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Leyenda o verdad, sí sobrevive una tradición, que acaso nació el día en que un esclavo negro decidió escapar llevándose consigo un instrumento como botín y aprendiendo sus rudimentos sin ninguna guía. También hay quienes dicen que los jesuitas fueron quienes trajeron los violines al país por la Costa Caribe, y aunque cueste trabajo pensar que lo hayan depositado generosamente en manos de la población cimarrona (como sí ocurrió con las comunidades indígenas en Misiones de Chiquitos, Bolivia, por ejemplo), hasta allí llegó. Incluso los artesanos del Patía hicieron su propia versión del violín europeo, cuya única copia sobreviviente se encuentra en la colección de instrumentos de la Biblioteca Luis Ángel Arango.
En 2008, en su lucha por el reconocimiento, los músicos del interior del Cauca lograron que se instaurara una categoría puntual para galardonar a exponentes del violín en el Festival de Música del Pacífico Petronio Álvarez. Su música ostenta la misma alegría africana de la marimba y de los formatos de vientos, pero le añade ese gemido ríspido que remonta a otras latitudes en las montañas de Caloto, Guachené, Buenos Aires y Suárez; a kilómetros de ese litoral rico en sonidos de cununo y guasá. Agrupaciones como Puma Blanca (sic) y Palmeras se han llevado los primeros lugares en esta categoría.
Como ocurre con todo cambio, en su momento el ingreso del violín caucano en un escenario acostumbrado a las percusiones y los pitos generó desconcierto. Pero hoy, gracias a la magia y al entendimiento de la sonoridad del occidente colombiano como una sola, en una misma antesala previa a la finalísima del Petronio hoy alternan la chonta de la marimba y el arce del violín.