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Ángela Villón Bustamante inició en el trabajo sexual en 1982, cuando tenía 17 años. Desde esa época y hasta el año de 1999 trabajó en el oficio más viejo del mundo y se consolidó como una de las líderes más notables del gremio en Perú. Fundó la primera organización de trabajadoras sexuales en ese país y es integrante de la plataforma latinoamericana de mujeres dedicadas a este oficio en Ecuador, México, Colombia y Perú. Luego de 13 años volvió a la profesión en la que más se ha sentido mejor, la prostitución.
Ahora sus propósitos están orientados a plantear las inconformidades de sus compañeras en el Congreso de Perú. La legalización de la prostitución y el feminicidio volverán a tener lugar en el poder legislativo si Villón es elegida en las elecciones parlamentarias del 10 de abril.
Es la primera mujer en el ejercicio del trabajo sexual que participa en las elecciones al Congreso en Perú por el partido Frente Amplio. ¿Cómo ha sido el camino para llegar a ocupar una curul?
Desde octubre del año pasado estamos trabajando y aún nos queda un mes. Estamos en una campaña bastante austera, porque no contamos con muchos fondos, sin embargo, a través de las redes sociales y de mis compañeras hemos sacado la campaña adelante. Tenemos la ventaja de que trabajamos en lugares a donde va mucha gente de Lima, entonces realizamos nuestra campaña con ellos y con las chicas.
¿Cuáles son las iniciativas que está trabajando en su campaña?
Tenemos muy claro que el objetivo es darle reconocimiento al trabajo sexual como profesión, para que nosotras podamos obtener todos los beneficios sociales que tiene cualquier trabajador. Queremos un país sin homofobia, uno en el que todas las personas tengamos justicia social, derechos humanos para todos, incluyendo a la población LGBTI. Por eso le estamos apostando a que se implemente un currículum educativo en el que se contemple combatir el sexismo, el machismo y la homofobia desde los derechos humanos.
Hay quienes aseguran que legalizar la prostitución favorecería la trata de personas con fines de explotación sexual.
Hay que deslindar lo que es delito de lo que no lo es. Una mujer prostituta deja de serlo cuando lo hace por obligación. Todas las trabajadoras sexuales autónomas están ejerciendo un derecho sobre su cuerpo, sobre lo que han elegido como trabajo, entonces no podemos pensar que una prostituta es obligada. El 100% de las prostitutas lo hacen por libre decisión. Lo que se pretende con el reconocimiento es reducir la explotación, para que estas mafias de trata de personas desaparezcan. Si quienes han sido catalogados como proxenetas quieren continuar en el negocio del sexo, deben acoplarse a las leyes laborales. Eso significa que tendrían que pagar a sus empleadas el tiempo de servicio, de vacaciones, de seguro, todo lo que a cada trabajador le corresponde.
¿Consideró que era mejor luchar desde el lado político que desde lado civil?
Mi intención era trabajar del lado del pueblo y no del lado del Gobierno. Nosotros nos formamos para poder abordar a las autoridades, hacer foros y discusiones, no sólo para exponer nuestra situación, sino plantear propuestas de solución a esas problemáticas. Los años pasaron, hubo cambios de Gobierno y ninguna de las autoridades se apropió del problema. Lamentablemente los políticos en Perú han hecho de la política una empresa, llegan para eternizarse y por eso no compran ningún tipo de pleito que vaya en contra de una sociedad conservadora, porque les resta votos. Nos sentíamos estafadas, porque cuando ellos empezaban la campaña decían que nos iban a apoyar, pero cuando llegaban al poder lo olvidaban. Eso era una estafa.
¿Cuál ha sido la respuesta de la ciudadanía a su candidatura?
Hay gente que considera que no soy la persona idónea para ocupar un cargo como estos por ser prostituta. Hay un grupo que piensa que hay demasiados delincuentes en el Congreso y que una prostituta sería peor. Hay quienes no están de acuerdo con la prostitución y están hartos de que la autoridad no tome en serio el tema ni evite que las prostitutas sigamos en las calles. Lo que nosotras estamos pidiendo es el reconocimiento del trabajo sexual y un ordenamiento para determinar los lugares donde podamos trabajar sin molestar a la ciudadanía.
Se trataría de una prostituta que se ha formado liderando las más duras contiendas como fundadora de la primera organización de trabajadoras sexuales de ese país.
