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Si averiguar el verbo que más conjugan los ciudadanos de un país sirve para entender mejor su idiosincrasia, no hace falta escarbar mucho para darse cuenta de que la acción más frecuente en Japón es verificar. (Recomendamos leer más columnas de Gonzalo Robledo sobre Japón).
Cuando entramos a un banco japonés para una gestión, lo mejor es invocar al santo Job y prepararse para una cascada de corroboraciones cuyo objetivo no es tanto evitar el lavado de dinero, la suplantación de identidad o la estafa, sino confirmar con rigor castrense que los interminables formularios tengan cero equivocaciones.
Aunque en restaurantes y cafeterías del mundo el creciente número de opciones en el menú obliga a los empleados a constatar cada vez más detalles, en Japón el interrogatorio adquiere tintes de interpelación forense.
Sin importar si uno entra al restaurante agarrado de la mano, abrazado o juntando la cabeza con su pareja, el camarero nipón invariablemente confirma: “¿Son dos personas?”.
Procede luego a ratificar con tenacidad judicial detalles de nuestro pedido como salado, dulzor, textura, temperatura, grosor, tipo de salsa, alergias, bebidas (antes, durante o después de la comida), y después de seis postres, pago en efectivo, tarjeta de crédito o seis opciones digitales. La obsesión japonesa con la verificación se extiende a sus aparatos, según pude confirmar cuando una impresora digital me exigió unas diez confirmaciones para imprimir media página.
Además de cinco opciones para entregar mi documento original (papel, vía wifi o tres formatos de USB), tuve que asegurar que lo quería impreso en blanco y negro, y no en color, en tamaño A4 y no otras cuatro variaciones, en papel mate y no brillante, sin margen adicional al existente en el texto y estampado en una sola cara del papel.
Por usar un idioma de miles de signos, cuyo significado cambia con solo añadir o quitar una vírgula, el niño japonés crece ratificando, confirmando, corroborando, revisando, aseverando o convalidando.
Repetir quisquillosos chequeos es la base del famoso control de calidad de las empresas niponas y al que contribuyen desde la alta dirección hasta los proveedores, pasando por los departamentos de tecnología, diseño, fabricación, ventas, contabilidad y personal.
Cuando Toyota reveló en julio pasado que para ahorrar tiempo uno de sus concesionarios en Tokio había falsificado los resultados de la inspección de más de 500 vehículos, la prensa local recordó viejos tiempos, cuando el fabricante tomaba 24 horas en la revisión de cada automóvil.
La noticia se sumó a otros casos de negligencia en inspecciones y dio lugar a variopintas reflexiones, entre ellas la de qué va a pasar cuando más japoneses apremiados por el tiempo, unos, y aquejados con los achaques de la vejez, otros, dejen de conjugar el verbo favorito del país.
* Periodista y documentalista colombiano radicado en Japón.