Un discurso de Maryse Condé: “Créanme, no es fácil ser hija de Negros Ejemplares”
A propósito de la muerte de la escritora francófona de la Isla de Guadalupe, las palabras que pronunció en 2022 al recibir el título de doctora Honoris Causa de la Universidad de Murcia, España.
Maryse Condé / Especial para El Espectador
La isla de Guadalupe en el corazón
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La isla de Guadalupe en el corazón
Agradezco infinitamente a la Universidad de Murcia haberme otorgado este Doctorado Honoris Causa, el primero que he recibido en Europa, pues aquellos que me han sido concedidos anteriormente procedían del Occidental College de Los Ángeles, del Lehman College de Nueva York y de la Universidad de West Indies en Barbados. Recibo esta distinción con gran orgullo e inmensa alegría, así como toda mi familia, mi marido, mis hijos, mis nietos y bisnietos. Pero, sobre todo, agradezco en particular a la Doctora Antonia Pagán López que, desde hace veinte años, me incluye en su asignatura de Literaturas Francófonas y, gracias a ella, los estudiantes comparten mis sueños y participan en mis combates. Tampoco olvido al Doctor Isaac David Cremades Cano, que ha permitido igualmente que mi obra sea estudiada en España. (Más: Falleció el influyente escritor estadounidense Jhon Barth).
Es sabido que la expresión “Literatura Francófona” fue inventada por Léopold Sédar Senghor, el antiguo Presidente-Poeta de Senegal. Con este término quería designar a los que utilizan la lengua francesa en sus escritos sin ser franceses: senegaleses, malíes, burkineses, por ejemplo. En efecto, Francia, durante los siglos XVIII y XIX dominó un vasto imperio colonial.
No pretendemos revisar la historia pero aquéllos que fueron sometidos por la fuerza recuerdan un pasado muy diferente, otras civilizaciones y otras grandezas. De este modo, uno de mis primeros libros, que lleva por título Ségou, rinde homenaje al Imperio Bambara destruido por los franceses. Como vemos, la literatura francófona no es solamente variada y diversa ya que engloba a autores congoleños como Sony Labou Tansi, a malienses como Amadou Hampâté Bâ y a guadalupenses como yo.
Se trata, sobre todo, de una literatura contestataria y comprometida. En las Antillas, el impulsor de la literatura de compromiso es el gran poeta martiniqués Aimé Césaire, que concluye en su obra magistral, Cuaderno de un retorno al país natal, con estos versos a la vez paródicos e impregnados de un soplo de libertad: “En los negros que desprenden olor a cebolla frita corre por su sangre diseminado el sabor amargo de la libertad”.
Sin embargo, no es de Aimé Césaire de quien vamos a hablar hoy, sino de su mujer Suzanne, la cual en la revista en que colaboraban, Tropiques, escribió esta frase en apariencia misteriosa: “la poesía martiniquesa será caníbal o no lo será”. Así aludía al trabajo del brasileño Oswaldo de Andrade, quien había demostrado que los indios tupinambá de su país no encarnaban solamente el espíritu de la barbarie. Al comer ciertas partes (el hígado, el corazón, el cerebro) del cuerpo de los misioneros que venían a evangelizarlos, esperaban así apoderarse de su fuerza y de su virtud.
Yo misma retomé esta compleja teoría en las clases que impartí en Estados Unidos y la denominé canibalismo literario, convirtiéndose en materia de tesis por parte de numerosos estudiantes. Así, por ejemplo, yo “canibalicé” el libro d’Emily Brontë Wuthering Heights, Cumbres borrascosas, en mi novela La migración de los corazones, trasladando los paisajes de Yorkshire al Caribe. En mi obra se advierte la presencia de otra lengua además del francés, la Criolla, que se forjó en las plantaciones de caña de azúcar en Guadalupe, de donde provengo.
Siendo niña, mis padres, víctimas de la propaganda colonial, me prohibieron hablarla con el pretexto de que eso dañaría mi buena elocución en francés. Por la noche, mi madre prefería leerme los cuentos de Perrault o de los hermanos Grimm. Recuerdo que yo tenía una predilección especial por Los zapatos rojos de Hans Christian Andersen. A pesar de eso, esta lengua “muda”, como ha denominado a la Criolla el profesor martiniqués Jacques Coursil en su libro Elogio de la Muda, se ha insinuado en todos mis escritos con sus expresiones y su humor. Se trata de una característica esencial que hay que tener en mente y que han comprendido a la perfección los profesores Antonia Pagán López e Isaac David Cremades Cano.