Sí, inicié mi carrera en el activismo en 1999, siendo trabajadora sexual. Luego tuve que dejarlo para estar presente en las mesas de negociación. Prácticamente me dediqué a organizar a las trabajadoras sexuales en mi país y esa no fue una cuestión de la noche a la mañana. Tener incidencia política implicó un esfuerzo grande. Durante 13 años me capacité y estudié las leyes de mi país para poder defender nuestros derechos con argumentos sólidos. Luego de 10 años, en 2012, Perú fue declarado país no elegible por Estados Unidos para recibir beneficios de la Ley de Preferencias Arancelarias Andinas y Erradicación de la Droga, porque estaba en expansión económica y podía responder a sus necesidades. Sin embargo, el Gobierno no ha cumplido con sus promesas y nosotros nos quedamos sin fondos. Por eso la organización ahora se sostiene con nuestros aportes. Hace un año regresé como trabajadora sexual al Botecito del Callao, un burdel donde trabajamos 340 mujeres.
Su lema de campaña es “Hagamos del Congreso un burdel respetable”. ¿Cómo es ese Congreso que propone?
El primer burdel del Estado es el Congreso. Un burdel es un centro de trabajo donde todas las trabajadoras sexuales tenemos normas de convivencia, donde dejamos nuestra alma y nuestro cuerpo en función de nuestro trabajo para poder sacar adelante a nuestras familias. Eso es para nosotras un burdel: un lugar donde podemos trabajar dignamente. Sin embargo, el Congreso se ha vuelto un lugar donde han vendido la ética y la moral. Se han hecho negocios debajo de las mesas y todo esto ha perjudicado al pueblo peruano.
¿Cuáles son esas normas de convivencia que tienen dentro de un burdel?
Algunas de nosotras tenemos botones de emergencia por si sufrimos algún tipo de agravio, ellas pueden pedir auxilio y todas acudiremos a ayudarlas. Cuando una compañera cae en desgracia o se enferma, hacemos actividades para poder juntar dinero y apoyarla.
¿A qué tipo de agravios se han visto expuestas? ¿Ese agravio viene de parte de sus clientes?
Es muy raro que un cliente se ensañe contra nosotras. El problema es cuando te encuentras con un sádico, un enfermo mental o un delincuente, esos no son clientes. Pero nuestro principal agresor es la Policía. Nos hacen allanamientos de morada, abuso de poder, violaciones sexuales, robo, secuestro. Tenemos muchos casos en los que estamos trabajando y que están en el poder judicial, pero lamentablemente hay una complicidad entre las autoridades y la justicia. De todos los casos que hemos tenido en el Ministerio Público, solamente ha llegado a término uno, que fue la tortura de una compañera.
¿Ha contemplado trabajar los casos de feminicidio de las trabajadoras sexuales?
Pensamos implementar un rubro para que se pueda identificar el feminicidio contra las trabajadoras sexuales, porque hasta el día de hoy hemos sido invisibilizadas. En los últimos informes que se han dado a conocer, sólo se han tenido en cuenta las cifras de las mujeres que han sido agredidas por sus parejas, pero no los casos de trabajadoras sexuales víctimas de violencia de género en el trabajo, porque de eso no se habla ni se investiga.
Lejos de los compromisos con la organización y con sus compañeras. ¿En algún momento de su vida quiso salirse de la prostitución por cuestiones personales?
Es difícil salir del trabajo sexual, porque no tienes una pensión, entonces llega el momento en que entras en la tercera edad y tienes que continuar trabajando, porque si no trabajas de qué vas a vivir. He sido recicladora, vendedora de fruta en el mercado, empleada de servicio, niñera y trabajadora sexual, pero de todos los trabajos que he hecho el que más me ha gustado es este último, porque me he sentido valorada. Tenía 17 años cuando llegué a la prostitución, ya era mamá de un recién nacido y necesitaba comprar medicina para mi hijo porque tenía una enfermedad que ponía en riesgo su vida. Acudí a una amiga por dinero, me prestó y luego me dijo que sabía de un lugar donde podría trabajar. Me llevó a un burdel. Cuando empecé, mi familia no sabía nada, la culpa y la vergüenza me detenían de contárselo, entonces llevaba una doble vida. En el burdel me hacía llamar Jennifer. En el camino me di cuenta de que eso me desgastaba moralmente, no era feliz. Ahora ellos me acompañan en esta lucha, marchan conmigo.