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Sólo una vez lo vieron llorar sobre un escenario, pero ni siquiera esa noche su voz se quebró. Cantó “solo, como un traidor me siento solo, solo, como tal vez se encuentre Dios” sentado sobre una escalera, los ojos difusos y el gesto tenso. “Solo, es un infierno el estar solo...”, dijo, y vibró y se perdió en su propia historia de soledades para luego, al final, largarse al trasfondo del teatro mientras el público se rompía las manos y le lanzaba claveles y rosas rojas. Sesenta segundos más tarde estaba de vuelta, con su sonrisa de niño ingenuo y sus venias que parecían decir “gracias, no puedo creer que ustedes me ovacionen de esta forma, gracias mil”. Entonces dio media vuelta, tomó el micrófono de nuevo y cantó una vez más. Y continuó, y cada canción fue, como siempre, una diminuta obra de teatro musicalizada. “Yo sigo siendo aquel”, entonaba. Caminaba de prisa, manoteaba, como si sus pasos le dieran mayor fuerza a sus palabras, que eran explosión y quejido, “yo sigo siendo aquel, a pesar de los años, del tremendo cansancio, yo sigo siendo aquel, eterno caminante, que vive en cualquier parte, y propiedad un poco de todos...”.
Raphael comenzó a ser propiedad un poco de todos casi desde que nació, el 5 de mayo de 1945 en Linares, un pueblito andaluz que por primera vez saldría en las páginas principales de los diarios dos años más tarde porque allí, en su plaza de toros, la tarde del 28 de agosto, un toro mató a Manolete. “No conocí la charla bullanguera de los amigos reunidos en la plaza ni la emoción de perseguir a una muchacha, porque pasé de la niñez a los asuntos”, cantaría 25 años más tarde. Y luego rompería un espejo en cada una de sus presentaciones para gritarle al mundo “prefiero ser así, a ser lo que eres tú, un cuerpo que no tiene corazón, un alma con el frío del cristal”. En medio de sus delirios de amor y desamor, de sus nueve películas y 71 discos, de sus recitales, entrevistas y carcajadas, Raphael siempre les dedicó un espacio a los retratos de su vida sobre un escenario, en ocasiones para preguntarle con rabia los por qués de tanto dolor y tantas privaciones, en otras para decirle, como y con Violeta Parra, “gracias a la vida que me ha dado tanto”.
Agradecido, misterioso, rebelde, ídolo y mito, jamás se presentó en un teatro o estadio para cumplir, muy a pesar de que 41 años atrás, cuando cantó por vez primera en Colombia, ya era consciente de que los empresarios lo manejaban como a un producto. “Una sonrisa mía, mi nombre, mi figura, todo está vendido, nada me pertenece”, decía por aquellos tiempos. Apenas le pertenecieron sus recuerdos, los instantes de pánico que sufrió cuando tuvieron que trasplantarle el hígado, sus obsesiones, como aquella de llegar a los recitales con cinco horas de antelación y sentarse en una mecedora ante la silletería vacía para pensar y concentrarse, o como aquella otra de no permitir mujeres en su camerino por “supersticiones de andaluz”, y más que nada, su pasión por hacer que cada una de sus canciones fuera como la última.
Raphael 50 años después. Coliseo Cubierto El Campín. Mayo 6. 8:00 p.m. Informes en 593 6300 y en www.tuboleta.com