Permítanme ahora pasar a un estilo más familiar, pues soy una narradora que solo sabe contar historias. Fui educada de un modo un tanto particular. Cuando mi padre y mi madre, que habían vivido una infancia marcada por la pobreza y todo tipo de humillaciones, decidieron casarse, se juraron que sus hijos no conocerían un destino similar al suyo.
Fue así como fundaron la asociación de los Grands Nègres (Negros Ejemplares) en oposición a los que bebían ron, no hacían nada productivo y solo sabían seducir a las mujeres. Créanme, no es fácil ser hija de Negros Ejemplares. En la escuela había que ser la primera en todo, incluso en física y química. No había que frecuentar a los hijos de los Blancos del país, como se les denomina en mi isla, es decir los Blancos, antiguos propietarios de esclavos; no se podía tampoco frecuentar a los hijos de mulatos, pues los mulatos eran los bastardos de los Blancos. Y ante todo no había que relacionarse con los otros niños negros cuyos padres “no se respetaban”.
En resumen, había que vivir sola, espléndidamente sola. Pero si mi padre, hombre taciturno y tierno, era considerado como un santo, mi madre gozaba de una reputación mucho más compleja. Sus clases en la escuela de Bouchage en Pointe-à-Pitre, donde ejercía, se encontraban en el punto de mira de los padres de sus alumnos. La tachaban de injusta y arrogante. Es así como había golpeado con su paraguas a un policía blanco que le había faltado al respeto. Las anécdotas que la concernían corrían por la ciudad y por todo el país. De ellas sólo retengo aquellas que me parecen particularmente significativas.
Con mi padre visitaba París descubriendo un esplendor, que no existía en Pointe-à-Pitre, la ciudad donde nací. Mis padres no estaban únicamente deslumbrados por la torre Eiffel, el Palacio de Chaillot, el jardín del Luxemburgo y todos los monumentos dispersos por la capital. Descubrían al mismo tiempo todo tipo de discriminaciones.
Recordemos que era una época de mucho racismo, en la que los primeros antillanos hacían su aparición en Francia. En su mayoría eran enviados por el BUMIDOM (Oficina de Migración de Ultramar), cuya finalidad era procurar a Francia la mano de obra desaparecida por la evolución de las colonias. Ni decir cabe que, a menudo, eran tratados con gran desprecio.
Un episodio de poca importancia al fin y al cabo llenaba de furor y de humillación el corazón de mis padres. En el café, después de hacer el pedido, los camareros les decían sin falta y con admiración: “¡Qué bien hablan francés!”. Mis padres se miraban con asombro. ¿Acaso no eran reconocidos profesionales de la enseñanza? Entonces, se daban cuenta de que su piel era negra, se veían sometidos a todas las formas de desprecio y de incomprensión.
Subrayo otra anécdota que he oído en repetidas ocasiones durante toda mi infancia. Cuando mi madre entraba con mi padre en un restaurante de los Campos Elíseos de cocina reputada y buscaba una mesa, los clientes descontentos se quejaban en voz alta: “¡Parece que ya no estamos en nuestro país, los vemos por todas partes!”. “Sí, replicó mi madre con arrogancia, van incluso a la universidad”.
Sin duda, aludía a uno de mis hermanos que acababa de ser admitido brillantemente en el programa universitario de París para ser médico. Es ella, sin duda, mi madre, quien aún más que yo, se sentiría homenajeada y estaría orgullosa de este Doctorado Honoris Causa. No solamente los Negros están presentes en la universidad, sino que se les reconoce en ella su valía y las universidades extranjeras les otorgan doctorados.
Mi madre habría visto la evolución del planeta y el signo de que un día la tierra sería, al fin y al cabo, redonda. Habría conocido el nacimiento de una época en la que se escucha a las mujeres. Michel Leiris y Rene Étiemble no se burlarían más de Suzanne Césaire, reprochándole escribir en los periódicos literarios cuando tenía cinco hijos que criar. Mi madre habría visto en esta distinción el signo de que actualmente se respeta a las mujeres negras, que se estudia su evolución, que se las considera en todos los aspectos iguales a los hombres.
Muchas gracias.
Murcia, 7 de octubre de 2022.