella que me atormenta. Por primera vez se ha perfumado con aceite de trementina y aguarda en el regazo un martillo que acaricia con suavidad y, por momentos, aprieta con la poca fuerza de sus dedos afligidos y deformes. Leonor se ha marchado al cementerio con un manojo de flores frescas envueltas en papel de periódico. Idalia dijo que no iría porque se encontraba indispuesta. Antes de sentarse y después de que se marchara Leonor, sacó el martillo que guardaba en el mueble de la máquina de coser, donde también están las tijeras y los hilos.

Lo invitamos a leer La máquina de coser (Cuentos de sábado en la tarde)

Por un instante creí que volvería a poner el clavo para colgar el cuadro que se cayó ayer. Pero no; se sentó y mantiene la mirada fija hacia la calle. El sol le ha molestado en los ojos y ahora me mira. Me observa con desconcierto, agita la cabeza, palpa su rostro con la mano derecha, entreabre la boca y grita, grita fuerte, que tiemblo en este lugar en el que llevo enclaustrado desde el día que me trajeron a esta casa. La mujer llora y ha empezado a dar golpes a los muebles. Ha destrozado la mecedora, han quedado las tablas esparcidas por la sala. Ha roto el florero y los ángeles que adornan las paredes. Ahora golpea el cuadro de la última cena y ha roto los platos. Se fija otra vez en mí, el pelo lo tiene enredado y su respiración es fatigante. Vuelvo a temblar, quiero moverme hacia la puerta y no puedo, nunca he podido. “¡Qué dolor siento!”, está golpeando el marco que me sostiene. Vértigo, siento vértigo. Nunca había experimentado esta sensación de caída al vacío. Me libré de rayos y tempestades, de la agitación de tierra hace más de ciento cuarenta años. Recuerdo que sus abuelos cocinaban en el patio, cuando el suelo se empezó a mover. Salieron todos corriendo a la plaza, con el miedo trazado en el rostro. Cuando regresaron, el jarrón de agua y las botellas de cerveza erraban por la casa. La lámpara de gas estaba torcida y las cortinas enganchadas en los árboles; la máquina de coser tirada en el zaguán, las patas de los muebles enterradas y los animales apiñados debajo de la mesa, tiritando. Las calles del pueblo quedaron agrietadas durante mucho tiempo. Pero sobreviví a esa convulsión. Ha entrado Leonor, con los periódicos doblados debajo de la axila.

—¡Qué haces! —le gritó a su hermana y le quitó el martillo. Espero ansioso que algún día un nuevo temblor me arrastre a otro lugar. No me importaría que fuera al purgatorio.

*

Cuento que hace parte del libro Palo de guayaba.

Por Verónica Bolaños

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