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Torre de Tokio: kamikazes dopados

Columna para acercar a los hispanohablantes a la cultura japonesa.

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Gonzalo Robledo * @RobledoEnJapon / Especial para El Espectador, Tokio
23 de enero de 2022 - 02:00 a. m.
Crisantemo imperial en la puerta del Santuario sintoista de Yasukuni, en Tokio, uno de los lugares donde se rinde homenaje a los kamikazes.
Crisantemo imperial en la puerta del Santuario sintoista de Yasukuni, en Tokio, uno de los lugares donde se rinde homenaje a los kamikazes.
Foto: Foto de Gonzalo Robledo
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Cuando la niña Kazuko Umeda probó una de las barritas de chocolate que las alumnas de su escuela envolvían para ser enviadas a los pilotos nipones en la Segunda Guerra Mundial sintió en su cuerpo una indescriptible sensación parecida al calor.

Sus compañeras le dijeron que aquellos dulces, marcados con el sello del crisantemo imperial, serían el último bocado de los escuadrones suicidas instituidos por el gobierno japonés hacia el final del conflicto, tras reconocer la gran superioridad militar de Estados Unidos. (Lea más columnas de Gonzalo Robledo sobre Japón).

Su padre le explicó que los chocolates contenían hiropon, un estimulante vendido en las farmacias del archipiélago para mitigar el agotamiento físico, hasta que fue ilegalizado en 1951, después de una fuerte oleada de adicciones. Era una sustancia resultante de la alteración de la molécula de la efedrina, un antecedente natural de la metanfetamina.

La señora Umeda tiene 91 años y acaba de relatar el episodio y todo su contexto en un libro de 73 páginas titulado El hiropon y los escuadrones de ataque. La persona que lo redactó, una maestra pacifista de apellido Ooka, asegura que la intención de contar cómo el gobierno obligó a los colegios a apoyar la ofensiva militar es fomentar el espíritu crítico en las nuevas generaciones.

Los kamikazes más jóvenes solían tener 17 años y los mayores, 24. Según un informe de la BBC, solo un 10 % de sus 4.000 misiones destruyeron objetivos enemigos, y en total hundieron unas 50 naves del ejército aliado.

En la posguerra el ejército norteamericano demonizó el apelativo kamikaze, pero a mediados de los años 70 del siglo pasado su imagen se empezó a vindicar y en muchos lugares de Japón se erigieron museos, estatuas o lápidas para rendirles homenaje.

Sus familiares y simpatizantes los reverencian como héroes de la patria. Otros los compadecen como víctimas del fanatismo ultranacionalista que se apoderó de los altos mandos del ejército nipón al vislumbrar la derrota.

En la variopinta cola de soldados dopados para reprimir el miedo antes de un ataque, los kamikazes desfilan junto a uniformados nazis tomando una variedad de la metanfetamina llamada pervitin, hoplitas griegos mezclando vino con opio, vikingos masticando hongos alucinógenos y chichimecas comiendo raíces de peyote.

Para los japoneses mayores, el hiropon en el combate no es ninguna novedad. El testimonio de la señora Umeda se suma a otras advertencias de los abusos y horrores de la guerra de quienes la vivieron en carne propia.

Son testigos que cada vez hablan menos y, cuando lo hacen, manifiestan su preocupación por los políticos que abogan por reemplazar la actual Constitución pacifista japonesa con una que permita un gran rearme, justificados por la creciente expansión militar china.

* Periodista y documentalista colombiano radicado en Japón.

Por Gonzalo Robledo * @RobledoEnJapon / Especial para El Espectador, Tokio

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